La historia de los hombres que trabajan colgados de los monumentos para conservar el museo a cielo abierto más grande del país
En la ciudad que no descansa ni frena, donde el tiempo es siempre escaso y toda actividad exige inmediatez, Darío y Diego trabajan tranquilos y con paciencia. No pueden hacerlo de otra manera. La vorágine porteña de los autos y los colectivos los rodea mientras cepillan una escultura. Y parecen invisibles: pocos levantan la vista y advierten que están trepados al monumento Centinela de la Patria, una obra de Mateo Alonso que se erige en una plazoleta frente al Parque Centenario, en el cruce de las avenidas Patricias Argentinas y Ángel Gallardo.
Es la tercera vez que visitan esta escultura. Cada limpieza requiere un mínimo de cinco intervenciones quincenales, "tiempo en el que actúa un biocida que sirve para retirar el moho que crece en la superficie porosa del mármol", según explica Darío.
Ellos trabajan en la cuadrilla del taller Monumentos y Obras de Arte (MOA), el área del Gobierno porteño que se encarga de mantener, cuidar y restaurar los bustos, placas, mástiles, fuentes, monolitos y esculturas que decoran el espacio público porteño; ese que luego recorre el mundo a través de la lente de los miles de turistas que visitan la Ciudad. El equipo se completa con otros 18 escultores, restauradores, artesanos y choferes. Juntos conservan, ni más ni menos, que el patrimonio de la capital más importante del país.
Un territorio como el de Buenos Aires, centro de gran circulación y encuentro de vecinos, turistas, actividades económicas y movilizaciones, presenta un gran desafío: reparar lo que el mal comportamiento del hombre daña. Es que, para Jorge Grimaz, subgerente operativo del MOA, el vandalismo es el principal enemigo de los monumentos en el espacio público. "Con frecuencia encontramos grafitis o pintadas y, sobre todo, faltantes de alguna pieza o daños directos a una obra", detalla. Y Diego asiente con la cabeza. Agrega que donde tiene más trabajo es "en los alrededores del Congreso de la Nación".
El segundo lugar lo ocupa una dinámica mucho más lógica e inevitable que la saña humana: el paso del tiempo y los factores ambientales. La lluvia, el granizo, las aves, los insectos y las bacterias que anidan en los poros del mármol demuestran que las obras están vivas y expuestas a una degradación natural. Al fin y al cabo, quien crea que una estatua es inmóvil ante los años, tiende irremediablemente al error.
Pero restaurar no es simplemente arreglar. Es devolver el brillo a cada obra, sin borrar su historia. "Una de las premisas que tiene que tiene el MOA es intervenir y que sea reversible. Eso implica que la obra no va a ser modificada en su concepción", detalla Grimaz.
La obra que protege al Escudo Nacional Argentino
Mateo Rufino Alonso nació en 1878 en Buenos Aires y falleció 77 años más tarde. Ejerció la docencia en la Escuela Técnica Otto Krause y fue escultor. Su obra más emblemática es el Cristo Redentor que se levanta en la frontera argentina con Chile, en Mendoza. Se trata de una escultura de siete metros de altura que pesa casi cuatro toneladas. Sus piezas fueron trasladadas en tren desde Buenos Aires hasta la provincia cuyana en 1904, cuando se inauguró.
El Centinela de la Patria es otra obra suya, pero más discreta. Es su base de mampostería la que duplica su altura. Con ella alcanza los tres metros, aproximadamente. La figura es la de un hombre con músculos marcados que protege el Escudo Nacional Argentino. Lo abraza, lo resguarda.
Sus labios se acercan al Sol de Mayo, mas no alcanza a darle un beso. En su mano derecha carga una espada de bronce y, al pie de la base, una placa da cuenta del nombre de la obra y de su escultor.
Darío y Diego no pudieron limpiar una mancha en su cara que cae desde los ojos por la mejilla del centinela, como si de una lágrima se tratara.
El museo a cielo abierto y cómo visitar el taller secreto donde se curan
En Buenos Aires hay casi 2500 monumentos que adornan las calles. Y algunos necesitan ser trasladados para su recuperación. "Cuando son esculturas muy grandes o es un grupo escultórico, trabajamos en el lugar. Cuando es pequeña o de gran importancia, se opta por llevarla al taller", explica Darío.
El taller, más conocido como el "hospital de estatuas", se encuentra en el vibrante barrio de Palermo. El año pasado el Gobierno porteño lo amplió y decidió abrirlo a visitas. Hoy, vecinos y turistas curiosos y amantes del arte lo recorren para ver cómo se conserva el acervo histórico.
Es que, "a través del MOA podemos conocer la enorme dimensión artística que tiene nuestro patrimonio", dijo el Jefe de Gobierno, Jorge Macri, durante el acto de apertura. Y es verdad.
El taller puede visitarse de lunes a viernes de 10 a 17 en Adolfo Berro 3880, con acceso libre al patio de esculturas y al nuevo pabellón de exposiciones. Para hacerlo, hay que anotarse en el mail visitas.moa@buenosaires.gob.ar.
Grimaz se muestra orgulloso de su trabajo y también siente una enorme responsabilidad: "Si un monumento pudiera hablar, supongo que nos agradecería el trabajo que estamos haciendo sobre él y nos pediría que lo cuidemos y que lo conozcamos para preservarlo mejor".
Darío comparte el orgullo. Estudió bellas artes y siempre le gustaron los monumentos. "Tenemos esculturas que son muy antiguas. Poder estar en contacto con ellas me hace pensar en los artistas que trabajaron en esa época y todo el valor que tiene para la Ciudad", expresa emocionado.
"Cuando pasamos por una escultura y la vemos cada vez más limpia nos da mucha satisfacción saber que tuvimos que ver con esa puesta en valor", concluye. Para él es un privilegio levantar la vista: aunque tenga los pies en el suelo, él se encuentra junto a Diego trepado a los monumentos de la Ciudad. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar