Volver a la infancia: ¿para qué?
¿De qué está hecha la infancia? ¿De memorias, de evocaciones, de recuerdos, de anhelos, de pérdidas, de dolores, de juegos, de aventuras? ¿Cómo se puede volver sobre la infancia para repensar de qué se trata una vida? O mejor dicho: ¿De qué se trata una vida que pueda no darle la espalda a la infancia? De algún modo, estas preguntas son las que atraviesan la escritura del psicoanalista y escritor José Luis Juresa. Su último libro, La infancia de quién —publicado por Nocturna Editora— es un laboratorio para explorar éstas y otras interrogaciones.
En La infancia de quién se construye una voz narrativa que, en lugar de resignarse al silencio (al no poder decir) o al discurso heredado (a la repetición o inversión de mandatos), busca encender su propia voz desde las cenizas. En el libro puede leerse: "Ahora soy testigo de ese niño-adolescente desgarrado, y hablo como si nunca hubiera sido aquel. [...] Enterrarían a ese niño y a su alegría, como a todo un país, convertido en las cenizas de lo que podría haber sido". Cenizas que se convierten en palabras.
La escritora Leila Guerriero, recientemente distinguida por la Academia Nacional de periodismo y una de las voces más importantes de la crónica latinoamericana, abre el prólogo del último libro de Juresa. Allí ubica el nervio de la propuesta y escribe: "José Luis Juresa, autor de este libro, establece el tono de una historia universal —la de la infancia— y la envuelve en un aura de intimidad —la de su propia infancia— con el garbo pendenciero de quien echa a rodar un desafío sin garantía de ganarlo. Como quien dice: 'Nos vemos en la cancha'".
En La infancia de quién se pone a rodar una teoría singular sobre la infancia, y se la diferencia explícitamente de la niñez. En este libro se lee a Juresa novelando sus enigmas. Guerriero señala que se trata de una obra "fuera de género", una experiencia de riesgo que dialoga con la tradición de la psicoanalista francesa Anne Dufourmantelle, autora también por Nocturna de títulos como Elogio del riesgo, o Desmorir de la poeta estadounidense Anne Boyer. No se trata de un libro circunscripto al psicoanálisis o a su "jerga", ni tampoco es una memoir o un ensayo convencional. Guerriero sugiere que quizás pueda considerarse como un ensayo literario, pero destaca en particular que es "un esforzado trabajo de evocación".
Se trata de una experiencia auténtica y singular. Un libro inclasificable en el cual la pasión por el significante, por cómo se dice lo que se dice, es lo que va componiendo una serie de escenas de infancia. En ellas se ponen en jaque ideas del sentido común (el amor incondicional de una madre, la religión, o el progreso). La infancia de quién logra darle un nuevo sentido a esas escenas para no quedar agobiado por ellas. Aunque en ningún momento se trata de una discursividad hecha de sobrecitos de azúcar o de demagogia. La infancia es un modo de pensar y un modo de escribir.
Juresa, psicoanalista y escritor, es autor de libros como Lacan: la marca del leer y Gérard Haddad: un periférico del psicoanálisis, entre otros, y ganador del premio Lucien Freud de ensayo psicoanalítico. Ha colaborado en medios como Página 12 y las revistas digitales Polvo y Ají, entre otras. Es autor tanto de ensayos como de ficción.
Su libro anterior, La realidad por sorpresa (Paidós, 2024), es un ensayo psicoanalítico sobre el sujeto, la realidad, la infancia y la sorpresa. Allí escribía: "Es la infancia, que insiste, lo que Freud pudo y supo escuchar como condición de la existencia humana".
Juresa también ha publicado Dakota (Planeta, 2023) en coautoría con el psicoanalista Fernando Rabih. En el libro se narran de manera coral distintas historias atravesadas por el fantasma de John Lennon, y todo sucede en el Central Park, en Nueva York. En uno de esos pasajes, Larry, uno de los protagonistas, evoca una frase —"¡Jabberwocky forever!"— que es tanto un guiño a la literatura del escritor Lewis Carroll como a la canción Strawberry Fields Forever, en la que Lennon evoca el lugar donde jugaba cuando era niño. Esa escena, que entrelaza poesía, evocación y música, resuena con fuerza en La infancia de quién, en la cual el narrador busca modos de seguir jugando en su propio Strawberry Fields. La confusión y el intercambio de significantes de la escena de Dakota evoca la misma operación que Juresa realiza en La infancia de quién: una manera de seguir jugando, incluso en los campos minados de la historia personal.
Pensar la infancia para Juresa es también reflexionar sobre la amistad, aquella que ha sido motor de la escritura de Dakota y aquella que insiste en La infancia de quién: "Se trata de una teoría gravitacional. No hay manera de que uno se considere verdaderamente afectado por alguien sino por la fuerza que la vida o la existencia del otro ejerce sobre la propia, y la altera. Altera, sin adjetivar, sin decir 'bueno o malo'".
La prosa de Juresa es, escribe Guerriero, "elegante y canalla", escrita con el "temperamento que podría tener un dandy burlón expulsado del paraíso". Juresa, recupera Guerriero, es hijo de un inmigrante croata y de una madre criada en el Colegio Ward de Ramos Mejía. En palabras de Guerriero: "... Se coloca en el centro sólo para descentrarse y contar una historia personal —su infancia— que se lee como si se tratara de la infancia del mundo".
La pregunta fundamental que atraviesa el libro es capaz de hacer temblar los lugares comunes: "¿Quién dijo que la madre es todo amor?". La infancia de quién cuestiona la incondicionalidad del amor materno, al desenmascarar las implicaciones de los efectos de la mirada de una madre. Esta reflexión queda de manifiesto, en particular, en el siguiente pasaje: "Mi madre masticando odio y tragándoselo como un veneno mortal y expansivo. Una y otra vez, la función volvía a comenzar, y el único espectador pasivo, atado a la silla de la platea, era yo".
Continúa la voz narrativa de Juresa en La infancia de quién: "¿Cómo no podría decir, entonces, más allá de toda formalidad del discurso sobre el ser, que una madre podría decir que lo mejor de su vida NO fue tener a sus hijos? Pues yo lo digo: el mejor momento de la vida de mi madre transcurrió mucho antes de tener a sus hijos, en ese asentamiento tribal que ella recuerda como 'campamentos' estilo scout, de la iglesia anglicana que tenía el parque del colegio Ward, en los que absorbió, por primera vez, las tonalidades de la vida buena, alegre, deseada, y donde hizo algunas amistades que conservó en el recuerdo con emoción y gracia por el resto de su vida". Lejos de cualquier discurso de autoayuda, aunque también del exhibicionismo, la escritura logra ser a la vez cruda y pensante. Lo que se cuenta, por momentos, es duro; durísimo. Pero esas esquirlas, o esas granadas de la infancia, son una ocasión ahora para que aflore el significante, la forma y, con él, el pensamiento. La infancia de quién es ruda y, jamás, narcisista.
En La infancia de quién el pensamiento también se sucede a partir de la figura paterna. La voz de Juresa escribe: "Mi padre aplastaba, gozando del olvido, su propia infancia vengándose de las decisiones que creyó estar tomando, cuando en realidad había sido obligado por las circunstancias en las que él se había metido".
En este marco, el libro se sumerge en los primeros años de la infancia del narrador. "No me había mudado solamente de barrio, de la capital a la provincia, de Liniers al cercano oeste que representaba la localidad de Ramos Mejía", aclara. Ese cambio, que podía parecer un simple traslado geográfico, implicaba también un desplazamiento simbólico, una pérdida del territorio propio, del paisaje emocional que había construido en la primera parte de la infancia.
La infancia transcurre en el libro en un contexto hostil más amplio: la dictadura, los secuestros, los desaparecidos. Padres, militares, vecinos: todos parecían actuar bajo los rasgos maquínicos de una desconsideración atroz hacia cualquier sensibilidad disfuncional a la lógica imperante. No aceptaban desvíos ni toleraban hendijas por donde pudiera entrar una luz de otro color. De algún modo, esos adultos, los que ejercen la autoridad, son los que buscan todo el tiempo "normalizar", aplastar las diferencias de la infancia.
El tema que aglutina toda la obra de Juresa es la infancia. Pero como ya se ha dicho, no se trata de un sinónimo de niñez, circunscripto o cerrado temporalmente, sino que la infancia puede ser una escritura permanente del presente. Se lee en el libro: "La infancia, recién ahora, encuentra para mí la distancia justa, la afinación necesaria para vivirla, no ya como un niño, ni como un adolescente enfurruñado, ni como un adulto neurótico alejado de todo lo que lo atemoriza"."Si bien mi niñez ya es el pasado, mi infancia se reescribe para convertirme en un adulto distinto", escribe la voz narrativa de Juresa.
La infancia de quién está compuesta por seis capítulos y un epílogo escritos con la destreza formal para alternar entre lo que se cuenta de manera categórica y lo que se elipsa de manera deliberada. Esa alternancia entre mostrar y velar es parte también de un género específico, el de las narrativas coming-of-age, como Stand by Me, IT, de Stephen King, y Stranger Things en las cuales la amistad juvenil, las bicicletas y la complicidad conmueven y magnetizan. La infancia de quién también tiene ecos de clásicos como Los Goonies y ET, de Steven Spielberg. En Los Goonies queremos saber si los chicos lograrán salir de la cueva; en ET, si el extraterrestre finalmente regresará a casa. De forma similar (pero diferente), en el libro de Juresa la incertidumbre decisiva es qué hará el protagonista con lo que hicieron de él.
La infancia de quién, como en las narrativas coming-of-age, está atravesada por la potencia que puede residir en no encajar, en no quedar aplastado frente a ciertos mandatos. Escribir, y escribir en particular sobre la infancia, es también un canto a la rebeldía y a la autenticidad. Quizá la infancia consista, precisamente, en buscar la manera de volver a callejear, en producir una "cartografía nueva" porque la infancia es ir hacia la búsqueda de un lenguaje, de una manera de decir, y como dice la canción de The Doors: volver a encender la llama. El libro es una partitura en sí mismo, un entrelazamiento de canciones, una playlist hecha escritura en la cual la lírica de Charly García es decisiva. La infancia, en definitiva, implica saltar hacia aquello que verdaderamente nos hace vivir.
En su relato, Juresa deja entrever una escena fundamental: los últimos años de la escuela primaria marcaron el final de una niñez en la que aún podía jugar a ser lo que quisiera, siempre que aceptara, sin protestas, que pronto debería convertirse en el heredero de su padre. Su destino parecía escrito: ser asistente en la empresa familiar, un taller metalúrgico, y garantizar así el retiro soñado del padre. "Me resultaba un clavo todo lo que no fuera callejear", escribe. Como la canción de Pink Floyd que aboga por derribar los muros, la infancia como resistencia a una maquinaria que exige disciplina, sometimiento y silencio.
La voz narrativa cuenta cómo decidió hablar y no ser hablado, pensar y no ser pensado. En ese gesto, La infancia de quién narra también cómo se contradice un destino y cómo puede proponerse otra ética del vínculo: la que nace del deseo, no de la deuda.
En el epílogo de Nocturna Editora se lee: "Juresa nos ofrece una versión del análisis como experiencia de 'realmificación', de retorno a lo vivo". En última instancia, el libro narra la pelea de un niño por luchar contra lo impuesto, es decir, sencillamente por vivir. Con toda la potencia de la vida. La infancia, así entendida, no es sólo memoria: es resistencia. La auténtica batalla es por la infancia, y por saber decir que no cuando está en riesgo.
En Aprendizaje, de Sui Generis, Charly García escribió: "Quiero saber dónde debo ir". En su cartografía, Juresa recupera esta letra y la expande porque para saber a dónde se quiere ir hay que volver a la infancia. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar