El Shakespeare íntimo: entre el duelo y la omisión

Hamnet: solo una interpretación posible de Shakespeare

En Hamnet, la cuidada ambientación isabelina y las notables actuaciones de Jessie Buckley y Paul Mescal sostienen un retrato sensible del duelo familiar, pero la película deja de lado tanto la contribución de Shakespeare a la modernidad como el contexto político en el que escribió, para convertir su historia en un drama íntimo que podría transcurrir en cualquier época.
Jessie Buckley y Paul Mescal en los roles de Agnes y William Shakespeare.
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Hamnet, la última película de la norteamericana Chole Zao, cuenta una historia más ficcional que históricamente verificada sobre la vida del dramaturgo William Shakespeare (interpretado por Paul Mescal) y su esposa Anne Hathaway (que en el film lleva el nombre de Agnes, interpretada por Jessie Buckley) sobre la pérdida de su hijo Hamnet, que le da nombre al film. 

Esta propuesta narrativa ofrece un giro más personal, intimista, que atenúa el carácter político que caracterizaron a otras películas de Zao, que retratan las condiciones materiales de los habitantes promedio del Midwest nortemaericano, que viven de cheque a cheque y no pueden tener ni un techo ni una cobertura de salud razonables. 

En Hamnet, la trama transcurre en la época isabelina, es decir, en la Inglaterra de finales del siglo XVI y principios del XVII. Sin embargo, reyes, nobles y burgueses no aparecen y apenas son mencionados en esta representación cinematográfica, teniendo en cuenta que este es un período en el que se estaba consolidando la modernidad y el capitalismo —siendo Inglaterra el motor de ese proceso—. 

Así, el teatro de Shakespeare, que operaba principalmente como instrumento de entretenimiento, funciona como un espejo ideal para ver las transformaciones de este período, aunque en la pieza no son abordadas en profundidad, más allá de realizar un encuadre de época con buenos ambientes y vestuarios. 

La película es una transposición de la novela homónima de la escritora británica Maggie O'Farrell —quien también colabora con el guion— ofrece una propuesta original pero osada: el título de Hamlet, quizás la obra más famosa de Shakespeare, sería un homenaje a su hijo difunto, Hamnet

Esta es una hipótesis bastante extendida, pero no hay evidencia directa de que realmente fuese así. Esta mirada que propone la historia de Zao-O'Farrell corre de lado la idea en la cual la historia de Hamlet formaba parte de la reinterpretación de un mito nórdico, que habría pasado por varios países europeos, hasta llegar al epicentro del desarrollo de la época.

En Hamnet, la evolución de Shakespeare como escritor tiene lugar de manera tenue; de hecho, casi no se lo ve desarrollando su oficio, sino que se centra en su vida en el campo, en Stratford, mientras que Londres y el teatro Globe —donde tuvieron lugar sus obras— aparecen opacos en un segundo plano. 

Este es un acierto interesante del film, ya que muestra el costado privado y personal de Shakespeare, sin la grandilocuencia que tienen sus obras de teatro, poemas y sonetos, aplacando el lugar de estandarte indiscutido que tiene el autor, sobre el cual incluso existen teorías que sostienen que no existió realmente. 

Hay una saga de escritores, críticos literarios y cineastas que aseguran que habría sido imposible que Shakespeare, que provenía de un origen modesto, hubiera podido escribir todo lo que escribió sin la ayuda de otros autores más letrados.

Es totalmente válido que una pieza se tome la libertad de abordar la interpretación de un personaje histórico a su manera, sobre todo si se trata de una figura indiscutida para la cultura británica. Y aquí hay otro acierto: Hamnet no solo se concentra en el escritor, sino también en su esposa, quien tiene una sensibilidad especial —e incluso mágica— para conectarse con la naturaleza que la rodea y así poder tener un vínculo especial con sus afectos y las adversidades que le presenta la vida.

Al principio, el film solo nos muestra una plácida y tierna historia de amor, interpretada magníficamente por Jessie Buckley y Paul Mescal, quienes pueden estar a la altura en lo que respecta a la expresión de las emociones y la exposición a los primeros planos, entrelazada por algunos dramas familiares y retazos surrealistas que rodean a los personajes. 

No obstante, este podría ser un rasgo a señalar de la película: si bien la ambientación es muy buena, no queda muy en claro cómo hacen estos habitantes del campo de la modernidad temprana para sobrevivir. ¿Acaso con el oficio que tiene Shakespeare heredado de su padre como fabricante de guantes les alcanzaba? ¿Cómo obtenían los alimentos durante el invierno? ¿Pagaban tributos a la nobleza o a los terratenientes? Los detalles materiales se disipan en una historia de amor que da lugar a la concepción de tres hijos: Susanne, primero, y los gemelos Hamnet y Judith, después. 

La vocación de Shakespeare por la escritura aparece de forma lateral en la historia, pero poco a poco gana protagonismo. 

Una epifanía irrumpe en su vida. Decide ir a probar suerte a Londres. De vendedor de guantes a compañías de teatro pasa a convertirse en escritor, actor y director en la ciudad, una nueva obsesión que lo hace alejarse cada vez más de su familia. 

Esa distancia hace que no esté presente en Stratford cuando su hijo Hamnet muere, probablemente de peste bubónica. La película sugiere entonces que, como forma de reparar esa ausencia frente a Agnes, Shakespeare homenajea a su hijo en la obra de teatro Hamlet: una obra sobre un hijo que pierde a su padre y, a causa del mandato que le asigna el fantasma de su madre difunto, decide vengar su muerte, invirtiendo así los roles.

Cuando tiene lugar en la película la representación de Hamlet —no se está spoileando nada, es un clásico—  no nos queda en claro cómo hizo el autor para desarrollar la revolución estética y filosófica que propone el protagonista de la obra. Tampoco cómo impregna el contexto histórico, político y social de la Inglaterra de esa época en una propuesta que buscaba principalmente entretener al gran público, pero también reflexionar sobre el período histórico. 

El crítico literario Harold Bloom sostiene que William Shakespeare "inventó" al hombre moderno al crear personajes con una conciencia interior compleja, capaces de dudar, contradecirse y reflexionar sobre sí mismos. Algo de eso aparece en el príncipe Hamlet retratado en la película, pero de manera tenue: su "ser o no ser" queda reducido a una pregunta sobre la vida y los afectos, sin explorar por qué ese personaje necesita interrogarse a sí mismo. Así planteado, Hamlet podría haber escrito en cualquier época.

Y hay otro rasgo que llama mucho la atención: la película concluye con la muerte del príncipe Hamlet y omite la llegada de Fortinbras, el príncipe noruego que quiere el reino de Dinamarca, donde tiene lugar la acción, y, cuando irrumpe al final, descubre que todos sus contendientes ya están muertos, pudiendo apropiarse así del territorio enemigo sin derramar ningún esfuerzo. 

Precisamente allí, según el politólogo argentino Eduardo Rinesi, reside una de las claves políticas de Hamlet. Shakespeare se ubica, teórica y cronológicamente, entre Maquiavelo, para quien el conflicto es inherente a toda comunidad, y Hobbes, quien plantea la necesidad de un poder capaz de imponer el orden. 

Hamlet está impulsado por su deseo de venganza, pero ese conflicto personal termina desquiciando a todo el reino, que queda sin una autoridad clara. 

En la tragedia isabelina, el conflicto es irreductible y todo termina mal; solo al final aparece Fortimbrás para restaurar el orden, sin esfuerzo alguno, porque ya no queda nadie con quien disputar el poder; operando como una metáfora de la consolidación del Estado moderno.

Quizás allí esté el principal límite —y también la principal virtud— de Hamnet. La película reconstruye con sensibilidad la atmósfera de la época, pero deja sin responder cómo hizo William Shakespeare para transformar el mundo que lo rodeaba en una obra capaz de cambiar, a su vez, la manera en que ese mundo se pensaba a sí mismo. 

Tampoco queda del todo claro qué aporta Agnes a esa transformación, más allá de su compañía, su coraje y la resiliencia con la que enfrenta la pérdida de su hijo. Tal vez esa búsqueda exceda a una película y pertenezca más al terreno del ensayo o la crítica literaria. 

Zhao y O'Farrell parecen haber elegido otra cosa: no explicar el origen de una obra inmensa, sino mostrar que el dolor, el duelo y el amor sobreviven a cualquier contexto histórico.  Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

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