Cine

El Brutalista, la película que puede ganar el Oscar genera polémica entre los artistas

Protagonizada por Adrien Brody, El Brutalista es una de las mayores candidatas a llevarse varias de las 10 nominaciones al Oscar que disputa.
Una película que remite a un cine que ya no se hace más, el de producciones gigantes, pero está envuelta en polémicas sobre el arte y la política.
Pablo Planovsky 20-02-2025
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La teoría está en las formas, parece sugerir Achille Mbembe en Brutalismo, un libro que toma prestado el concepto arquitectónico para usarlo como categoría política. No es una idea tan errada, como se preocupa en aclarar el mismo autor: la política es una manera de organizar elementos a partir de recursos escasos, darles forma y reestructurar distintas fuerzas en tensión para construir o demoler algo. El libro, editado en 2024, está más enfocado en filosofía y política, pero sirve para entender por qué la polémica que atreviesta El Brutalista sacude no solo al mundo del cine.

Primero, las formas. El Brutalista es una película de 3 horas 40 minutos, incluyendo un intervalo de 15 minutos. Desde el vamos, es una película como las que ya no se hacen. Es toda una declaración de principios que incluya ese intervalo: ni siquiera películas recientes como El Irlandés, o Los Asesinos de la Luna, que duran más de 3 horas, tenían ese espacio para que los espectadores pudieran conversar, ir al baño o simplemente estirar las piernas en el medio de la función. El intervalo hace décadas estaba prácticamente extinto, pero era una práctica común en películas operísticas de Hollywood, esos relatos más grandes que la vida misma, como Mi Bella Dama, Lawrence de Arabia, Los 10 Mandamientos, Ben-Hur o Lo que el Viento se Llevó.

El Brutalista remite a un tipo de cine que ya no se hace. El cine clásico, pero especialmente el cine clásico "grande", en todo sentido de la palabra. Esas obras que hacían honor a la pantalla grande y estaban más cerca de durar 4 que 3 horas. Producciones que, durante la primera época dorada de Hollywood, tenían decorados inmensos con valores de producción altísimos, cientos de extras en pantalla e historias que podían adolecer de gigantismo. Hacer ese tipo de cine, hoy, es casi imposible: porque la atención del promedio de los espectadores disminuye cada día con el avance de la digitalización, y porque ningún estudio de cine se atreve a financiar una obra faraónica de esa envergadura. Cleopatra, pese a ser taquillera, casi llevó a 20th Century Fox a la quiebra.

El Brutalista, con sus tomas espectaculares panorámicas filmadas en VistaVision, otra técnica anacrónica y en desuso, y la música rimbobante de las trompetas que sugieren grandilocuencia, busca capturar el espíritu de ese tipo de cine. Que una película como esta se haya hecho con un presupuesto de apenas US$ 10 millones parece un milagro, teniendo en cuenta que producciones como las de Marvel, Disney o Netflix a veces superan los US$ 200 o 300 millones en costos de filmación. ¿Cuál fue el secreto para filmar una película así, que se ve y se escucha mejor que otras que la multiplican en presupuesto?

Una película como "las que ya no se hacen"

Quienes conozcan el detrás de escena del cine, o al menos tengan ojos inquisidores, podrán notar que no es una producción "grande" del mismo modo que las antes mencionadas, como Amadeus o Pasaje a la India. No hay cientos de extras, no hay una multitud de personajes, no hay grandes efectos visuales o valores de producción descomunales. No le quita mérito, al contrario. Es una película independiente que disimula muy bien los límites de los recursos con los que trabaja: hay muchas escenas en interiores, con planos cerrados, que ayudan a "camuflar" las limitaciones económicas.

El Brutalista sabe que, si el relato no cautiva, no hay decorados o efectos visuales que, por más caros que sean, salven a la película. El protagonista de esa historia es un arquitecto húngaro formado en la escuela Bauhaus que escapa de los males que azotaron a Europa el siglo pasado. La pobreza, la misería, las guerras y el nazismo, por mencionar algunos. La promesa del sueño americano, la tierra de las oportunidades que recibe con la Estatua de la Libertad, invertida y fuera de eje, a los inmigrantes. Por supuesto, es premonitorio de la perversión del Nuevo Mundo. 

El arte como un testamento político

Los otros personajes importantes para esta narración que remite a clásicos como El Padrino Parte 2 y Érase una vez en América, son: un millonario del Estado de Pennsylvania y la sufrida esposa del protagonista. El primero desempeña una función clave como un mecenas del arquitecto, con quien tiene una relación tensa. La dinámica entre estos personajes es lo que el autor de Brutalismo, el libro sobre política y filosofía, piensa como el poder que brutaliza los cuerpos de la clase dominada. En esa relación de poder existen formas de resistencia que intentan rehabilitar, aunque sea de manera simbólica, la visibilidad de los oprimidos.

"Nada es su propia explicación", advierte el arquitecto Lazsló ante la mirada evaluadora del millonario que lo escucha. "¿Hay mejor explicación para un cubo que su propia construcción?". La escena deja en claro lo que piensa el arquitecto sobre sus propios diseños, a los que ve como testamentos políticos destinados a perdurar en el tiempo. Él mismo reconoce que su estilo va a generar críticas y detractores: el brutalismo, hasta el día de hoy, genera intensos debates entre quienes ven a esas edificaciones monolíticas como inhumanas, monótonas, grises, frías aberraciones de concreto que parecen diseñadas para apagar el espíritu. No pocos lo asocian con el autoritarismo de los partidos comunistas y la dominación que se ejerce a través del control estatal.

Lazslo Toth es un personaje ficticio que también puede representar la figura del hombre sufrido que deja todo por el arte. A la Academia de Hollywood le encantan esas historias de hombres egocéntricos obsesionados con crear una obra gigante: en Birdman, el personaje que interpreta Michael Keaton quiere hacer una adaptación teatral de una obra de Raymond Carver. En Mank, un escritor recibe la indigna tarea de escribir un guión para retratar la vida de un magnate de los medios. Es posible que, como esas películas, El Brutalista sea premiada con varios Oscar: música, fotografía y actor protagónico para Adrien Brody, son casi seguros. Otros, como el de mejor película, son una posibilidad. Pero en la visceral competencia por quedarse con la estatuilla dorada, que no dista mucho de cualquier campaña política, se ha destapado una verdad incómoda sobre El Brutalista: es una película que usó inteligencia artificial.

La inteligencia artificial, una herramienta rechazada por los artistas

Para dar mayor contexto, entre los artistas, el rechazo a la IA es mayoritario. Tienen sus razones, después de todo. Estéticas y económicas. Los artistas, como tantas otras profesiones, temen que la IA los reemplace. Pensemos, por ejemplo, por qué alguien contrataría a un ilustrador profesional para diseñar bocetos o, incluso, hacer un dibujo, si la IA puede hacerlo. Por supuesto, el resultado no es comparable en términos de valor artístico. Lo que produce un ser humano, con aciertos o errores, es una expresión de esa persona. El Brutalista, la película, parece sugerir eso mismo: los diseños de Laszlo son extensiones de todo lo que vivió.

Quienes desean abaratar costos, no solo en la industria del cine, ven con buenos ojos el avance de la IA, porque permite el ahorro de la inversión en capital humano. Parece contradictorio que una película como El Brutalista haya usado IA para diseñar algunos conceptos de los edificios brutalistas, sobre todo aquellos que se pueden ver en el epílogo. La diseñadora de producción, Judy Becker, minimizó el escándalo alegando que el uso de la IA fue mínimo. ¿Importa acaso la justificación? Se puede pensar que el uso de la IA en el cine no difere de la intervención de las computadoras o tantas otras herramientas. ¿O no?

Es muy probable que Adrien Brody reciba el segundo Oscar de su carrera, más de 22 años después de El Pianista. Su trabajo como el arquitecto sufrido es digno de reconocimiento. Pero también está en el ojo de la tormenta: se usó IA para mejorar su acento húngaro. El director de El Brutalista, Brady Corbet, también minimizó la injerencia de la IA en la performance de Brody. Es llamativo que un director que reinvidica el rol de los artistas, especialmente el de los directores frente a los productores, haya decidido usar IA en su película. Especialmente cuando la sola mención de la IA causa rechazo y odio en el ambiente artístico.

Pero El Brutalista no es la única película que usó IA en 2024. Es un secreto que los estudios y todos los involucrados en la realización de las obras prefieren mantener en secreto. A nadie le gusta admitir que la IA se usa principalmente para abaratar costos. Menos quieren admitir cuando las películas están en campaña por la temporada de premios. Emilia Pérez, Un Completo Desconocido, Deadpool & Wolverine, María, Duna: Parte 2, Sonic 3 y Furiosa, son algunas de las que mantuvieron el secreto todo lo que pudieron, hasta que estalló la polémica con El Brutalista. En todos los casos se usó la IA para alterar la apariencia o la voz de los actores, en mayor o menor medida.

Es inevitable que la IA empiece a crecer en las producciones cinematográficas, no solo las de Hollywood. Aunque cause estupor e indignación en los cinéfilos es un hecho que la IA llegó para quedarse. Pero la relación con la creación artística es compleja. Hasta los Oscar, que es una institución de Hollywood que suele volcarse más hacia la industria del entretenimiento que hacia el arte, saben que es un tema que requiere cuidado. Por eso, luego de la polémica con El Brutalista, están considerando añadir reglas que obliguen a las películas a hacer de público conocimiento cuando usan IA.

¿Vale lo mismo un actor cuya performance no fue alterada por IA, que el trabajo de otro cuya voz, hasta los gestos faciales, fueron alterados por una máquina? Algunos podrían argumentar que las voces siempre están alteradas en cine, después de todo existen editores y mezcladores de sonido. Pero son personas humanas las que, a través de las computadoras, deciden cómo va a sonar alguien frente a cámara. En el cine clásico, por ejemplo, no era común escuchar las voces originales de ciertas actrices. Nadie sabe cómo sonaba realmente Ursula Andress en El Satánico Dr. No, o cómo cantaba Audrey Hepburn en Mi Bella Dama, porque tenían dobles de voz. Pero, de nuevo, al menos eran personas.

Las polémicas por la forma y el contenido

Otras polémicas rodean a El Brutalista. Una tiene que ver con una cuestión política. Algunos críticos, como Dana Stevens y Noah Kulwin, señalan que el epílogo de la película, una historia sobre el sufrimiento, acompañada por un contexto en el que surge la creación del Estado de Israel, la explotación de los empresarios capitalistas, la nostalgia por la patria perdida, el jazz, las adicciones y los abusos, opta por un epílogo "ambiguo". Matt Johnson, director de la película BlackBerry, interpretaron que el epílogo de El Brutalista,  esa secuencia que empieza con el leitmotiv musical remixado como música tecno, como "un gran chiste hacia los estudiantes de cine".

Aunque el consenso crítico es muy favorable, como demuestra el 90/100 de promedio que El Brutalista ostenta en Metacritic, no todas las opiniones son positivas. Armond White, crítico de The New Yorker, señala que es "ambición vacía". El Brutalista, a diferencia de casi todas las películas "gigantes" que menciona esta nota, no llena las salas de cine en ningún lugar del mundo. Costó US$ 10 millones y puede llegar a recaudar más de US$ 30 millones: no es un fracaso. Pero no es una película popular. Está muy lejos de serlo. Es una diferencia clave con películas como Lawrence de Arabia, El Padrino, Lo que el Viento se Llevó, Amadeus y tantas otras épicas que sí tenían carácter de cine popular, cuando no masivo. Es una película que, en su paso por salas, atrajo la atención solo de los más cinéfilos. Es un problema no de la película, sino de la cultura en general: hay un cine está perdiendo su carácter popular y se está convirtiendo en algo para unos pocos. Es decir, en un espectáculo más bien elitista.

¿Puede ganar el Oscar a mejor película? Sin dudas, porque esta edición todavía no tiene claros ganadores y la industria está revuelta y agitada. A24, la empresa distribuidora de cine independiente, apuesta a repetir la hazaña que logró con Luz de Luna y Todo en todas Partes al Mismo Tiempo. Si El Brutalista se une o no a ese club de ganadoras puede ser una revelación sobre el rumbo que pretende tomar la industria del cine. Con la mirada en las costumbres del pasado glorioso, pero con la técnica del futuro: la IA. La teoría, después de todo, sí está en las formas. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

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