¿La sociedad argentina está dispuesta a premiar la moderación?

Marcos Novaro: "Si no hay una alternativa distinta de Kicillof, los bonos argentinos seguirán sin valer nada"

A días de las elecciones de medio término, el sociólogo y ensayista Marcos Novaro conversa con El Economista sobre la reconfiguración del peronismo y el agotamiento del centro político. Con mirada filosa, identifica tres ejes que ordenan el presente: el liderazgo en disputa de Axel Kicillof dentro de la oposición, la fragmentación del espacio moderado y los límites del gobierno de Milei para gobernar con minoría.
"Hay una posibilidad de revancha de los moderados, pero depende de lo que hagan", señala Novaro.
Ramiro Gamboa 24-10-2025
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Cerca de la mítica Plaza Francia, pleno barrio de Recoleta, pero cuando la calle todavía servía para la pelota, el sociólogo Marcos Novaro creció en un hogar con biblioteca y sobremesa política. Hijo de un gerente industrial con credo desarrollista y de una psicoanalista, se formó en esa oscilación clásica de la clase media: curiosidad cultural y cautela. "Mi madre tenía una mirada algo más inclinada a la izquierda, aunque tampoco tanto. Era la típica clase media que podía oscilar entre posiciones más progresistas o más conservadoras, según las circunstancias", explica Novaro a El Economista

El Colegio Nacional de Buenos Aires —en plena dictadura— dejó marcas en los primeros años de sus estudios y también brío en los últimos; luego llegó la Universidad de Buenos Aires (UBA), el escenario decisivo de su formación.

En 1984, con el regreso de la democracia, entró a Sociología. Terminaría la carrera en 1988, con predilección por la teoría política. Fue una UBA efervescente, y recuerda en sus palabras: "Sociología se reabrió en 1984, con profesores que venían del exilio. Algunos con ideas de izquierda; otros, con una mirada más autocrítica sobre lo que había sido la política en los años sesenta y setenta, quienes revisaban su pasado y reelaboraban su pensamiento desde el liberalismo político. Había mucha discusión, y ese clima atravesaba los claustros. Fue una época muy estimulante".

El campo todavía no estaba tan delimitado: las fronteras eran porosas. Se podía cursar Sociología y, al mismo tiempo, ir tras preguntas que hoy quedarían del lado de la Ciencia Política. Novaro siempre habitó las orillas del pensamiento

Se doctoró en Filosofía, con la dirección de Jorge Dotti —filósofo argentino y referente de la teoría política— como faro. Antes y durante el recorrido de Novaro incluyó estancias en España e Italia durante los noventa —un año en Madrid, un semestre en Italia—. Experiencias que consolidaron método y forjaron marcos teóricos.

Ya de vuelta, el oficio se tornó más histórico aunque sin abandonar la política: el reconocido historiador argentino Tulio Halperín Donghi les encargó a Novaro y a Vicente Palermo —importante politólogo y ensayista— los dos tomos finales de la colección de historia argentina de la editorial Paidós. La convocatoria llegó tras su primer libro conjunto —Política y poder en el gobierno de Menem, publicado en 1996—, que llamó la atención de Halperín Donghi y derivó, ya a principios de los años 2000, en el encargo de dos volúmenes: La dictadura militar (1976-1983)Argentina en el fin de siglo. Democracia, mercado y nación (1983-2001)

Entre 2001 y 2002, Novaro y Palermo acordaron el plan de trabajo; desde allí vinieron los viajes a Berkeley, Columbia y Georgetown y el acceso a los archivos desclasificados del Departamento de Estado y la CIA. Para esa época, esos documentos empezaron a abrirse al público: cables diplomáticos, informes de inteligencia y comunicaciones internas sobre la relación de Estados Unidos con la Argentina durante la dictadura y la transición democrática. El primer volumen, en coautoría con Vicente Palermo, La dictadura militar (1976-1983), se publicó en 2003. 

En 2006, la beca Fulbright le permitió a Novaro profundizar esta pesquisa en Washington y Nueva York y sistematizar el uso de esos fondos; ese trabajo alimentó el segundo volumen Argentina en el fin de siglo. Democracia, mercado y nación (1983-2001), de autoría individual, publicado en 2009. El acceso a esas fuentes norteamericanas habilitó la reconstrucción con precisión de las percepciones y políticas de Washington hacia el país en los años setenta y ochenta; dio a su trabajo sobre historia reciente una dimensión internacional. La beca Guggenheim de 2008-2009 llegó poco después y contribuyó también al cierre del ciclo histórico que Halperín había propuesto.

En paralelo, Novaro propulsó el Archivo de Historia Oral de Argentina Contemporánea —colección de entrevistas y testimonios sobre la política reciente, con sede institucional en el Instituto Gino Germani y acceso público, gran parte disponible en YouTube— y dio forma, junto a un equipo amplio, al Centro de Investigaciones Políticas (CIPOL) —un centro independiente encargado de administrar el Archivo. Novaro es también titular de cátedra de Teoría Política Contemporánea en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e investigador principal del CONICET.  

Académico, consultor a veces, editor ocasional, escribiente constante: Novaro armó una trayectoria que alterna proyectos de largo aliento con mirada clínica sobre la coyuntura. Publicó, entre otros títulos, Política y poder en el gobierno de Menem en coautoría con Vicente Palermo en 1996; Así lo viví. Héctor Magnetto en diálogo con Marcos Novaro, por Planeta en 2016; Historia de la Argentina 1955-2020, publicado por Siglo XXI en 2021; y hace pocos días se publicó por editorial EdhasaLo bueno, lo malo y lo feo. Dos años con Milei —una anatomía sobria del experimento libertario—, de próxima presentación

En 2017, Novaro recibió el Premio Konex en la categoría "Comunicación y periodismo". La razón no fue un giro de oficio, sino una sostenida participación en los medios: columnas, análisis, comentarios. Su pensamiento no sólo se quedó en la tiza y el pizarrón. Llegó TN, Canal 13 y las páginas de ClarínLa Nación. "La participación en medios siempre me pareció interesante y atractiva, incluso más que la academia", señala Novaro. Y agrega: "El debate académico muchas veces es faccioso. Cada tribu escribe y se lee entre sí; funciona de modo cerrado. Por eso me dio satisfacción recibir un reconocimiento por mi trabajo periodístico sin ser periodista de profesión. Es algo que me interesa y me gusta hacer. En ciertos aspectos el periodismo me resultó más estimulante que el debate académico en los últimos años".

—Has forjado una independencia intelectual. ¿Qué condiciones la hicieron posible? —pregunta El Economista

—Ni siquiera me describiría así. Diría que soy, en todo caso, un poco escéptico. No cínico, pero sí resignado. Son los años —responde Novaro. 

Barrio porteño, escuela pública heterogénea, universidad en apertura democrática, archivos internacionales, libros de autoría, proyectos colectivos, participaciones en medios, trabajos, reconocimientos. En el fondo, el mismo recorrido une biografía y toma de posición: no temerle a la incomodidad. Novaro va a contramano de la época, no le encanta hablar de sí mismo: prefiere pensar. 

Queda, por último, la hipótesis política que resume su mirada: una oferta de centro que deje atrás la ambigüedad y sea capaz de ordenar egos y programa, y el deseo de un oficialismo que haga menos y mejor. Si esas condiciones se fortalecen, Novaro estima que habrá un mejor panorama para 2027. Y eso es lo que prefiere. Porque en el caso contrario, elucubra, la política volverá a su péndulo conocido. En lo que sigue se ocupa de diseccionar los motivos.

—En el artículo "La revancha de los moderados" escribís que para el gobierno de Milei sería conveniente apoyarse en sectores de centro para poder hacer cambios más amplios. ¿Considerás que Milei está dispuesto a recorrer ese camino?

—En su primer año Milei hizo algo bastante parecido a lo que ahora se le reclama. Despotricó contra el Congreso y los moderados, pero luego negoció con ellos, aprobó las leyes que necesitaba y consolidó su programa. No es que no sepa hacerlo, o que no esté dispuesto cuando lo precisa.

El problema es que ahora tendrá que hacerlo en condiciones mucho más complicadas que en 2024. Entonces contaba con un apoyo amplio, los moderados estaban más coordinados y el kirchnerismo estaba aislado y deslegitimado. Después de estas elecciones el panorama será distinto: él estará más complicado y sus adversarios más fuertes, quienes lo seguirán bombardeando.

La cuestión es hasta dónde Milei puede avanzar con una estrategia que, si hubiese mantenido en 2024, quizá le habría evitado parte de las dificultades actuales. Esa oportunidad ya se perdió. Ahora tendrá que conformarse con mucho menos. Vuelve a insistir con la reforma laboral, lo cual es absurdo: no hay ninguna posibilidad de que se apruebe. En vez de concentrarse en el presupuesto y consolidar el plan de estabilización, pierde energía en iniciativas que hoy no tienen sentido. No por falta de negociación con los moderados, sino por negociar temas equivocados.

—¿Macri podría convertirse en garante de una nueva etapa del gobierno?

—No porque Macri ya no es lo que era. En 2024 todavía era el jefe del PRO. Hoy, ¿qué significa eso? El PRO es un hormiguero pateado, un desastre que él mismo generó. Macri perdió la capacidad de coordinar a los moderados.

Antes, a través de Ritondo, se sentaba con De Loredo y Pichetto y controlaban buena parte de la negociación legislativa. Ni él, ni De Loredo, ni Pichetto pueden hacerlo hoy: ese espacio se desarmó. No es sólo culpa de Milei. Macri también contribuyó a destruirlo, al sembrar desconfianza entre los moderados. Despreció al radicalismo y quiso forzarlos: o se sumaban al gobierno, o desaparecían.

Aunque Milei incorpore a Macri de algún modo, no le alcanzará. Hoy los gobernadores tienen mucho más peso: son ellos quienes definen cómo votan numerosos legisladores en el Congreso.

Marcos Novaro: "Macri perdió la capacidad de coordinar a los moderados"

—¿La sociedad argentina está dispuesta a premiar la moderación?

—Depende de lo que los moderados ofrezcan. "Moderado" sigue siendo casi una mala palabra. No es que se hayan ganado un gran prestigio.

Hay una posibilidad de revancha de los moderados, pero depende de lo que hagan. Provincias Unidas no es algo que despierte entusiasmo. No hay una ola de gente deseosa de votar a ese espacio. Tal vez ganen en Córdoba, pero dudo que lo hagan en Santa Fe, y en el resto del país obtendrán resultados escuetos. 

—¿Qué evaluación hacés del espacio de Provincias Unidas y del intento de varios gobernadores por consolidar una alternativa al kirchnerismo y al mileísmo?

—En principio, es una buena idea. Viene a ocupar el lugar que tuvo el PRO, que ya no puede cumplir ese rol. Aunque les queda un largo camino por recorrer.

Tienen que crear mecanismos de cooperación entre ellos, definir candidaturas para 2027 y hacerlo pronto, si quieren generar expectativas de que habrá una nueva oferta política. Hay dirigentes valiosos. Llaryora y Pullaro se entienden bien; Pullaro ya dijo que no competirá por la presidencia y buscará la reelección en su provincia. Eso es sensato.

Ahora bien, en la opinión pública no tienen gran arrastre. En muchas provincias casi no existen, o lo que ofrecen es débil

En la Ciudad de Buenos Aires, directamente, se han peleado todos. Hay una cantidad absurda de listas con radicales. Manes, Lousteau y otros han administrado mal el radicalismo en estos años. 

Hay un problema serio ahí, que llevará tiempo resolver. Espero que no les vaya tan mal como para desaparecer, porque de su supervivencia depende también que exista una expectativa de alternancia no pendular. De eso depende, en buena medida, la suerte de Milei.

Por más esfuerzos que haga para estabilizar la economía y generar confianza —y aunque tenga el respaldo de los Estados Unidos—, si no hay una alternativa distinta de Kicillof, los bonos argentinos seguirán sin valer nada. Nadie invertirá en un país donde la oposición, con el 40% de los votos, dice abiertamente que va a defaultear.

"Si no hay una alternativa distinta de Kicillof, los bonos argentinos seguirán sin valer nada"

—¿Kicillof es hoy el líder de la oposición?

—Por ahora es el principal referente. El que lleva la voz cantante es él.

En las encuestas ha mejorado bastante desde septiembre, y habrá que ver si logra consolidar ese impulso y reemplazar a Cristina. Es probable que estas elecciones terminen por confirmar su preeminencia, sobre todo porque en la provincia de Buenos Aires le irá mejor que en el interior, donde las listas responden más a Cristina.

Kicillof viene con viento a favor, aunque si va a llegar a convertirse en un líder nacional del peronismo todavía es incierto. Genera desconfianza. Ningún gobernador lo invita a visitar su distrito, y distintos dirigentes territoriales —gobernadores, intendentes, referentes locales— estarían más dispuestos a acercarse a Llaryora que a él.

—¿Cómo imaginás la convivencia entre Cristina Kirchner, Sergio Massa y Axel Kicillof en la etapa posterior al 26 de octubre?

—Hay una tensión evidente entre los que tienen votos y los que no. Kicillof, en lo económico, es un salvaje, pero en términos políticos es un dirigente capaz de convivir con Milei dos años más sin mayores problemas. Incluso puede encontrar cierta comodidad al dejar que Milei siga haciendo el trabajo sucio mientras gana tiempo para armar su coalición.

Cristina está en otra situación: pierde votos, vínculos territoriales y necesita una crisis para legitimar su exculpación, algún tipo de perdón que le permita salir de la cárcel. Ahí se enfrentan dos intereses distintos sobre cómo pararse frente al gobierno: Kicillof y Cristina. 

Massa, como siempre, es un oportunista. Puede oscilar entre las distintas posiciones según le convenga. Si Kicillof se consolida, él pierde espacio; por eso preferiría verlo con dificultades. En las disputas por las fechas de votación y las listas en la provincia, Massa estuvo más cerca de La Cámpora que de Kicillof. Después se muestra equidistante, juega a todo, según la oportunidad.

La clave, más que ellos tres, está en los gobernadores. Figuras como Osvaldo Jaldo en Tucumán o Raúl Jalil en Catamarca, que tienen votos y territorio. Habrá que ver si alguno de ellos compra el paquete de Kicillof, de Cristina o de Massa. 

Marcos Novaro: "Cristina pierde votos, vínculos territoriales y necesita una crisis para legitimar su exculpación"

—Sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires se observa una fragmentación de los espacios de centro: Ocaña y Lousteau por un lado, Hernán Reyes por otro, Facundo Manes por su cuenta, entre otros. ¿Por qué cuesta tanto articular una referencia común en ese sector?

Porque quien cumplía ese rol —el PRO— abdicó. El PRO representaba al centro y a la centro-derecha, con ramificaciones hacia el progresismo. Cumplía bien ese papel, tanto en la Ciudad como en el resto del país. Además, tenía una caja política atractiva, que ayudaba a mantener la cohesión: ofrecía cargos, oportunidades y lo hacía con cierta generosidad.

La fragmentación actual empieza cuando el PRO se rinde frente a Milei. Primero intenta competir solo —una estrategia que fue un error gravísimo— y después se entrega. En mayo no le fue tan mal: sacaron alrededor del 15%, un electorado respetable. Podrían haber construido una coalición de centro que, incluso si perdía, habría mantenido representación y tal vez el ingreso de un senador.

Macri se equivocó dos veces: primero al competir solo contra Milei y luego al rendirse. Ese doble error arrastró a todos los demás, incluyendo al radicalismo.

El radicalismo porteño terminó devastado por la guerra interna entre Manes, Lousteau, Yacobitti, entre otros. 

"Macri se equivocó dos veces: primero al competir solo contra Milei y luego al rendirse"

—Es llamativo que Lousteau y Manes vayan separados.

Son dos personajes con egos enormes. Cuando hay egos tan fuertes, no importa coincidir políticamente. Y eso lo hace inviable. La desproporción entre lo que realmente representan y lo que imaginan que valen es enorme.

Además, la crisis del gobierno los confundió. Creyeron que podían dar el batacazo, que reemplazarían al PRO en el electorado moderado.

"Lousteau y Manes son dos personajes con egos enormes", asegura Novaro.

—¿El peronismo gestiona mejor los egos?

—Por supuesto. Los partidos, en el fondo, sirven para eso: para administrar el egoCuando alguien tiene una idea desproporcionada de su propio valor, el partido lo ubica en su lugar. El peronismo, con todas sus divisiones, siempre lo hizo. Puede tener conflictos, descoordinación o ausencia de reglas, pero funciona: los que se van vuelven.

El peronismo conserva un núcleo de votantes fieles más grande que el de cualquier otro partido, lo que le permite cierta desprolijidad, pero también capacidad de disciplina. La marca, en sí misma, disciplina.

En cambio, en la UCR, cuando estalla una guerra de egos, se destruyen entre sí y se quedan todos sin nada. Y esos cismas duran décadas. Massa se fue y volvió con Cristina en cuestión de meses. En cambio, figuras como López Murphy, Stolbizer o la propia Carrió se alejaron del radicalismo y jamás volvieron. Todos vienen de ahí, pero terminaron afuera, sin partido y, en muchos casos, sin estructura. 

Manes repite ese error: cree que vale más que el partido. Para él, el radicalismo es un colectivo circunstancial al que se sube y del que se baja cuando le conviene. Lousteau piensa parecido. Para ambos, las instituciones valen poco.

Manes repite ese error: cree que vale más que el partido

—Con la oferta política tan fragmentada, una minoría intensa puede alcanzar para ganar una elección. ¿Qué riesgos implica eso en un país con instituciones y economía más frágiles que las de Estados Unidos?

—Depende de lo que se haga después de ganar. Ése es el caso de Milei: pudo ganar solo, porque en un escenario de fragmentación basta con llegar al balotaje y dejarse llevar por la espuma. Se forma una mayoría artificial, efímera, pero suficiente para ganar.

El problema es creer que con eso se puede gobernar. Milei pensó que el tránsito entre la victoria electoral y el poder sería automático, y que podría convertir esa mayoría prestada en una propia.

El sistema puede funcionar, incluso con fragmentación, si los actores asumen que luego deben construir mayorías en el Congreso, negociar, repartir espacios de gobierno y no pretender hacerlo todo a su antojo.

—En Así lo viví reconstruís el conflicto entre el kirchnerismo y el Grupo Clarín a partir de tu entrevista con Héctor Magnetto. Hoy el presidente Milei mantiene un enfrentamiento público con el mismo grupo —incluso con un tuit fijado que lo titula "la gran estafa argentina"—. ¿Observás puntos de contacto entre aquella embestida del kirchnerismo y la actual tensión con el gobierno?

—Es mucho más modesto. Lo que Milei busca es simplemente asustarlos, ponerlos en aprietos, deslegitimar sus críticas insinuando que detrás hay intereses económicos. 

Pero esa era también la premisa del kirchnerismo, solo que iba mucho más allá. El kirchnerismo sostenía que los medios eran un actor antidemocrático, herederos de la dictadura, y que la democracia solo funcionaría si se los destruía. En ese sentido, Milei es más modesto: se limita a ese tuit, bastante tonto pero relativamente eficaz, porque la desconfianza hacia los medios es generalizada y global.

No es un problema argentino. Todos los gobiernos, en mayor o menor medida, repiten lo mismo cuando se enfrentan a los medios.

El kirchnerismo tuvo una pretensión mucho más ambiciosa: quería intervenir hasta el fondo en el sistema de comunicación pública. Tenía los recursos y el tiempo para hacerlo. Milei no tiene nada de eso. 

Además, el sistema de medios cambió radicalmente. El peso de Clarín hoy —como grupo, no como diario, que ya pesa poco— no tiene nada que ver con el de hace veinte años. El panorama es otro por transformaciones mundiales impulsadas por "monstruos" como Elon Musk. 

Puede molestar el estilo populista, descalificador y manipulador de Milei, pero no tiene la capacidad ni los instrumentos para hacer lo que hizo el kirchnerismo. Además, la maquinaria comunicacional del gobierno se desinfló rápido. ¿Dónde están ahora los streamers, los tuiteros, los influencers tan influyentes? Desaparecieron. Ya no logran mover ni cinco likes. Perdieron eficacia con apenas un par de meses de desorden interno.

Novaro: "La maquinaria comunicacional del gobierno se desinfló rápido. ¿Dónde están ahora los streamers, los tuiteros, los influencers tan influyentes? Desaparecieron"

—El gobierno frenó el financiamiento universitario y la emergencia pediátrica. ¿Puede existir un país sin universidades ni hospitales?

—Se espera que eso forme parte de la negociación que el gobierno busca postergar hasta después de las elecciones. Tiene sentido que lo hagan: están reservando recursos para negociar. Si aflojan ahora, después, ¿qué ofrecen? ¿Qué le dan a los gobernadores o a los diputados del centro progresista que quieren llevarse una bandera propia? 

No creo que sean tan imprudentes como para dejar de pagar. Saben que deben hacerlo. Pero si pueden demorar, por supuesto que lo harán.

—De cara a los próximos dos años, ¿cómo imaginás la recomposición del Congreso?

—Si el gobierno logra salir relativamente airoso de las elecciones del 26 de octubre —algo probable, aunque no seguro—, podría presentarse con algunos números maquillados: un poco de crecimiento acá, otro allá, y la promesa de que "no nos fue tan mal". Si el kirchnerismo no se fortalece demasiado, la estrategia de bloqueo del oficialismo puede sostenerse. Eso le permitiría a Milei conservar un grupo de legisladores dispuesto a negociar y aprobar algunos proyectos.

¿Pero cuáles? Con suerte, el presupuesto. No creo que pueda impulsar reformas estructurales. Tal vez logre avanzar en cuestiones impositivas puntuales o en algún tema penal, pero hasta ahí. Reforma laboral, no. Si el gobierno gasta tiempo y energía en eso, se va a equivocar. No digo que no lo anuncie —puede hacerlo, si le sirve como bandera—, pero no debería invertir tanto esfuerzo en algo que no va a salir. Sería otra batalla perdida. Mejor concentrarse en lo que efectivamente puede hacer, que ya es poco. Y ahora, incluso menos.

El de Milei siempre ha sido un gobierno chico. La histeria antifascista de quienes creían que Milei iba a arrasar con todo era, en realidad, una mezcla de fantasía y pesadilla. Nunca tuvo chances de que eso ocurriera. Menos aún con los errores que cometió, aunque incluso si hubiese hecho todo bien, tampoco estaría arrasando electoralmente.

Pensar que Milei, con tan poca experiencia y con todos los delirios que lo impulsan, no iba a cometer errores graves era ingenuo. No lo subestimo: en las condiciones en que asumió, con su inexperiencia y su dogmatismo, lo que logró concretamente no está tan mal. Si en los dos años que le quedan consigue ajustar algunas cosas, hacer un poco de sintonía fina y consolidar el programa de estabilización, terminar el mandato así sería, para él, la gloria, un triunfo enorme. Aunque probablemente siga creyendo que va a refundar el país.

—¿Hacia 2027 analizás más una lógica de tercios o una de polarización?

—Depende de qué haga el centro político. Demanda de algo distinto hay, pero los votantes siguen desconfiando de los moderados por lo que hacen y por lo que no hacen. No tienen una agenda propia, siguen siendo oportunistas. Dicen que están de acuerdo con el superávit fiscal, pero después votan todos los gastos que lo destruyen, sin prioridades ni coherencia.

Si el centro político sigue siendo tan ambiguo, no se puede pretender que la gente confíe en él. 

Ese es el problema que debería resolver para tener chances de que vuelva a existir una competencia en tercios. Deseo que ocurra. Sería una buena noticia, la posibilidad de una salida más constructiva en 2027.

"Si el centro político sigue siendo tan ambiguo, no se puede pretender que la gente confíe en él"

—¿Argentina va a contar con el financiamiento de Estados Unidos?

—Por supuesto. Lo único seguro es que esa plata está. Nadie garantiza que vaya a alcanzar, porque más que la cantidad de dinero importa lo que haga la política argentina, pero el apoyo existe. Habrá un respaldo amplio que puede incluir beneficios comerciales, inversiones relevantes y mecanismos de repago de deuda con mucha utilidad. En ese sentido, se parece a un plan Marshall.

Es algo inédito en la región y puede cambiar las condiciones con las que se ha intentado financiar la democracia argentina desde 1983. Alfonsín hubiera necesitado algo así: alguien que dijera "queremos salvar este país".

Hoy sólo queda este último prestamista. Si esto fracasa, no hay alternativa, y el riesgo de convertirse en un Estado fallido es real. Si se combina un eventual fracaso del plan de estabilización con una oposición más dura, el país puede entrar en un desgobierno prolongado, con desorden económico, conflictos políticos intensos y un fuerte aislamiento internacional.

El diagnóstico norteamericano sobre las perspectivas de Argentina no es erróneo: si esto falla, no sé si habrá otra oportunidad. Motivos para preocuparse sobran, y está bien que Estados Unidos esté preocupado.

"Alfonsín hubiera necesitado algo así: alguien que dijera 'queremos salvar este país'", concluye Novaro. 
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