Reconfiguración en Medio Oriente

La guerra en Irán abre una ventana hacia el sur de Líbano

Cómo el debilitamiento de Hezbolá podría redefinir la frontera entre Israel y Líbano
Paisaje limítrofe entre Líbano e Israel.
Nicolás Luna 22-03-2026
Compartir

Durante las últimas semanas, la sección internacional de los principales diarios del mundo ha estado dominada por un mismo tema: la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán

La espectacularidad del conflicto ha producido imágenes que oscilan entre lo geopolítico y lo casi cinematográfico: desde la muerte del ayatolá Ali Khamenei hasta especulaciones tan dispares como la eventual retirada iraní de la Copa Mundial de la FIFA. Sin embargo, esta focalización en los grandes acontecimientos ha dejado en segundo plano un aspecto clave del conflicto: su carácter multiescalar.

La guerra no se libra únicamente en Irán o en Israel. Existen múltiples escenarios simultáneos que, aunque menos visibles, pueden resultar igual o más decisivos para el equilibrio regional.

Los dos frentes más evidentes son, naturalmente, el iraní y el israelí. En ellos predomina una lógica tecnológica marcada por el uso intensivo de drones, misiles de largo alcance y sistemas de defensa aérea. Se trata de una modalidad de combate que, al menos desde la distancia mediática, transmite la imagen de una guerra despersonalizada, mediada por pantallas y sensores.

Más allá de estos escenarios principales, el conflicto también se proyecta sobre la Península Arábiga. Instalaciones militares y económicas en Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita, así como bases militares estadounidenses, se han convertido en potenciales objetivos dentro de una dinámica regional que trasciende el enfrentamiento directo entre Teherán y Jerusalén.

Existe además un frente menos tangible pero igualmente influyente: el comunicacional. La velocidad con la que circula la información, sumada a la clásica "niebla de la guerra", produce un ecosistema informativo donde la frontera entre hechos verificables, propaganda y desinformación se vuelve cada vez más difusa.

Sin embargo, uno de los escenarios más relevantes —y probablemente más decisivos para el futuro regional— se encuentra en un lugar menos visible del mapa estratégico: el sur del Líbano.

El conflicto paraestatal

Las relaciones entre Líbano e Israel han estado marcadas históricamente por una particularidad que las distingue de otros conflictos regionales: su carácter predominantemente paraestatal.

A diferencia de Egipto, Siria o Jordania, el estado libanés rara vez ha sido el actor directo del enfrentamiento. En cambio, el conflicto ha estado protagonizado por organizaciones armadas que operan dentro del territorio libanés pero que mantienen grados variables de autonomía respecto del Estado.

Durante décadas, Líbano ocupó una posición singular en el sistema regional. Conocido como la "Suiza de Medio Oriente", el país combinaba un sistema político multiconfesional, una fuerte vinculación con el mundo francófono y una economía relativamente abierta. Hasta los años setenta, esta combinación le permitió mantener un delicado equilibrio entre distintas influencias regionales.

Ese equilibrio comenzó a erosionarse a comienzos de la década de 1970. Tras el enfrentamiento entre la monarquía jordana y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), el rey Hussein expulsó del país a la organización liderada por Yasser Arafat. Este episodio —conocido como "Septiembre Negro"— tuvo consecuencias profundas para Líbano.

La OLP trasladó gran parte de su estructura política y militar al territorio libanés, alterando significativamente el equilibrio interno del país. La presencia de una organización armada de gran escala, combinada con las tensiones preexistentes entre las distintas comunidades religiosas, contribuyó al estallido de la guerra civil libanesa en 1975.

En ese contexto de fragmentación estatal, el sur del Líbano se transformó en una plataforma desde la cual la OLP lanzó operaciones militares contra Israel. La incapacidad del Estado libanés para controlar estas actividades llevó a Israel a intervenir directamente en el país, culminando en la invasión de 1982.

La expulsión de la OLP no resolvió, sin embargo, la lógica estructural del conflicto. Simplemente transformó a sus protagonistas.

Militares israelíes planifican movimientos en el marco de la invasión al territorio libanés en 1982.

La emergencia de Hezbolá

En 1985, en pleno desarrollo de la guerra civil libanesa, surgió Hezbolá. La organización nació como una escisión del Movimiento Amal y encontró su base social en las comunidades chiitas del sur del país.

Históricamente marginadas dentro del sistema político libanés, estas comunidades se encontraban además entre las más afectadas por la violencia del conflicto y por la presencia militar israelí en la región. Este contexto facilitó la rápida consolidación de Hezbolá como actor político y militar.

El ascenso de la República Islámica de Irán tras la revolución de 1979 resultó decisivo en este proceso. Desde entonces, la relación entre Teherán y Hezbolá se estructuró como un vínculo estratégico de largo plazo. Para Irán, la organización se convirtió en una herramienta de proyección regional y en un instrumento para ejercer presión militar sobre Israel sin recurrir a una confrontación directa.

De esta manera, el sur del Líbano pasó a funcionar como uno de los principales escenarios de la llamada "guerra por delegación" (proxy war) entre Irán e Israel.

Durante las últimas cuatro décadas, esta dinámica ha producido una sucesión de ciclos de escalada y distensión. El más reciente comenzó en octubre de 2024. Sin embargo, varios factores sugieren que el contexto actual podría estar modificando las condiciones estructurales del conflicto.

Miembros de Hezbolá izando la bandera de la organización junto a la nacional de Líbano en una colina, reflejando la compleja dinámica paraestatal

Un cambio de escenario

Tres procesos recientes parecen estar erosionando el margen de maniobra de Hezbolá.

El primero es el fin de la guerra civil siria en 2024. La consolidación del gobierno de Ahmed al-Sharaa, respaldado por Turquía, redujo drásticamente la influencia iraní en Siria. Como consecuencia, se debilitó uno de los principales corredores logísticos que permitían el traslado de armas, financiamiento y combatientes hacia Hezbolá.

El segundo factor es de carácter interno. La formación de un nuevo gobierno libanés en 2025 —el primero en más de dos décadas sin participación directa de Hezbolá— abrió la posibilidad de avanzar en políticas orientadas a limitar el financiamiento y las capacidades militares de la organización.

El tercer elemento es el cambio en el liderazgo del propio movimiento. La muerte de Hassan Nasrallah en 2024, tras más de treinta años al frente de la organización, marcó el final de una etapa. Su sucesor, Naim Qassem, parece inclinarse hacia una estrategia más pragmática, enfocada en reforzar el rol político de Hezbolá dentro del sistema libanés antes que en su función como actor militar regional.

En conjunto, estos factores configuran un escenario inédito para la organización. Por primera vez en décadas, Hezbolá enfrenta presiones simultáneas en tres frentes: regional, doméstico y organizacional.

Naim Qassem, la nueva cara del liderazgo de Hezbolá, enfrentando el desafío de limitar la función militar de la organización tras décadas de hegemonía

¿Una ventana de oportunidad?

El debilitamiento relativo de Hezbolá también se inscribe en un reacomodamiento más amplio del sistema regional. Actores como Arabia Saudita y Turquía parecen hoy más interesados en contener la influencia de Irán que en sostener dinámicas de confrontación indirecta con Israel.

En este contexto, la organización chiita enfrenta una situación cada vez más compleja. Su principal patrocinador regional atraviesa una crisis profunda; sus rivales políticos dentro del Líbano han comenzado a coordinar estrategias para limitar su poder; y los corredores logísticos que durante años sostuvieron su capacidad militar se han vuelto considerablemente más frágiles.

Si esta tendencia se consolida, podría abrirse una pregunta que hasta hace poco parecía impensable: ¿es posible imaginar una desescalada duradera —e incluso un acuerdo— entre Israel y Líbano?

Para Israel, los incentivos serían evidentes. El cierre del frente norte permitiría reducir significativamente los costos económicos, militares y humanos asociados a un conflicto prolongado. Al mismo tiempo, representaría un paso importante en la construcción de una arquitectura regional de seguridad más estable.

Por ahora, las señales son apenas incipientes. Gestos diplomáticos discretos, contactos indirectos y movimientos cautelosos sugieren que algunos actores regionales están explorando esta posibilidad.

Si la ventana de posibilidad existe, parece ser que por primera vez se logró correr la cortina y puede verse que hay del otro lado. Por primera vez en décadas, el equilibrio estratégico en el sur del Líbano permite imaginar un escenario distinto al de la confrontación permanente.

Bajo los cielos del Líbano, un conflicto que durante años pareció congelado podría estar entrando en una fase decisiva. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar

En esta nota