"El liderazgo del caos": el nuevo libro de Ricardo Lorenzetti aborda cómo conducir sociedades en tiempos de crisis e incertidumbre
¿Qué tipo de líderes demanda nuestro tiempo turbulento e incierto? ¿Cómo conducir sociedades fragmentadas, marcadas por la sensación de amenaza tecnológica, la perspectiva del desempleo masivo, las consecuencias del cambio climático y las múltiples desigualdades?
En este libro publicado por Siglo XXI, Ricardo Lorenzetti despliega un diagnóstico informado de nuestro tiempo sus múltiples crisis, la sensación de frustración generalizada, la distancia entre dirigencia y sociedad para ofrecer alternativas que permitan imaginar un futuro posible y deseable.
El autor propone reformular los términos del liderazgo social y político: desconcentrar el poder y las decisiones, abrir las instituciones a la innovación, dar lugar a los movimientos sociales, producir una nueva narrativa que ponga el humanismo en el centro y genere comunidad. Lejos de las miradas apocalípticas y de la parálisis del desencanto, este libro reconoce en las calles las semillas del cambio. Los líderes necesarios son quienes puedan escuchar esas ideas e integrarlas en un proyecto común para construir sociedades de bienestar, con lugar para todos.
A continuación un fragmento del primer capítulo "Ellos y nosotros"
La gran desconexión
"Entre esos tipos y yo hay algo personal", escribió Joan Manuel Serrat refiriéndose a la dirigencia política. Hoy ese parece ser un sentimiento generalizado en la población de muchos países: "Estamos enojados con ellos", "es entre nosotros y la élite", "somos antisistema" y "ojalá que se caiga todo y empiece algo nuevo" son expresiones que se escuchan en distintos idiomas de numerosas regiones del planeta. La polarización es entre el pueblo y la dirigencia. La división es entre "ellos" y "nosotros", aunque no está muy claro quiénes son "ellos" ni quiénes son "nosotros", ni los puentes que se transitan para ir y volver entre ambos bandos.
En el siglo XX colisionaban la izquierda, que luchaba por la igualdad, y la derecha, que sostenía la libertad. En el siglo XXI, esas posiciones encontradas continúan, pero los pueblos parecen cansados de las discusiones ideológicas y se preocupan más por la solución concreta de sus asuntos personales.
Este fenómeno es notorio porque hay gobiernos de derecha y gobiernos de izquierda que se desgastan hasta perder el poder tras el rechazo de las personas que los apoyaban. En los últimos veinte años lo vemos en países muy diferentes, como Corea del Sur, Alemania, Canadá, Italia, la Argentina. La sensación es que hay un fracaso institucional, sea de derecha o de izquierda.
La gran desconexión es innegable; es un proceso que comenzó hace varios años y se expande no solo en diversas democracias de Occidente, sino también hacia los distintos poderes del Estado y otros sectores dirigenciales de la sociedad. La percepción es que los valores se han invertido y que el gobierno "para el pueblo" es en realidad "para servirse del pueblo". Las disputas dentro de los gobiernos permanecen y se acentúan, mientras que las necesidades de los pueblos continúan insatisfechas.
En el siglo XXI hay una reacción contra esa dirigencia que se mira a sí misma, que no logra comprender que el escenario sobre el cual se desempeña la competencia política ha cambiado sustancialmente. Sobre la base de una metodología que combina el elemento personal y el sistémico, podemos identificar modelos sencillos pero descriptivos de la crisis actual de gobernabilidad política: el padre protector, el padre fracasado, el padre paralizado y el padre enojado, para luego examinar los componentes instrumentales que se utilizan en esos escenarios.
El padre protector
En el siglo XX se promovió el Estado de bienestar, que logró establecer las bases para un reparto más igualitario de los beneficios económicos y sociales del desarrollo, un modelo que se fue deteriorando y que hoy muchos proponen suprimir.
Su historia es conocida. La Revolución Industrial que surgió a fines del siglo XVIII en lo que entonces era el Imperio británico generó grandes aumentos de la riqueza global y mejoras en la calidad de vida, acompañadas de un sistema político liberal con control político y militar a escala global. Durante los siglos XIX y XX hubo un gran aumento del bienestar, pero la riqueza y el poder se concentraron cada vez más; se generó entonces una reacción que produjo guerras coloniales, revoluciones y conflictos sociales en numerosos países. La independencia de la India respecto de Inglaterra, la de Argelia respecto de Francia o la revolución bolchevique de 1917 en Rusia, o el nacimiento de los grandes sindicatos obreros en Occidente son ejemplos de este reclamo de los vulnerables en el mundo.
La propuesta de reconocer obligaciones legales de solidaridad social por parte del Estado es antigua. En Alemania, Otto von Bismarck impulsó un seguro obligatorio para pensiones en 1889. En Inglaterra, William Beveridge definió en 1942 las ideas centrales del moderno Estado de bienestar británico y un enfoque integral de los ingresos mínimos, el seguro por desempleo y las pensiones.
El Estado de bienestar, que consistió en una serie de reformas importantes en materia social y dio origen al gran desarrollo de Occidente, se estableció luego de la Segunda Guerra Mundial. Influyeron en este fenómeno los dirigentes socialdemócratas, los cristianos, socialistas y también los liberales temerosos del avance autoritario en el mundo. Fue un movimiento de gran potencial transformador. Nacieron la seguridad social, las jubilaciones, las legislaciones obreras, la salud y la educación públicas.
Es importante resaltar que existió un consenso acerca de su necesidad, que se mantuvo en épocas en que gobernaron partidos de izquierda y también cuando lo hicieron partidos de derecha. Todos consideraron, si bien en distintos grados, que era necesario sostener ciertos aspectos de políticas públicas para evitar que muchas personas fueran desplazadas del sistema.
En las últimas dos décadas del siglo XX renacieron los cuestionamientos liberales y las ideas desregulatorias, en especial con las ideas del presidente Ronald Reagan en los Estados Unidos y de la primera ministra Margaret Thatcher en el Reino Unido. En ambos casos generaron grandes cambios, pero siempre dentro de un marco que no desafiaba los pilares del contrato social. Es en el siglo XXI cuando todo comienza a quebrarse y tanto la derecha como la izquierda encuentran grandes dificultades para gobernar.
En este contexto, el comportamiento racional de los individuos autosuficientes es no vincularse con el Estado. Las clases altas y medias viven en "barrios privados" donde los municipios tienen poco que hacer. La policía es sustituida por la guardia contratada; la escuela pública, por la privada; el sistema de salud pública, por la medicina privada; el crédito estatal, por el banco privado. Estos individuos no necesitan del Estado; les molesta, incluso pretenden que se lo suprima o se lo reduzca todo lo posible, porque están satisfechos sin necesidad de la acción pública.
Es triste observar el estado del mundo cuando aquel consenso civilizatorio parece desmoronarse. Hay crisis en múltiples democracias, se abandonan los equilibrios, se disuelven las alianzas, afloran los fanatismos y vuelven las guerras que se pensaban superadas.
El padre fracasado
La política como arte de gobernar es importantísima para el funcionamiento de las sociedades. La gravedad de la situación actual reside justamente en la sensación de impericia para lograr ese propósito mediante los procedimientos tradicionales. El "padre protector", simbolizado por el Estado de bienestar, es ahora un "padre fracasado".
El impacto en la población es desolador por el escepticismo que genera. Lo reflejó Groucho Marx: "La política es el arte de buscar problemas, hacer un diagnóstico falso y después aplicar los remedios equivocados". En la dirigencia aparece esta desorientación, que provoca divisiones y crisis de autoridad. No es infrecuente ver dirigentes que exponen toda la mediocridad posible: es necesario gritar, insultar, denunciar, disfrazarse o escandalizar para llamar la atención y lograr la ansiada adhesión de los ciudadanos.
Es la imagen que mostró Fellini en la película Ensayo de orquesta, en la que nadie hace caso al director, cada músico se enfoca en sus temas personales y se evapora toda posibilidad de lograr un sonido común.
Los factores que explican este estado de situación son varios y por eso es un problema sistémico que debemos identificar con claridad para recuperar el rol de la política en la gobernabilidad. El factor personal es importante, porque hay muchos líderes que no están a la altura de las circunstancias y que llevan adelante malos gobiernos; hay otros incluso que pretenden ser dictadores. En un modelo hipotético podríamos pensar en una solución que limitara el acceso al gobierno solo a los buenos dirigentes, pero pronto veríamos que el problema persiste y que, si bien las personas son relevantes, no constituyen un elemento determinante. Las causas fundamentales residen en la mudanza de los presupuestos sobre los cuales se ha desempeñado la acción política hasta ahora, que la han dejado en el vacío.
El espacio
La globalización genera problemas mundiales, pero los instrumentos para abordarlos son nacionales y, por lo tanto, ineficaces. Los gobiernos nacionales pueden programar sus políticas, pero estas son modificadas constantemente por acontecimientos que ocurren en otros lugares del planeta y que escapan a su control.
• Una crisis financiera en un banco de un país se expande por varios continentes, afecta las finanzas y desarticula la política económica de otro país, distante del primero. Hay muchos ejemplos de gobiernos que hicieron esfuerzos económicos considerables, que se vieron desarticulados por decisiones de otros con los cuales no tenían relación directa.
• La lucha contra la drogadicción es difícil si no se controla el tráfico internacional y la producción de nuevos tipos de drogas. Los países que sufren el aumento de la delincuencia por el incremento en el consumo de drogas solo pueden desarrollar acciones limitadas. Los carteles de la droga tienen acceso a laboratorios ubicados en varios países, armas que compran en mercados ilegales, dinero que circula en paraísos fiscales, utilización de personas desesperadas por la pobreza en países con Estados que no las protegen.
• El desarrollo económico de las naciones que basaron su apertura al mundo en la promoción global del libre comercio entra en crisis frente al abrupto cambio hacia políticas proteccionistas y guerras comerciales que emprenden otros gobiernos.
• Un gobierno con una tradición fundada en la integración de los inmigrantes puede verse muy afectado por una guerra o un Estado fallido o autoritario en países lejanos o en aquellos que fueron sus colonias. El ingreso de un grupo de inmigrantes provoca solidaridad, pero no así el de millones, cuando cambia el modo de vida de grandes ciudades y regiones. La reacción de los ciudadanos es votar en contra de esos gobiernos, y ganan las elecciones los partidos políticos que promueven la defensa de los valores tradicionales y la expulsión de los migrantes.
• Un país depende del gas que le suministra otro país que, a su vez, entra en una guerra y queda aislado. La energía se torna escasa y aumentan los precios, incrementos que se trasladan a las personas, que al propio tiempo se enojan con su gobierno y este pierde las elecciones.
El tiempo
Las prestaciones del Estado de bienestar están diseñadas para ser eficientes en la atención de demandas estables y urgencias excepcionales. El problema que presenta el siglo XXI es que las urgencias son la regla y las demandas cambian permanentemente, poniendo en crisis la burocracia profesional que se aleja cada vez más de las necesidades de los representados.
El cambio constante de las demandas es creciente, y los gobiernos corren detrás de los reclamos, que son inalcanzables:
• El Ministerio de Educación decide dar computadoras a los niños de las escuelas de nivel primario. Se realiza un acto de entrega con amplia difusión y caras felices, pero al poco tiempo vuelven los reclamos, porque esas computadoras no sirven para incluir nuevos programas y los alumnos requieren un modelo más nuevo.
• El Ministerio de Salud brinda tratamientos médicos para personas que no pueden pagarlos, pero aparecen nuevas técnicas y medicamentos, cada vez mejores y más caros, y cada vez más lejos de lo que el presupuesto permite, y las quejas no dejan de estar presentes.
• El Ministerio de Seguridad Social diseña una asignación monetaria para garantizar la alimentación de personas que no perciben ingresos adecuados, pero al poco tiempo se le reclama que ese dinero es insuficiente. La publicidad y todo lo que se muestra en las redes sociales genera un deseo permanente de imitar estilos de vida, viajes, consumo de tecnología, de alcanzar lo que es cada vez más inalcanzable dado el creciente nivel de desigualdad.
El segundo aspecto es que, aunque hubiera demandas estables, las demoras en las respuestas entran en contradicción con las urgencias.
• Un consumidor que plantea una demanda contra un prestador de servicios siente que se enfrenta a un proceso lento, complejo y kafkiano. Puede pasar horas llamando por teléfono, conectándose con computadoras que lo pasan de una línea a otra, luego en páginas web que lo inundan de requerimientos y preguntas para permitirle el acceso, y cuando finalmente logra que alguna voz humana lo atienda, debe esperar. Recurre entonces a las acciones judiciales, que también son lentas y burocráticas.
• Una persona que padece una enfermedad puede recurrir a su médico de cabecera, que a su vez le dice que tiene que esperar para hacerse un estudio y le da un turno dentro de unas semanas, y le advierte que su intervención quirúrgica recién será posible seis meses después.
Los habitantes del siglo XXI viven en un mundo donde todo es acelerado y quieren soluciones inmediatas, que encuentran cuando solicitan servicios en el mundo digital. El Estado brinda servicios a través de sus ministerios con mucha lentitud, en ciertos casos justificada, porque hay que hacer controles y auditorías. El malestar en la vida cotidiana es permanente y es una de las causas más difundidas de rechazo al sistema, porque, al fin del día, la queja se enfoca en la dirigencia política.
Las tensiones se explican por la evolución histórica. El sistema representativo diseñado en el siglo XIX suponía que había un tiempo que transcurría entre las elecciones de los representantes del pueblo y las decisiones que debían adoptar, y otro período igualmente extenso entre esas decisiones y su control popular.
Una medida de gobierno adoptada en el siglo XX requería una notificación y varios días o semanas para que hubiera una reacción. La tecnología acortó esos plazos, y las decisiones son conocidas y sometidas al debate público en el mismo día en que son tomadas. Mientras que una impugnación de las disposiciones administrativas insumía un procedimiento lento y al alcance de unos pocos, en la actualidad han bajado los costos de acceso a los dispositivos jurídicos y, como consecuencia, se amplió de manera considerable la cantidad de sectores y personas que pueden efectuar reclamos. La expectativa de reclamo inmediato pone en crisis el proceso de intermediación burocrática existente en casi todos los campos, porque son cuestionados por su lentitud e ineficacia. La posibilidad de responder no es sencilla, porque, a pesar de que la tecnología puede ayudar muchísimo a acelerar los procesos, hay pasos que son necesarios, legítimos y constitucionalmente válidos.
También influye el factor autorreferencial. La burocracia ha crecido hasta perder contacto con las demandas concretas de la sociedad y termina por enfocarse en sus propias necesidades. Hoy es poco probable que una persona que toma decisiones llegue a percibir que hay otra esperando que se resuelva su situación. La separación es cada vez más pronunciada. Esta es una contradicción recurrente para la población. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar