Entrevista a fondo

Damián Arabia: “Patricia va a estar donde la demande la sociedad”

Mano derecha de la senadora nacional Patricia Bullrich, el diputado Damián Arabia proyecta el éxito económico del modelo libertario y le marca la cancha a la gestión de Jorge Macri.
Damián Arabia afirma que la especulación "es lo peor que se puede hacer en la vida".
Ramiro Gamboa 05-06-2026
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El camino hacia la política de Damián Arabia, actual diputado nacional y autor del libro No me rompan las pelotas, comenzó con el deseo de levantar paredes. Quería ser arquitecto. 

Hoy, en lugar de diseñar edificios, articula estructuras legislativas, pero cuenta que aún conserva intacta la mente pragmática y el método del maestro mayor de obras.

Para comprender cómo forjó su punto de vista, es necesario retroceder a la cartografía de su infancia y a la biografía de sus padres. Es un relato atravesado por el trabajo manual y por interrupciones. 

Su padre, un técnico electromecánico, había intentado estudiar Ingeniería y luego Física, pero el clima denso de la dictadura de Onganía truncó esos proyectos. “Era bastante jodido cursar Ciencias Exactas en esa época”, recuerda Arabia en conversación con El Economista. Fue en esos pasillos universitarios donde sus padres se cruzaron por primera vez.

Su madre, quien estudiaba Matemática y Física, terminó forjando una carrera destacada como empleada de Aerolíneas Argentinas.

El abuelo paterno, un mecánico, jamás había logrado terminar la escuela secundaria. El padre de Damián trabajaba en ese mismo taller desde los diez años, con las manos engrasadas, para ayudar a sostener la economía familiar. El mundo, en aquel entonces, transcurría en un radio geográfico pequeño: Villa Crespo, la cancha de Atlanta a la vuelta, la escuela a dos cuadras, la iglesia a otras dos. 

Con el tiempo, aquel niño que ayudaba entre motores fundó su propia fábrica de baterías industriales tras el estallido de la crisis de 2001. Arabia habla de él con devoción: “Mi padre debe ser la persona que más sabe de baterías en la Argentina. Me enseñó que hay que ser sincero y que es fundamental ser honesto con uno mismo”.

Damián llegó a la familia mucho después que sus dos hermanas mayores. Creció entre San Isidro y Martínez, en una casa con una biblioteca en la que convivían contradicciones fascinantes: los textos de Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz compartían estantes con los libros de Domingo Cavallo y Tulio Halperín Donghi. En la quietud de esos domingos, donde desayunaba mate mientras su madre comía tostadas y su padre tomaba café frente al diario Clarín, el joven Damián leía vorazmente.

A sus doce años, una vocación temprana le exigió un cambio de timón. Abandonó el bachillerato privado tradicional de la zona norte para inscribirse en la Escuela Técnica Raggio, un gigante de la educación pública con dos mil alumnos, ubicado en el límite de la Ciudad de Buenos Aires. 

El choque cultural resultó fundacional. Los viajes diarios de casi una hora, combinando colectivo y tren, y los regresos a las once de la noche cuando cursaba en el turno vespertino, le otorgaron otra perspectiva de la realidad. “El Raggio me dio calle”, comparte. 

Allí, además, encontró su primer escenario de disputa: el centro de estudiantes estaba dominado por la izquierda, y él formó filas en la oposición.

El salto definitivo a la acción política llegaría un poco más tarde, en el convulso 2008. Cristina Fernández de Kirchner acababa de asumir la presidencia y el país ardía al ritmo del conflicto con el campo. Arabia tenía entonces dieciséis años y cuenta que percibió aquella disputa como un ataque sistemático a los símbolos de la clase media a la cual pertenecía.

Indignado abrió la página web del Congreso, seleccionó a veintidós legisladores que le parecieron razonables y les envió un correo electrónico repleto de quejas. Destaca que sólo recibió una respuesta. Del otro lado de la pantalla estaba Martín Yeza, un joven asesor de apenas veinte años que, con el paso del tiempo, se convertiría en un dirigente clave del PRO y en dos veces intendente de Pinamar. 

Se reunieron a tomar un café. Yeza escuchó sus reclamos, pero lo desafió a transformar esa queja en acción concreta, invitándolo a un grupo de jóvenes de ideas liberales. La anécdota de ese primer encuentro parece un guiño del destino: se juntaron en un local a la calle y la persiana metálica quedó trabada. Arabia, haciendo valer sus flamantes conocimientos de maestro mayor de obras, logró arreglarla en el momento.

Hacia el año 2011, la desilusión estuvo a punto de alejarlo definitivamente de la arena pública. El kirchnerismo había arrasado en las urnas con el 54% de los votos tras la muerte de Néstor Kirchner, y la oposición parecía un rompecabezas desarmado. 

Arabia, abrumado por la sensación de que el país no tenía solución, se cruzó con Patricia Bullrich en los pasillos del Congreso y le anunció su retiro de la militancia: “Todo bien, fue un gusto conocerte, pero la política es una mierda”. 

Según recuerda él mismo, Bullrich lo frenó en seco, lo miró fijo y le lanzó: “No te hacía tan flojito”. Acto seguido, le recitó aquel poema de Bertolt Brecht sobre los hombres imprescindibles, los que luchan toda la vida.

Esa breve charla de pasillo selló su camino. Arabia se involucró de lleno en el armado territorial, abandonó finalmente la carrera de Arquitectura en la UBA y se licenció en Ciencias Sociales en la Universidad de Palermo. La teoría política, la historia y la filosofía ocuparon el lugar de los planos. 

Tiempo después, sumaría a su formación una maestría en Economía y Ciencias Políticas en la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE).

Su bagaje personal, atravesado luego por el encierro del año 2020, decantó en su libro No me rompan las pelotas editado por Galerna. La obra funciona como un análisis de lo que él denomina la “Generación Verdad”, un grupo de jóvenes —los nacidos y criados en la revolución digital— que, bajo su mirada, fueron forjados por la experiencia traumática de la pandemia y el encierro estatal. 

Arabia analiza cómo esta generación reconfiguró su vínculo con el trabajo, la educación (priorizando muchas veces los cursos cortos frente a las carreras largas), el amor y, sobre todo, con un Estado al que rechazan cuando asume posturas paternalistas.

Para él, esta franja de la sociedad no es apática, sino que repudia el colectivismo y la hipocresía para resguardar su propia autonomía. “Cuando sostengo que es necesario ‘partir desde la verdad’, no lo hago desde la verdad filosófica como lo plantearon a lo largo de la historia Platón, Aristóteles o Sócrates. Sino de la verdad de cada uno, en el sinceramiento personal que marca una postura frente a los desafíos del mundo”, escribe en las páginas de su libro.

Y es en esa línea donde Arabia define el motor de esta generación, inspirado en autoras como Ayn Rand: “En todo caso son egoístas tal cual lo define la filósofa liberal Ayn Rand. Me refiero al concepto que ella rescata del significado exacto de la palabra ‘egoísmo’, tal y como la define el diccionario: la preocupación por los intereses personales. Aquella persona que se prioriza, que anhela la felicidad y el desarrollo personal, y que no lo hace desde decisiones caprichosas, sino utilizando la razón, el pensamiento, para elegir racionalmente qué es lo mejor para su propia vida, y donde el límite no es otro que los derechos y libertades de los otros. Ni más ni menos. No me rompan las pelotas”.

Lejos de sus años de formación como maestro mayor de obras, el actual legislador cambió la arquitectura por la política. En la actualidad, asegura que su principal foco es la construcción de un esquema legal que garantice la autonomía de las personas frente al Estado.

—Hay quienes consideran a Patricia Bullrich como una “insaciable política” a la que siempre le queda resto para ir por más. ¿Coincidís con esa descripción?

Todo cura quiere ser papa. Si un dirigente político afirma que no quiere ser gobernador de su provincia o presidente del país, probablemente sea bastante mediocre. Es como preguntarle a alguien que tiene un restaurante si no quiere tener más clientes o que su local se transforme en algo más grande. Resulta extraño. 

Una empresa chica quiere ser mediana, una mediana aspira a ser grande y una grande busca ser multinacional. Se puede plantear que hay chefs que prefieren mantener solo diez mesas; sin embargo, seguramente querrán que esas diez mesas estén siempre llenas, sofisticar el menú o mejorar la atención. En el buen sentido de la palabra, la ambición siempre es un buen signo.

Patricia naturalmente hizo una carrera muy importante en su vida, pero al mismo tiempo siempre puso el interés del país por delante de su lugar personal. Por ejemplo, cuando perdió contra Milei (porque fueron tres en carrera: Massa, Patricia y Javier), ella se quedó afuera de la contienda y le quedaban distintas opciones. Podría no haber dicho nada, podría haber apoyado a Massa (lo cual hubiera sido una locura) o podía hacer lo que hizo, que fue apoyar a Milei.

Y lo apoyó sin condicionamiento alguno, sin especular. Veinticuatro horas después de los resultados de la primera vuelta, tras irnos a dormir a las dos de la mañana, me llamó temprano al otro día. Nos citó en su casa en Palermo; éramos cinco personas.

Nos dijo a todos: “Releí la lectura de mi tesis de doctorado sobre cómo se construyen y cómo se destruyen las mayorías. Acá la única alternativa es apoyar incondicionalmente a Milei, porque, de lo contrario, la Argentina no sale más de esto”. 

Recuerdo que mi primera reacción fue recordarle que hasta la mañana anterior estábamos a los tiros. Me contestó: “Sí, flaco, pero esto no se trata de nosotros, se trata del país”. Y tenía razón. 

Todavía no habían pasado veinticuatro horas y mi cerebro no lograba procesarlo. Ella hizo lo que debía hacer por el país. El presidente le pidió volver a ser ministra de Seguridad, algo para lo que quizás no tenía tantas ganas, porque ya había ocupado ese cargo durante cuatro años. Podría haberse quedado en su casa, y sin embargo, asumió el ministerio. El proyecto político le pidió ser candidata a senadora, y fue candidata a senadora.

—¿Y ahora qué va a hacer?

Va a estar donde el proyecto político la requieraDonde se lo pida el presidente. Resulta muy difícil ponerse a uno mismo por delante cuando hay una entrega total a la causa, cuando uno está al servicio.

—¿Por qué Patricia presentó su declaración jurada antes que Manuel Adorni?

—Porque todos tenemos la obligación legal de presentar la declaración jurada. Además, porque para ella la transparencia siempre fue un tema trascendental en su vida. Debe ser de las pocas dirigentes políticas que nunca tuvo una causa de corrupción

Ocupó cargos importantes, y aunque tener una causa no significa necesariamente ser corrupto, podría haber tenido alguna, y nada. Es una mujer absolutamente dedicada y entregada al país. Respira política, fuma política, come política, duerme política. Siempre tengo dudas sobre si podría hacer lo que ella hace; a veces pienso que sí, otras que no. Me gusta que llegue el fin de semana y poder descansar. Ella no para, está conectada todo el día.

Arabia sobre Bullrich: “Es una mujer absolutamente dedicada y entregada al país” Foto: Marcelo Aguilar

—¿Las ideas de Milei impregnaron en la sociedad?

—Sin duda. Había una sociedad en la cual germinaba una idea, un concepto de hartazgo absoluto con el Estado que le puso la pata encima, con el gasto público y con la maldita cuarentena que impuso Alberto Fernández. Una cuarentena hipócrita, además, porque él estaba de fiesta en Olivos. 

Había un clima. Pero además, los verdaderos líderes se alimentan y alimentan a la sociedad; es un círculo virtuoso. A veces hay que plantarse frente a la sociedad. Si Churchill se hubiera dejado llevar por lo que le decían durante la Segunda Guerra Mundial, probablemente habría pactado con Hitler. En lugar de hacer eso, se impuso y marcó que el camino era otro. Eso es el liderazgo. No fue Chamberlain. Si en el 2020 le hubiéramos hecho caso a las encuestas, jamás habríamos enfrentado a Larreta. Larreta se sentía presidente y le ganamos.

—¿Van a volver a competir en la Ciudad con Horacio Rodríguez Larreta?

—No sé. Vamos a estar donde la sociedad lo demande. Cuando uno se entiende como un instrumento de la sociedad, comprende mucho mejor el rol que le toca ocupar y especula menos, lo cual permite una mayor libertad. La especulación es lo peor que se puede hacer en la vida

Muchas veces pienso en la etapa entre 2015 y 2019. Fui funcionario del Ministerio de Seguridad de la Nación con Patricia como ministra. Era director y tenía a cargo una oficina importante: la de Integridad de las Fuerzas. La tarea era controlar a quienes nos controlan. Hacía el narcotest, tenía el alcoholímetro. Todo intrafuerza. Formé parte del gobierno de Macri en Seguridad. 

A modo de autocrítica, por momentos la postura fue de cambio y por momentos fue de mantener el statu quo y en lugar de ‘Cambiemos’ fue ‘mantengamos’. Esa postura conservadora fue pura especulación. El razonamiento detrás del gradualismo era que no se podía avanzar tan rápido porque se perdían las elecciones, y por ese motivo se decidía mantener el orden establecido. Se perdieron las elecciones por no hacer los cambios necesarios, y no se hicieron por especulación. 

Hay quienes dicen que no estaba el clima de época. No estoy de acuerdo porque las sociedades alimentan a los líderes y los líderes a las sociedades; el ejemplo de Churchill. La especulación mata. Recuerdo haberle preguntado a Patricia cuál quería que fuera su próximo paso. Me contestó: “No tengo tiempo para pensar en el próximo paso, porque si pienso en eso, no voy a hacer bien el trabajo que me toca ahora”. 

No pierdo ni un segundo de mi tiempo en pensar qué voy a hacer el 10 de diciembre de 2027. No me importa. Me tocará lo que me tenga que tocar, quizás en la función pública o quizás no.

—¿Qué no te gusta de Milei?

—El problema de esa pregunta es que puede haber un montón de cosas que no me gusten, pero resulta anecdótico. Por ejemplo, puedo tener distintas formas que Javier. Ahora bien, esas son sus formas. ¿Quién es uno para decirle al otro qué formas debe tener? Frente a la pregunta de si tengo los mismos modos, la respuesta es no. Hablo de otra manera, no puteo casi nunca (salvo para el título de mi libro). ¿Qué tiene de malo que Javier tenga otras formas? 

Hay una trampa entre la propia forma de ser y cuán distinto se es del otro. Esto tiene que ver con el liberalismo, con la idea de respetar al otro siempre que no haya violencia de por medio. Lo relevante es qué violenta a otro individuo y qué no lo hace. Por ejemplo: a mí no me gusta el fútbol, pero no por eso voy a criticar a quien sí le gusta. Yo tengo mis formas, Milei tiene las suyas. Él sabrá por qué las tiene y yo sabré por qué tengo las mías.

—¿Considerás que Milei ha sido peyorativo con la comunidad LGBT?

—No. Creo que tiene una mirada más simple, vinculada a creer demasiado en la igualdad ante la ley. A partir de esa creencia, se pregunta por qué tiene que hablar o discutir sobre este tema. Ante esa igualdad ante la ley, le irrita todo aquello que no signifique exactamente eso. Ahí hay un punto de coincidencia: a mí, por ejemplo, los cupos no me gustan. Soy diputado nacional, soy gay, pero no soy diputado nacional por ser gay. No me gustaría serlo de ese modo, y creo que a nadie le gustaría.

Cuando Milei hizo su comentario desafortunado en Davos, en ese momento creí entender a qué apuntaba, pero no fue el mismo mensaje que le llegó a una parte de la comunidad. A mí me dolió lo que escuché y por eso hablé con él, porque yo creía que había querido decir una cosa distinta al mensaje que llegó, ya sea porque lo recortaron o porque quiso decir otra cosa.

Le escribí, me llamó, hablamos casi dos horas y me lo aclaró. Le pregunté si podía contar la conversación y me dijo que sí. Al otro día escribí una nota clarificando su posición más allá de una frase que fue desafortunada.

Traté de expresarle que, si bien comprendía su intención, había emitido el mensaje desde el desconocimiento sobre lo que significa para la comunidad mencionar lo gay y lo pedófilo en una misma oración. Él había citado un caso objetivo de Estados Unidos sobre una pareja de dos hombres con acusaciones de pedofilia, y se lo habían recortado. Vuelvo a lo mismo: me parece que provino de un lugar de inocencia o desconocimiento acerca de lo que implica esa asociación tan directa. 

Le pedí permiso para contar esa charla y ratificar lo que piensa sobre el matrimonio igualitario. Tiene funcionarios como el embajador en Estados Unidos, Alec Oxenford, quien es gay y vive con su marido. Milei está por encima de eso; para él no es tema, no hay mambo ahí. Le da lo mismo si a uno le gustan las mujeres o los hombres; no es un asunto de conversación.

A mí como liberal y respetuoso del individuo, lo que más me importa es la igualdad ante la ley, más que las opiniones personales. Cada quien es libre de opinar lo que quiera, pero a mí me importan las leyes que son lo que nos permiten vivir libremente en sociedad más allá de las opiniones o miradas de cada uno. Mientras no se violente ni mi vida, ni mi libertad, ni mi propiedad, las opiniones de cada uno no son de mi incumbencia.

—¿Es un signo de cierta falta de gimnasia política? Un poco como cuando Macri habló de “caer en la educación pública”.

—Que hay falta de gimnasia política está clarísimo. Se puede decir que no versea, no arma frases bellas y vacías de contenido; todo lo contrario. En ese afán de hablar, a veces se dicen cosas que, aun si son correctas (porque citó un ejemplo verídico), pueden resultar hirientes.

Recuerdo habérselo dicho. Le planteé: “Por lo que escucho, el comentario resultó hiriente. Sé que no quisiste serlo, porque conozco lo que pensás”. Él me contestó que para nada, que cero. Creo que siempre puede haber una distancia entre lo que uno quiere decir y lo que se interpreta, sobre todo porque a veces te recortan.

Arabia: “Milei tiene funcionarios como el embajador en Estados Unidos, Alec Oxenford, quien es gay y vive con su marido”

—¿Proyectás que en un eventual segundo mandato Milei podría derogar el matrimonio igualitario?

—No, para nada. De hecho, está a favor del matrimonio igualitario. Cuando Milei resultó electo presidente y yo diputado, le pregunté explícitamente para conocer su postura. Me contestó: ‘¿Qué tengo yo que opinar sobre lo que hagan dos personas y sobre el hecho de que se casen? ¿Violenta la propiedad de otro? No. ¿Violenta la libertad de otro? No. ¿Violenta la vida de otro? No’. 

—También ha dicho: “Si alguien quiere acostarse con un elefante, ¿cuál es el problema?”. ¿No suena algo poco respetuoso animalizar una relación de dos personas y llevarla al absurdo?

—Puede no gustar. Para mí, es una exageración de lo que él piensa. Le resulta tan obvio que se plantea por qué debería opinar. El mensaje es: hacé lo que se te cante, lo único que hay que garantizar es esa situación. De hecho, recuerdo que en una entrevista planteó que si alguien se quiere casar con un elefante, debe ser con el consentimiento del animal, lo cual deriva en un absurdo porque el elefante no puede consentir. Por lo tanto, no hay matrimonio posible con un elefante. El concepto se entiende: trata de demostrar un absurdo. Es un problema de cada uno lo que haga con su vida.

—Su biógrafo, Nicolás Márquez, ha dicho barbaridades y se lleva muy bien con Javier Milei…

—No sé si se llevan muy bien, no tengo idea. Habría que preguntarle al presidente. Yo con Márquez tengo mil diferencias. En el espectro del centro hacia la derecha, el problema es la mezcolanza. Los liberales no somos ni de izquierda ni de derecha. Estamos tan lejos de la derecha que quiere dictar qué hacer en la cama, como de la izquierda que quiere dictar qué hacer con el bolsillo

¿Dónde se ubica un totalitario, al que comúnmente llamamos fascista? Se ubica en el punto donde se pretende dictar qué hacer en la cama y con el bolsillo. ¿Dónde se ubica un ultraconservador? En el extremo que no se mete con el bolsillo, pero sí con la cama. ¿Dónde se ubica un socialdemócrata extremo o un izquierdista moderno? Se mete con el bolsillo pero no con la cama. ¿Y dónde nos ubicamos los liberales? En el punto de no meternos ni con el bolsillo ni con la cama

Soy un defensor irrestricto del individuo. No quiero que nadie le diga a una persona qué debe hacer. ¿Qué quiere legislar Javier? A mí me importa mucho la igualdad ante la ley, y por eso me importa mucho el matrimonio igualitario. El matrimonio igualitario no es otra cosa que la igualdad ante la ley; no son privilegios, es igualdad, la única igualdad que conocemos los liberales.

Por ejemplo, quienes defendemos al individuo y todo lo relacionado con no violentar ni la propiedad, ni la vida, ni la libertad del otro, creemos en la eutanasia. No por el deseo de aplicarla, sino por la creencia en la libertad de decidir sobre uno mismo.

No hay ningún liberal de verdad que pueda estar en contra de la legalidad de la eutanasia. Se puede decir: “Valoro la vida, creo en la vida, sigo una doctrina positivista de la vida y no la recomiendo ni la promuevo”. Yo creo en la vida. Ahora, no puedo obligar a otro a hacer lo que quiera con la suya.

Para un liberal de verdad, la eutanasia tiene que ser legal. En cualquier debate dentro del ideario liberal, no hay dos acepciones; siempre la respuesta es una sola. 

—¿El peronismo está en su peor crisis de la historia?

—Sí. Lo cual no significa nada, porque muchas veces ha estado en su peor crisis y revive como el ave fénix. Ellos romantizan la idea de ser un movimiento y no un partido, y afirman que por eso son un alma viva. En realidad, el peronismo es una maquinaria de poder sofisticada y muy incrustada en las fuerzas vivas de la sociedad: en los sindicatos, en las cámaras empresariales, en el periodismo, en la política y en la Justicia. Lo que se discute en la Argentina es corporativismo o un sistema liberal

El corporativismo está incrustado en los centros de estudiantes, en las universidades, en las escuelas, en la Justicia, en los sindicatos y en las cámaras empresariales de toda índole y color. Motivo por el cual, ser rupturista en la Argentina equivale a ser anticorporativista. ¿Qué es el corporativismo? Juntarse entre cinco y definir cómo direccionar la economía.

—Sin embargo, al peronismo le está costando su vínculo con distintos empresarios y el mercado. Porque, ante la eventual noticia de un triunfo peronista, siempre asoma la amenaza de un “lunes negro”…

—Hay una diferencia entre el mercado y los empresarios. Hay muchos empresarios peronistas que se beneficiaron con el peronismo gracias a una lógica de zoológico. Si un empresario productor de servilletas se ve favorecido por el cierre de las importaciones, mientras ahoga al resto de las empresas del sector y lo dejan vivir solo a él, probablemente le guste ese sistema corporativo. 

—Recién oponías el corporativismo a un sistema liberal. En el sistema liberal, ¿puede haber 47 millones de ciudadanos argentinos con trabajo?

—Absolutamente, en ese sistema hay trabajo para 47 millones. Para tener trabajo, hay que generar riqueza. Si se cierra la economía, hay menos intercambios y menos riqueza. A medida que haya cierres, la torta será más chica; por lo tanto, habrá menos trabajo y más pobres. A medida que haya apertura, habrá mayor generación de riqueza y, en consecuencia, más trabajo.

—¿Y no se requiere algún mecanismo de redistribución? Si se genera riqueza pero no hay cómo repartirla, ¿se puede provocar una excesiva concentración?

El mercado y el capitalismo, lejos de concentrar, lo que hacen es distribuir. Si el Estado protege la producción de un fabricante de tazas en contra de la producción de cualquier otro, ¿cuánto vale esa taza? Si el Estado brinda protección exclusiva, el fabricante fijará el precio que quiera. Eso significa que 47 millones de argentinos tendrán que pagar un costo muy alto por una taza y dispondrán de muy poco dinero para otras cosas. Además, si ese fabricante quiere imponer sueldos o beneficios bajos a sus trabajadores, lo va a poder hacer.

Si, por el contrario, se abre la competencia, las tazas valen lo que determinen la oferta y la demanda de la sociedad. Esto implica una baja de precios. Con precios más bajos, la sociedad dispondrá de mayor capital para otros productos y distribuirá el dinero de la manera más justa posible. Quizás esa taza ya no valga lo que el empresario pretendía, pero el consumidor tendrá fondos para adquirir también vasos, cucharitas o platos. Así, el empresario que se veía beneficiado por el proteccionismo estatal deberá achicar sus ganancias y sus costos, mientras surgen otras empresas fabricantes de vasos, platos y cucharitas. 

Habrá que salir a competir, crear un mejor producto para ganar terreno y contar con trabajadores más calificados. 

—La cuestión de los femicidios es sensible. Frente a problemas tan transversales y difíciles de resolver, ¿no evaluás que partidizar la discusión termina siendo contraproducente?

—La izquierda y el kirchnerismo (como desprendimiento de la izquierda) tienden a partidizar todo. Me pasó, por ejemplo, con la Marcha del Orgullo. En todas partes del mundo son marchas de alegría, son fiestas; ocurren en Madrid, en Nueva York o en Tel Aviv. Acá las partidizó la izquierda con consignas que antes eran contra Macri, después contra Milei, en el medio contra Patricia o contra el FMI. 

El dato objetivo de la realidad es que durante este gobierno, en los últimos dos años, bajaron los femicidios; bajaron bastante, un 12,5% el último año

Ahora bien, en materia de seguridad, y muy particularmente en los casos de homicidios o femicidios, el problema es que un caso representa la totalidad de la estadística para esa familia. No se puede discutir con estadísticas cuando se habla del asesinato de una nena. Ahí no hay estadística que valga para esa familia, ni para la sociedad, ni para la comunidad; es terrible. Sin embargo, la estadística demuestra que los femicidios bajaron durante dos años consecutivos con Patricia como ministra de Seguridad.

—¿Cómo analizás el futuro del país en un eventual segundo mandato de LLA? 

—Hay realidades diferentes. Neuquén, Mendoza, Santa Fe y el interior del país viven una locura: la Argentina crece de una manera exorbitante. Ahora, en la ciudad de Buenos Aires y en el conurbano, no. El cambio de modelo productivo lleva a eso.

—¿Y qué imaginás para lo que queda de 2026 y para el 2027?

—Milei hace lo que todo el mundo sabe que tenía que hacer. La situación, mientras tanto, puede resultar dolorosa para mucha gente, pero eso no quita que el camino sea el correcto. Tiene que seguir con la estabilización de la macroeconomía, bajar la inflación y ordenar las cuentas públicas. El escenario previo era un desastre.

Debe empezar un ciclo virtuoso de crecimiento. El crecimiento ya ocurre en la Argentina, es el tercer año consecutivo que el país crece. Ahora, una cosa es el crecimiento macro y otra muy distinta es que esa mejora impacte efectivamente en el bolsillo y en la vida diaria

—En la Argentina, la clase media alta se parece bastante a la europea, pero existe un abismo entre la clase baja local y la de Europa. ¿Reflexionás que con sucesivos gobiernos liberal-libertarios eso se pueda modificar?

La Argentina se encamina hacia una sociedad mucho más de clase media. ¿Por qué baja la pobreza? Porque no hay sociedad que pueda sobrevivir a la inflación, a la cerrazón económica y al proteccionismo. Eso empobrece a las sociedades. Basta mirar cualquier foto del parque automotor exterior y compararlo con el argentino. Estamos destruidos. Lo mismo ocurre con la tecnología en la Argentina respecto a cualquier país del mundo (Estados Unidos, Uruguay, Chile, Brasil). Esa brecha es producto del cierre económico.

En la medida en que haya apertura económica, habrá intercambio de bienes. Con mayor intercambio, los bienes se abaratan y nos acercamos a una sociedad de clase media. El kirchnerismo, en cambio, dejó a seis de cada diez chicos por debajo de la línea de la pobreza.

Asimismo, nos destruyeron culturalmente y revertir eso lleva tiempo. Sin embargo, la sociedad está mucho más avanzada que sus élites. Siento que el círculo rojo —la política, el periodismo, ciertos sectores académicos— está muy desconectado de una sociedad que solo quiere que no le rompan las pelotas. Quiere que la dejen vivir, trabajar y emprender. Y Milei está haciendo eso. Por eso creció silenciosamente, sin que nadie lo viera, y por eso el gobierno logrará la reelección. Hay una élite que sigue sin verla, que ya se comió la curva una vez y se la va a volver a comer.

—¿Y la fórmula va a ser Milei - Bullrich en 2027?

—No lo sé. Suena bien, pero no lo sé.

—¿Qué evaluación hacés de la gestión de Jorge Macri en la Ciudad?

—Hoy a la ciudad le está faltando un salto cualitativo de los que quienes vivimos en ella nos habíamos acostumbrado. Había íconos que nos hacían sentir esos saltos cualitativos y que hoy no estamos viendo. Eso genera una sensación a los porteños de que acá falta algo. Y por ahí lo que se tiene que hacer es bajarnos los impuestos; quizás no es algo que deba hacer el Estado, sino que se retire, pero que se retire en serio, o que haga una revolución educativa.

—¿Patricia Bullrich va a ser candidata a jefa de gobierno?

Patricia va a estar donde la demande la sociedad, ya sea como jefa de gobierno o como vicepresidenta. No sé cómo va a terminar esa película, pero creo que la prioridad número uno es el proyecto político nacional y que todo se tiene que ordenar en torno a eso. El cambio es en la Argentina, no hay ciudad de Buenos Aires sin Argentina. 

Fuera de agenda

—¿Un proyecto?

—La ley Conan.

—¿Un sueño?

—Que la Argentina sea grande.

—¿Un recuerdo?

—Leer las columnas de Borensztein con mi padre. Él compraba Clarín y a mí ese diario no me gustaba; yo compraba Perfil, que me parecía más sofisticado, porque tenía esa impronta académica. Pero le robaba Clarín solo para leer las columnas de Borensztein.

—¿Un líder?

—Churchill.

—¿Un prócer?

—San Martín.

—¿Comida favorita?

—Pastas.

—¿Bebida?

—Vino tinto.

—¿Libro?

—“Liderazgo”, de Henry Kissinger.

—¿A quién admirás?

—A mi padre.

—¿Un placer?

—Pasear con mi perra.

—¿Una película?

—Indiana Jones.

—¿Una serie?

—Scandal.

—¿Una canción, una banda o un álbum?

—Bad Bunny. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar