Cuando los outsiders vienen marchando
La llegada a la presidencia de Pedro Castillo (Perú, 2021) y Javier Milei (Argentina, 2023) renueva el interés por el desempeño en América Latina de los candidatos outsiders, es decir, por postulantes con nula o escasísima experiencia política, promovidos por etiquetas partidarias flamantes y con una organización proselitista generalmente de tamaño diminuto.
Outsiders como Alberto Fujimori (Perú 1990), Hugo Chávez (Venezuela, 1998) o Rafael Correa (Ecuador, 2006) movilizaron a las urnas a ciudadanos apáticos, reabrieron la puja por el gobierno en sistemas partidarios esclerosados, instalaron nuevos temas en la agenda pública, presentaron propuestas provocadoras frente a recetas trilladas y retaron a líderes y maquinarias políticas muy cómodas con el status quo. Pero a la vez que reanimaron la competencia electoral, sus campañas promovieron políticas incompatibles o de satisfacción imposible, focalizaron en personas antes que en medidas programáticas y llevaron al límite la confrontación con sus adversarios.
¿Y qué sabe la ciencia política sobre los outsiders una vez sentados en el sillón presidencial? En América Latina la experiencia comparada permite delinear estas seis breves generalizaciones.
Uno. La falta de socialización política de los outsiders los predispone a saltear instancias de negociación y de intercambio de votos o apoyos, como los usuales procedimientos parlamentarios para aprobar una ley. E ignorar tales reglas crispa a la oposición (a la vez que socava a la democracia).
Dos. Gabinetes compuestos por técnicos, familiares y amigos, bloques legislativos pequeños y superpoblados de neófitos y reclamos por respuestas urgentes refuerzan la vía del gobierno por decreto. El uso (y abuso) de las herramientas de excepción atiza el conflicto entre el ejecutivo y el congreso.
Tres. La crítica feroz a los políticos y partidos tradicionales, tan eficaz para crecer en popularidad y ganar votos, aliena la cooperación de congresistas clave para aprobar el paquete legislativo del gobierno. El presidente los confronta acusándolos de corruptos, apelando a la movilización en las calles, o convocando a un plebiscito. Y el juego escala: en el congreso reaccionan con bloqueos a iniciativas del ejecutivo, y pedidos de interpelación a ministros y de juicio político al primer mandatario.
Cuatro. El outsider triunfó en las urnas tomando altos riesgos, con golpes de audacia. ¿Por qué ahora en el gobierno debería cambiar y calcular "costos en votos" o preparar un "plan B" o incluso un "plan C" como los políticos profesionales? Consecuencia: resultados adversos para los presidentes outsiders generan una incertidumbre mucho mayor en todo el sistema político por falta de anticipación a contingencias.
Cinco. Fuerte concentración del poder y ausencia de mecanismos informales de deliberación y de rendición de cuentas en la toma de decisiones suelen ser patrones comunes en la gestión de los outsiders. Explican varios de sus éxitos en el gobierno...y casi todos sus fracasos. El verticalismo asegura la ejecución de políticas, pero relaja las alertas tempranas y bloquea las mejoras porque amedrenta las críticas.
Seis. Mientras que pocos outsiders fueron ilustres desconocidos hasta el mismo triunfo electoral (Fujimori y Castillo, por ejemplo), la mayoría ganó popularidad por el éxito en su profesión. Y varios tienen "mentalidad ganadora", muy importante para pelear por cualquier meta. Pero en la política, en cambio, es un juego donde los jugadores acumulan tanto victorias como fracasos. La repetición del juego prepara a los políticos profesionales para levantarse después de una (o varias) caídas. No todos los outsiders están igualmente preparados ante la adversidad política.
Esta lista, de seguro incompleta, no supone que el porvenir de los presidentes outsiders está tallado en piedra. De hecho, dentro de este panorama común la evidencia empírica muestra trayectorias divergentes. Pero sí fue pensada como un gran affresco para comparar y analizar el desempeño de mandatarios de este tipo en el contexto latinoamericano contemporáneo. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar