Desarrollo, arraigo y la oportunidad de construir nuevas ciudades en Argentina
Hoy Argentina está viviendo un fenómeno silencioso, pero que puede transformar su mapa económico y social durante las próximas décadas. Mientras nuevas inversiones llegan a Vaca Muerta, la minería del cobre y el litio, las energías renovables y distintas cadenas productivas del interior, empieza a aparecer una pregunta que hasta hace poco parecía lejana: ¿quiénes van a vivir y trabajar en esos lugares?
Durante muchos años, el desafío fue generar empleo para evitar que las personas abandonaran sus ciudades y pueblos. Sin embargo, el nuevo ciclo productivo podría plantear el escenario inverso: que miles de argentinos decidan migrar hacia las regiones donde están naciendo las oportunidades.
En los últimos años se habló mucho de la necesidad de fortalecer el arraigo, de generar oportunidades para que los jóvenes no tengan que abandonar sus comunidades y de aprovechar la conectividad para construir un desarrollo más federal. Ese objetivo sigue siendo válido. Pero la aparición de nuevos polos productivos nos enfrenta a un desafío adicional: preparar al país para una nueva movilidad interna de trabajadores y familias.
La discusión no es teórica. Vaca Muerta continúa expandiéndose, avanzan los proyectos de cobre en San Juan y Catamarca, y de litio en el NOA, mientras nuevas inversiones vinculadas a la energía, la minería y la agroindustria comienzan a modificar la geografía de las oportunidades. Más allá de las cifras que hoy circulan sobre el crecimiento demográfico que podrían experimentar algunas provincias, la tendencia parece clara: el desarrollo económico también mueve personas.
La propia historia argentina demuestra que estos procesos no son una excepción. La Patagonia petrolera transformó ciudades como Comodoro Rivadavia, Plaza Huincul o Cutral Có, que crecieron al ritmo de la industria hidrocarburífera. Décadas más tarde, el régimen de promoción industrial de Tierra del Fuego tuvo como uno de sus principales objetivos fomentar el poblamiento de un territorio estratégico mediante la generación de empleo. El resultado fue un fuerte proceso migratorio desde otras provincias y hoy Tierra del Fuego es una de las jurisdicciones con mayor crecimiento poblacional de las últimas décadas, superando los 190.000 habitantes.
La experiencia internacional ofrece enseñanzas valiosas. Australia convirtió a regiones como Pilbara, uno de los mayores centros mineros del mundo, en verdaderos polos de desarrollo. Hoy esa región genera cerca del 20% del Producto Bruto del estado de Australia Occidental y más del 3% del PBI australiano. Sin embargo, la propia OCDE advierte que la riqueza no alcanza por sí sola: la baja densidad poblacional, la distancia con los grandes centros urbanos y la necesidad de atraer familias obligan a invertir en infraestructura, vivienda y calidad de vida.
Canadá ofrece otro ejemplo interesante. La ciudad de Greater Sudbury nació alrededor de los yacimientos de níquel y cobre, pero con el tiempo evolucionó hacia un ecosistema más complejo, incorporando universidades, centros de investigación y empresas tecnológicas vinculadas a la actividad minera. De hecho, la OCDE eligió a esa ciudad para realizar su Conferencia Mundial de Regiones y Ciudades Mineras, donde gobiernos, empresas, universidades y organizaciones sociales debaten cómo transformar la riqueza de los recursos naturales en desarrollo territorial sostenible.
Más cerca de nosotros, Chile debió enfrentar desafíos similares. El crecimiento de regiones obligó a pensar políticas de vivienda, infraestructura, capacitación laboral y servicios urbanos para acompañar la llegada de miles de trabajadores. La actividad económica y el desarrollo urbano dejaron de ser debates separados.
Estos casos tienen un denominador común. Las inversiones por sí solas no construyen comunidades. Hace falta planificación, infraestructura y una visión compartida entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil.
No es casualidad que la OCDE haya creado la iniciativa "Mining Regions and Cities", una plataforma internacional destinada a compartir buenas prácticas para mejorar el bienestar económico, social y ambiental de las regiones mineras. Allí participan gobiernos, empresas, universidades, organizaciones de la sociedad civil y comunidades locales con un objetivo claro: que las inversiones de hoy se conviertan en oportunidades de desarrollo para las próximas generaciones.
- En Argentina también existen experiencias valiosas que pueden aportar a este debate. Universidades del interior, organizaciones vinculadas al desarrollo local, redes como CREA, RIL (Red de Innovación Local) y numerosas instituciones territoriales vienen trabajando desde hace años para fortalecer las capacidades de las comunidades y generar oportunidades para los jóvenes. Quizás haya llegado el momento de sumar a esa agenda una nueva dimensión: cómo acompañar los procesos migratorios que pueden surgir a partir de las grandes inversiones productivas.
El desafío argentino no es solamente producir más petróleo, más cobre o más litio. Es producir las condiciones para que alrededor de esas inversiones nazcan nuevas comunidades, nuevas oportunidades y, por qué no, nuevas ciudades.
Para eso, la agenda debería empezar a discutir al menos cuatro cuestiones centrales.
- La primera es la formación de capital humano. Las nuevas industrias demandarán perfiles técnicos y profesionales que muchas veces hoy no están disponibles en las regiones donde se desarrollarán los proyectos.
- La segunda es la infraestructura. No alcanza con tener un yacimiento o una inversión millonaria. Harán falta rutas, conectividad aérea, acceso a la vivienda y servicios públicos capaces de acompañar el crecimiento.
- La tercera es la conectividad. La expansión de la economía digital permite imaginar un desarrollo más descentralizado, pero todavía existen brechas importantes que limitan el arraigo y la movilidad laboral.
- La cuarta es la articulación. Ninguno de estos procesos puede ser impulsado por un solo actor. Estado, empresas, universidades y organizaciones de la sociedad civil deberán trabajar juntos para que el crecimiento económico se traduzca en desarrollo territorial.
La discusión ya no pasa únicamente por cuántos dólares llegarán o cuánto crecerán las exportaciones. También debemos preguntarnos qué ciudades queremos construir y cómo vamos a integrar a las familias que decidan apostar por esos nuevos territorios.
Porque un yacimiento, una mina o una planta industrial pueden cambiar una economía regional. Pero son las personas las que convierten ese crecimiento en una comunidad, y esa comunidad en una ciudad con futuro. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar