Tendencias

La amistad está en crisis: la recesión que nadie está mirando

El aislamiento ya no es una consecuencia: es una elección cultural. Un ensayo de la Harvard Kennedy School advierte que Estados Unidos atraviesa una "Friendship Recession", una recesión de los vínculos humanos. Y el diagnóstico podría aplicar, con matices, a buena parte del mundo.
amigos EE
11-10-2025
Compartir

En tiempos en que se habla de inflación, desempleo o déficit fiscal, hay otro indicador que se hunde en los países desarrollados: la cantidad de amistades.

Según el American Perspectives Survey, el porcentaje de adultos estadounidenses que dice no tener ningún amigo cercano se cuadruplicó desde 1990, pasando del 3% al 12%. Y aquellos que afirman tener más de diez amigos íntimos cayeron casi tres veces en el mismo período.

Durante décadas, los estadounidenses pasaban unas 6 horas y media por semana con sus amigos. Entre 2014 y 2019, esa cifra se derrumbó a 4 horas semanales. Es decir: una caída del 40% en apenas cinco años.

La pandemia agravó el fenómeno, pero no lo inventó. La soledad venía creciendo desde mucho antes.

Las raíces estructurales del aislamiento

Carolyn Bruckmann, investigadora de la Harvard Kennedy School, analiza las causas detrás de lo que ya se conoce como la recesión de la amistad ("Friendship Recession").

Una parte del problema tiene raíces estructurales: la expansión suburbana que separó físicamente a las personas; el retroceso en la inversión pública en parques, centros comunitarios y cafés, que funcionaban como "terceros lugares" para encontrarse; y la precarización del tiempo libre por el auge del trabajo por encargo y los salarios estancados.

"El tiempo libre se volvió un lujo", escribe Bruckmann. Pero, incluso reconociendo estas causas, hay algo más profundo: una crisis cultural.

De sociedad laboral a identidad laboral

Si hace medio siglo uno se definía por su comunidad o sus pasiones, hoy el trabajo es el centro de la identidad social.

"Preguntale a un estadounidense qué hace, y te hablará de su empleo", ironiza Bruckmann. El dato es brutal: el estadounidense promedio trabaja 1.799 horas por año, unas 182 horas más que el promedio de los países de la OCDE.
Y el 77% trabaja más de 40 horas semanales.

No se trata solo de necesidad económica. Es una mutación cultural: el viejo ideal del esfuerzo y el ascenso se transformó en una identidad totalizante, donde el trabajo reemplazó al sentido de pertenencia.

El resultado: personas satisfechas con su carrera, pero aisladas en lo personal.

La familia, el último refugio (y su paradoja)

En paralelo, los estadounidenses —y en buena medida los occidentales— pusieron a la familia en el centro absoluto.

Los padres pasan más tiempo con sus hijos que nunca antes, y el fenómeno de la hiperpaternidad ("intensive parenting") se consolidó como un nuevo estándar moral.

El problema: en esa carrera por criar hijos perfectos, las amistades adultas quedaron relegadas.

Además, los adultos pasan cada vez más tiempo en casa: casi dos horas más por día que en 2006. Pero ese tiempo no se traduce en vínculos más fuertes: la interacción familiar diaria también cayó.

Las iglesias, clubes de barrio y grupos de voluntariado —antes tejidos invisibles del lazo social— se desvanecen. Solo el 15% de los estadounidenses pertenece a una asociación vecinal y apenas el 10% a una liga deportiva.

La comunidad se convirtió en un concepto nostálgico.

Amistades digitales: conexiones sin cuerpo

Casi cuatro de cada diez estadounidenses tienen hoy vínculos "solo online". Entre adolescentes, la cifra es aún más alta.

Un estudio reciente muestra que los jóvenes pasan nueve horas diarias frente a una pantalla, y apenas 40 minutos en persona con amigos, frente a los 140 minutos de hace veinte años.

Pero las amistades digitales no son equivalentes a las presenciales.
El cerebro humano no responde igual a un texto que a una voz. Las interacciones cara a cara reducen el cortisol (hormona del estrés) y disparan oxitocina (la hormona del apego).

Los mensajes, los chats y las videollamadas, no.

Por eso, aunque estemos "hiperconectados", nos sentimos más solos que nunca.

 

La neurociencia de la soledad: un círculo vicioso

John Cacioppo, uno de los mayores expertos en neurociencia social, demostró que la soledad se retroalimenta.

Cuando una persona se siente aislada, su cerebro se vuelve más sensible a la amenaza del rechazo. Socializar pasa a sentirse peligroso.

Y el aislamiento, entonces, se profundiza.

A ese cóctel se suma la gratificación inmediata del mundo digital: las redes ofrecen una ilusión de control, sin riesgo, sin vulnerabilidad.

"Cuanto más evitamos el contacto real, más difícil se vuelve", resume Bruckmann.
La soledad, en ese sentido, no solo nos duele: nos reprograma.

¿Podemos revertir la recesión de la amistad?

Cambiar esta tendencia no depende solo de políticas públicas.

Bruckmann sostiene que el cambio debe darse de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba:

Desde los gobiernos, recuperando espacios públicos, acortando las jornadas laborales y promoviendo la vida comunitaria.

Desde las personas, reaprendiendo a conectar, aunque implique esfuerzo o incomodidad.

"La amistad no se forma pasivamente —escribe—. Requiere riesgo, vulnerabilidad y repetición".

Y da ejemplos: desafíos compartidos, actividades grupales, rituales semanales. "La novedad y la constancia son los dos pilares del vínculo humano".

 

Un trabajo cotidiano: aprender a reconectar

Bruckmann cuenta su propia experiencia: dejó de centrarse en encuentros uno a uno y comenzó a participar en rituales grupales —caminatas, misas, clases colectivas, reuniones semanales—.

Esas rutinas simples, dice, reconfiguraron su sentido de pertenencia.

La amistad, concluye, no es una emoción: es una práctica cultural.
Y como toda práctica, puede perderse... o recuperarse.

Un llamado urgente

La "Friendship Recession" no solo afecta la salud mental: erosiona el tejido mismo de las democracias.

Una sociedad que no confía ni conversa es una sociedad vulnerable.

Y aunque el ensayo de Bruckmann se centre en Estados Unidos, el eco resuena también en la Argentina pospandemia: más encierro, menos clubes, menos tiempo libre, más pantallas.

Quizás la verdadera reconstrucción —más allá de la economía— empiece por algo tan elemental como volver a mirar a los demás a los ojos. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar