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Así se restauran las tumbas de los próceres en el Cementerio de la Recoleta

Casi un centenar de las cinco mil bóvedas del camposanto porteño están catalogadas como Monumento Histórico Nacional y precisan de un mantenimiento minucioso
24-06-2026
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Miguel Crespo habla con calma. Escucha las preguntas, piensa sus palabras y las enuncia clara y parsimoniosamente. Está acostumbrado a explicar su trabajo: además de ejercer la docencia en la Universidad Nacional de Artes, también sabe que no es habitual cruzarse con el restaurador de los sepulcros del Cementerio de la Recoleta y que esa labor despierta inquietudes.

"Uno de los objetivos prioritarios de la restauración es estabilizar la obra y que sus alteraciones disminuyan", describe. Hace especial énfasis en la estabilización: "Sabemos que la intemperie va a ir ensuciando, va a ir haciendo cosas naturales del polvo ambiental sedimentable, por ejemplo, pero que no va a tener un deterioro como cuando le intervenimos por primera vez".

El equipo que lidera e integra junto a Lucía Belén Carabajal y Victoria Scoles trabaja solamente sobre 90 de las cinco mil bóvedas de Cementerio. Son los sepulcros declarados Monumento Histórico Nacional. La mayoría de ellos son militares y políticos que fueron protagonistas del primer siglo desde la Independencia Argentina, en 1816, como Cornelio Saavedra, Bartolomé Mitre, Mariano Moreno, Remedios de Escalada, Domingo Faustino Sarmiento, Juan José Paso, Mariquita Sánchez de Thompson y Julio Argentino Roca, pero también hay personajes de la cultura y ciencia, como el autor del Martín Fierro, José Hernández y Ricardo Gutiérrez, quien hoy le da nombre al Hospital de Niños ubicado en el mismo barrio donde descansan sus restos.

"Eso no quiere decir que no aparezcan otras piezas en grave estado de conservación y que tengan que ser intervenidas", aclara Crespo. Son más de cuatro mil las bóvedas privadas y el mantenimiento de ellas depende de los descendientes de los conmemorados.

La mayoría de los trabajos del equipo de restauración del Cementerio de la Recoleta se realizan a la intemperie, la especialidad de Crespo, quien, mientras habla, es escoltado por un busto del exdiputado Ricardo Lavalle. Lo rodean también decenas de placas, relieves y pequeñas esculturas con un increíble nivel de detalle sobre los que están interviniendo. Son las obras que pueden entrar en el nuevo taller, al que se accede atravesando la necrópolis y bajando por una escalera.

Una gran ventana que da a la calle Azcuénaga deja entrar la luz del sol y, a un costado, una placa fragmentada descansa sobre el montacargas, que facilita –y mucho- el traslado de las piezas para el tratamiento que tienen que darle.

"Las condiciones son exponencialmente mejores al taller anterior", dice Crespo. Antes estaban en el sótano de la capilla y el mismo espacio limitaba sus tareas: "Por ejemplo, nosotros no podíamos hacer una restauración plena porque no teníamos iluminación natural".

Tampoco contaban con el equipamiento que hoy tienen. Además del montacargas, un brazo que se puede mover por todo el taller sirve para la aspersión de ciertos solventes y, ante el uso de químicos aún más fuertes, pueden utilizar una campana con un vidrio laminado rebatible que protege al restaurador y succiona los restos potencialmente nocivos.

Hay libros de arte repartidos por toda la habitación. Su tarea no es solamente recuperar y mantener las piezas de los sepulcros, sino también documentarlos. Crespo afirma que la intervención es también una oportunidad para conocer sobre los homenajeados, las técnicas, los materiales y los grandes artistas de la época.

Así, por ejemplo, descubrió que la pieza a sus espaldas es una obra en bronce del escultor francés Léon-Ernest Drivier, fundido a la cera perdida en el taller de los hermanos Montagutelli, en París, de la misma manera que se deja fascinar por las distintas tonalidades doradas del baño electrolítico que cubre una antorcha.

"Cada escultura y cada monumento es testimonio de nuestra identidad, de nuestra historia y de la enorme riqueza cultural que nos distingue. Por eso trabajamos para cuidarlos y preservarlos", sostuvo el Jefe de Gobierno, Jorge Macri. En noviembre reabrió el taller Monumentos y Obras de Arte (MOA), donde se restauran las más de 2.400 esculturas que adornan los espacios verdes de la Ciudad, que se puede visitar de lunes a viernes, con reserva previa enviando un mail a visitas.moa@buenosaires.gob.ar.

Al Cementerio, que se puede recorrer todos los días, de 9 a 17, y la entrada no tiene costo para los argentinos y residentes en el país, Miguel Crespo lo entiende como una cápsula del tiempo intramuros: la Ciudad creció, pero la necrópolis no se modernizó. Las obras que la decoran fueron hechas entre 1880 y 1930. Muchas de ellas fueron esculpidas en Francia o Italia. "Esto relata también la perspectiva y el horizonte estético que tenían en ese momento en Buenos Aires, que era Europa", reflexiona.

Entre las paredes se reúnen piezas de estilos como Art Nouveau, Art Déco. "También hay obras que son más románticas, más clásicas o que son netamente expresionistas y hay también la experimentación propia de un momento en la historia que empezaba a abrirse a la impronta de cada artista", enumera.

 

Es un desafío para la restauración respetar el trabajo de los escultores que le dieron forma a las bóvedas. Miguel, Lucía y Victoria atienden a eso y saben que toda la obra tiene una lectura integral, que debe verse como una unidad y que tiene que respetarse el código estético, pero su tarea le agrega una vuelta de tuerca: la temporalidad. 

"No tan solo importa para la intervención la estética de ese escultor o de ese estilo, también hay que respetar la pátina producto del paso del tiempo", señala Crespo. Es decir que su labor no significa actuar sobre una pieza para que se confunda con la original, sino corregir las consecuencias de la falta de mantenimiento, como la acumulación de hollín en la superficie, sin ignorar la edad de los materiales y cómo su exposición al ambiente los fue transformando porque los artistas sabían, cuando los hicieron, que sus monumentos y esculturas estarían a la intemperie y sus diseños juegan con las distintas tonalidades que adquieren según su exposición.

La restauración consta de etapas: "Lo que hacemos es establecer una limpieza general de la obra y luego iniciamos un trabajo sectorizado". Además, como los sepulcros son de gran volumen, las problemáticas de un área pueden ser diferentes a las de otra. "Entonces, se establece un plan de singularizado por cada una de esas orientaciones y a su vez con químicos, con tratamientos y con tiempos de intervención distintos", apunta Crespo.

El restaurador y docente no quiere decir hace cuánto trabaja en el Cementerio. Sí que su primer acercamiento fue como investigador del CONICET y que la beca, eventualmente, se convirtió en el proyecto que hoy lidera.

Cada intervención puede extenderse entre 15 días y tres meses, según la tarea que tenga que realizarse y el volumen del sepulcro. No puede ser menos: si se apurara, se podría causar un daño irreversible a la obra y ellos no deben hacer lo que no hicieron los años o el ambiente. 

En la era de la inmediatez, la restauración es contracultural: exige calma y paciencia, las mismas que tiene Crespo para explicar su trabajo, que es, también, lo que más lo apasiona. Seguí a El Economista en Google Agreganos a tus medios preferidos. + Agregar