En busca de un antagonista

Las razones de Macri para adoptar un discurso más confrontacional pueden ser varias. Pero el resultado parece ser el mismo: el sentimiento antikirchnerista es una de las bases fundacionales de Cambiemos, y los partidos vuelven a sus bases cuando sienten que lo necesitan.

09-05-2016
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Por Julio Burdman (*)

En los últimos días, el presidente Mauricio Macri estuvo más duro que nunca. El blanco de sus palabras sigue siendo el Gobierno anterior, y su legado. Entre otras cosas, dijo recientemente que los despedidos y cesanteados en el Estado Argentino tenían “empleos inútiles”, y que los kirchneristas “buscan que al Gobierno le vaya mal”. Y recibió con honores a Mario Vargas Llosa, pese a que éste declaró que Macri puso fin a setenta años de “tragedia peronista”.

Ha habido un cambio en el discurso del Presidente respecto al que tenía el candidato Macri. En lugar de presentarse como el líder de la unidad nacional, traje que le calza muy bien a los mandatarios en tiempos difíciles, ha elegido el camino de la confrontación. Y no podemos decir que se trate de un camino al que lo hayan obligado los kirchneristas. Desde el 10 de diciembre, la ex presidenta y sus alfiles se encuentran en un estado de cierta mansedumbre. Ella se mantuvo en silencio durante todos estos meses, hasta que la Justicia la trajo a Buenos Aires. Tampoco podemos decir que el resto de los peronistas estén tan coordinados, ni sean tan amenazantes, ni hayan hecho tantas acciones políticas que justifiquen la reacción presidencial. Más bien, lo contrario: la oposición en su conjunto ha sido bastante cooperativa con el Presidente.

Sea que lo hizo por propio interés de conservación, o en el marco de negociaciones con el oficialismo, lo cierto es que colaboró. Sin la ayuda de los senadores y diputados de la oposición, no se hubiera aprobado en el Congreso el acuerdo logrado en el juzgado de Thomas Griesa. Entonces, ¿de dónde viene la fijación del Presidente y otras importantes figuras del Gobierno con el kirchnerismo?

El caso ya parece desbordar los límites de la estrategia discursiva de la “herencia recibida”. Esta era una forma de justificar decisiones económicas duras, alegando que son necesarias por obra del kirchnerismo y lo que este dejó. Hasta ahí, parecía un argumento circunscrito a explicar la nueva política económica a la sociedad. Carlos Menem, por ejemplo, durante mucho tiempo sostuvo que sus drásticas medidas económicas iniciales fueron necesarias porque Raúl Alfonsín le dejó “una brasa ardiente”. Sin embargo, Menem no abrió con eso la puerta a un antagonismo con Alfonsín y el alfonsinismo, como el enfrentamiento retórico Gobierno versus oposición durante el kirchnerismo, que hoy el macrismo parecería querer reeditar. Lo que hoy hace Macri incluye la justificación del giro económico, pero va más allá: busca fortalecerse confrontando con un antagonista.

Las razones de Macri para adoptar este discurso más confrontacional pueden ser varias. Pero el resultado parece ser el mismo: el sentimiento antikirchnerista es una de las bases fundacionales de Cambiemos, y los partidos vuelven a sus bases cuando sienten que lo necesitan. Al atacar al kirchnerismo, los macristas están tratando de nutrirse de esa mística originaria.

El kirchnerismo también utilizó el recurso de la confrontación para nutrirse. Pero a Cambiemos se le plantea un problema: había prometido unir a los argentinos, y confrontar no va en esa dirección. Hasta algunos radicales, que sienten al Gobierno como propio, se quejan de la falta de esfuerzos para unir a la misma coalición. Mientras que otra de las líderes de opinión de Cambiemos, Elisa Carrió, echa nafta al fuego desde sus apariciones mediáticas.

No solo eso: los confrontacionistas olvidan que el discurso de la unidad nacional también puede ser muy redituable. En un artículo reciente en la revista el estadista, le aconsejábamos al Presidente y su equipo de comunicadores que revisen los discursos de Charles de Gaulle. Al líder francés de la posguerra le tocó una coyuntura muchísimo más compleja que la actual, sin capacidad alguna de prometer idílicos segundos semestres, pero movilizó a los franceses apelando a la unidad y el orgullo nacional. Y construyó un liderazgo que perduró por décadas. El kirchnerismo confrontó, pero su programa estaba claramente instalado en la sociedad. La teoría de la confrontación, mal atribuida a Ernesto Laclau, suponía que el confrontador tiene una propuesta apoyada por un sector importante. El Presidente también podrá usufructuar los beneficios de la crispación, pero ahora su prioridad es construir una agenda positiva para consolidar el apoyo de su base electoral. La confrontación, sin ese respaldo, no parece una buena idea.

(*) Analista político.

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