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“El PIB ya no sirve para explicar el bienestar”

03-11-2016
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Entrevista a Raquel San Martín, editora y escritora

En 2014, Raquel San Martín, la entonces editora del suplemento Enfoques, de La Nación y la escritora y periodista Hinde Pomeraniec detectaron varias columnas de The New York Times que hablaban y se quejaban de que Estados Unidos había dejado de ser “el número uno”. Este fue el disparador de una nota especial en el diario y el germen del libro editado por Aguilar: “¿Dónde queda el Primer Mundo? El nuevo mapa del desarrollo y el bienestar” (2016).

¿Cómo es este pasaje hacia el concepto de bienestar?

Antes, un país del primer mundo, un país deseado y admirado era un país desarrollado, industrializado, con crecimiento económico, donde el indicador clave era el PIB. Hoy hay un giro para empezar a mirar otras cuestiones que se engloban con el bienestar y que van desde la felicidad subjetiva de los habitantes, hasta la calidad del medio ambiente, la estabilidad de las instituciones, la capacidad de proyectar, la calidad del trabajo, el funcionamiento de los servicios públicos, el stock de capital educativo o las posibilidades de participación política.

¿Qué alcance tiene esta discusión?

Esta es una discusión que se da en ámbitos políticos, de organismos internacionales, y también entre los que manejan y producen indicadores. Pero además es algo que está en el lenguaje cotidiano de las personas hoy. Son cuestiones que de a poco identifican a un país con el concepto de “vivir bien”.

¿Cómo logran mostrarlo en el libro?

Decidimos viajar a estos nuevos lugares que empezaban a ser admirados y ser señalados como los nuevos lugares de bienestar. Quisimos ver qué tienen en común esos lugares “paraíso” que parecen ser ahora países deseados. No tanto para confirmar indicadores sino para percibir las experiencias y las explicaciones que ellos mismos daban sobre su éxito. Una clave está en los relatos que se construyen alrededor de este supuesto bienestar. Y también, los problemas que surgen, porque también los hay. El libro habla de los modelos de Canadá, Australia o países como Finlandia, Noruega, Corea.

¿No hay entre los modelos países de América Latina?

Hay países más complicados de ubicar. Y ahí me parece que hay algunos de América Latina. Brasil hasta hace un tiempo podía ser uno de ellos. O Chile, por ejemplo, con ciertos indicadores de estabilidad institucional y calidad de vida, pero los problemas serios de desigualdades y acceso a bienes públicos lo dejan afuera. Para algunos Bolivia avanzó en indicadores económicos pero en otros aspectos no es admirado.

¿Hay alguna discusión sobre Argentina?

No. Y fue una elección. Pensamos en no hacer un libro desde Argentina sino que pudiera leerse desde cualquier país de América Latina o del mundo. Además, no es un libro de autoayuda política ni de recetas. No sabemos qué tiene que hacer la Argentina. Seguramente habrá un sesgo en la mirada, pero tratamos de consultar expertos argentinos pero también buscar especialmente opiniones y referentes del exterior.

¿Qué descubrieron que tienen en común estos nuevos “paraísos”?

Principalmente, comparten la capacidad de planificar y darle continuidad a las políticas públicas. Tienen una idea de país y una mirada muy pragmática sobre quiénes son, cuáles son sus posibilidades, dónde están parados y adónde quieren llegar. Generalmente tienen organismos estatales dedicados a planificar cuáles son sus políticas y eso no se mueve con los cambios de Gobierno. Esto a pesar de que hay diferencias políticas e internas feroces. Creo que esta estabilidad es fundamental porque está relacionada con la capacidad que tienen los ciudadanos de proyectar su propia vida. Y la otra cosa que me parece importante es la calidad de los bienes y servicios públicos y en cómo es percibido: lo financiamos entre todos, y todos accedemos por igual a la calidad y eficiencia que ofrecen.

¿Y qué los une si la mirada se centra en los ciudadanos?

La gente dice “yo quiero vivir acá”. No viviría en otro lado. Esto lo captamos cuando viajamos. No quiere decir que no haya quejas o problemas. Pero hay ciertas cuestiones de su vida cotidiana que tienen aseguradas que los aleja de la incertidumbre permanente. Pueden proyectar y quieren que sus hijos crezcan ahí. Hay una cantidad de percepciones que hablan de un lugar en el que se sienten bien y quieren estar.

¿Es difícil alejarse de los indicadores tradicionales?

El debate alrededor de los indicadores tiene un lugar preponderante en las cuestiones geopolíticas, económicas y culturales del mundo. Y por eso tiene un lugar especial en el libro. Los indicadores dicen cosas. Sitúan a un país en el club de los más desarrollados o no, habilitan a conseguir financiamiento internacional o no. Son poderosos en términos de construir imágenes sobre los países. Por eso la discusión es tan importante. De todas maneras, hoy está bastante claro que hay que leer los indicadores mirando quién los produce, a quién le sirven y qué efectos tienen.

¿Estos modelos están logrando un lugar de poder?

En la época del primer mundo y del desarrollo el poder era sinónimo de armas y billetes. Obviamente esto no desaparece. Pero hay muchos otros canales para acercarse a la meta de los que toman decisiones. Entonces, por ejemplo, Australia organiza el G20 y esto hace que aparezca en el escenario como una voz más. También hay otras formas de diplomacia pública que tienen que ver con el deporte, con el arte o con el intercambio educativo. Son acciones que se hacen de Gobierno a Gobierno pero también de personas a personas. Los países que no tienen poderío económico encontraron en estas vías una manera de sentarse a la mesa de los que deciden con cierta dosis de influencia.

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