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El debate sobre cómo relanzar la política exterior

06-02-2017
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por Julio Burdman

Desde el triunfo de Donald Trump el 8 de noviembre, la política exterior argentina está en cuestión. Desde adentro del gobierno, y fuera de él. Hay un diagnóstico compartido acerca de que el camino inicial sufrió un desvío. Y ahora hay que reencanzarlo. La política exterior del primer año en el poder de Mauricio Macri tuvo una prioridad occidental: recuperar las relaciones estrechas con Europa y los Estados Unidos, y devolverlas al nivel en que se encontraban antes del default del año 2002. El regreso al mundo era, también, un regreso en el tiempo.

La política exterior transformacional que planeaba hacer el presidente Macri iba a cumplir el mismo rol que tuvo el metrobús en la ciudad: una marca de gestión, un horizonte ordenador. Los hitos del plan incluían una sociedad política con Washington, el acercamiento a la Alianza del Pacífico como punto vía hacia el Acuerdo Transpacífico, la concreción del tratado comercial entre el MERCOSUR y la Unión Europea, y también el ingreso como miembro pleno a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Todos estos procesos institucionales iban a tener efectos benéficos para nuestra economía: oportunidades comerciales, inversiones directas, acceso al mercado internacional de capitales (hacer las alianzas polìticas correctas suele significar una baja en las tasas de riesgo), mejores vínculos con los organismos internacionales de crédito. Y lo mejor de todo: confianza y ordenamiento interno, que iban a legitimar el rumbo económico y otras políticas públicas, y dar garantías a los dólares argentinos en el exterior. Los que verdaderamente importan para volver a crecer.

Ya sabemos lo que pasó desde entonces: el Brexit y otras elecciones en el Norte, incluyendo la presidencial estadounidense, cambiaron el clima global. El centro del cambio de clima es Trump, ya que Washington es el sol alrededor del cuál giró el sistema internacional desde 1945 hasta hace pocos días. Todas esas instituciones y tratados internacionales a los que Argentina pretendía ingresar, todos los acuerdos económicos preferenciales (mal llamados “de libre comercio”) que queríamos firmar, son fundamentalmente un reflejo de la geopolítica de Estados Unidos. Si Estados Unidos se corre de ese lugar, deja de tener sentido la mayor parte de esa arquitectura multilateral.

El fin de la Unión Soviética, el mayor acontecimiento geopolítico de los últimos treinta años, no ocurrió el día en que se derrumbó el simbólico muro de Berlín, sino cuando Moscú decidió separarse de ese gran mundo que había creado. Rusia, agobiada por el déficit, declaró su independencia de la Unión. Dejando en banda, literalmente, a Ucrania, Bielorrusia, las repúblicas centroasiáticas, y a los comunistas del mundo. ¿La retirada que propone Trump es comparable con la de otro eterno ridiculizado, Boris Yeltsin? Si la agenda nacionalista y proteccionista de Donald logra hacer lo que se propone, será tan impactante sobre la polìtica mundial como la retirada de Boris, o más. Así como Yeltsin jubiló a buena parte del mundo socialista, Trump puede llevar a la obsolescencia a la OTAN, la ONU, tal vez a la Unión Europea, y a la mayoría de los tratados comerciales centrados en Estados Unidos. Aunque a Trump probablemente no le gustaría la comparación con Yeltsin, y prefiera la referencia en su amigo Vladimir Putin. El que hizo a Rusia Grande Otra Vez.

La posibilidad de que estos cambios en marcha efectivamente ocurran resulta difícil de asimilar para muchos actores de la política exterior y la diplomacia. Los mismos que negaron durante meses la posibilidad de un triunfo trumpista y se aferraron al pronóstico pro Hillary, hoy sostienen la tesis de que Trump no tendrá éxito. Argumentan que se trata de un fenómeno aislado y pasajero, un detour en los Estados Unidos (la frase es de Obama), y que no sobrevivirá al personaje. Que podría incluso no terminar su mandato. Algunos agregan que el Brexit no prosperará, que Europa no se plegará a la ola proteccionista. Y que en mayo una derrota en Francia de Marine Le Pen, en manos de Fillon o Macron, y la reelección de Merkel en octubre, revitalizarán a una globalización sostenida desde Europa. La conclusión de estos “globalistas optimistas” es que el Gobierno Argentino debe sostener la línea de política exterior inicial, denunciar los excesos del trumpismo desde una posición principista y comprometida con los valores democráticos y liberales, y apostar a la concreción del acuerdo Mercosur - UE. Sostener, esperar, confiar.

El riesgo de esta posición es quedar atrapado en un diagnóstico ilusorio. Trump es un presidente decidido y convencido, que cuenta en Estados Unidos con más apoyos sociales y políticos de lo que dan cuenta algunos analistas, y cuya prédica tiene interlocutores e intérpretes de peso en Europa; aún cuando Marine Le Pen pierda en Francia, la cruzada de los nacionalistas europeos no habrá concluído. Para Argentina, reconducir la política exterior hacia objetivos multipolares no implica claudicar, sino diversificarse. Relanzar el regionalismo latinoamericano para profundizar los intercambios económicos entre vecinos es algo que hoy plantean todos, desde Peña Nieto y Bachelet hasta Evo Morales. Las alianzas estratégicas con China y los BRICS concretadas durante la segunda presidencia de Cristina Kirchner contaban con amplio consenso local. Y Argentina tiene aún una amplia agenda potencial con los países medianos, de Turquìa a Indonesia, de Marruecos a Arabia Saudita, que son centros de regiones económicas y con los que comerciamos mucho y podemos hacerlo más. Algunas veces, no se trata de sustituir o girar, sino de poner más énfasis en otra parte.

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