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¿Ante qué mundo?

El Gobierno está en conversaciones destinadas a firmar un TLC que si se confirma su firma será grave

28-03-2017
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En la reciente reunión de los ministros de Finanzas del G20 se acordó eliminar, de las banderas de compromiso conjunto de las naciones que lideran la economía mundial, la idea de “libre comercio”.

Una noticia de aquellas porque el “comercio libre” ha sido siempre uno de los capítulos básicos reclamado por la mayoría de esas naciones desarrolladas.

En Berlín, los líderes políticos de las finanzas mundiales, sometidos a la negativa inspirada en el “efecto Trump”, borraron de los textos una consigna que siempre, desde David Ricardo, las naciones más poderosas utilizaron como pedagogía para el bienestar universal.

Por cierto, hay disquisiciones teóricas acerca de si el libre comercio contribuye o no a la maximización del producto mundial. Pero, aún dados los supuestos más favorables, no se pueden demostrar los beneficios distributivos de esa práctica.

Es decir, puede ser ?dados los supuestos necesarios? que el comercio libre maximice el producto mundial, pero de ninguna manera garantiza lo apropiado de su distribución.

Y, como todos sabemos o creemos, una maximización sin distribución apropiada no genera el bien común que, desde que esta civilización ha merecido el nombre de tal, es el propósito de la política.

Muchos comunicadores argentinos han destacado como mérito y virtud del actual Gobierno el ser “uno de los pocos que, junto a otros líderes latinoamericanos, está comprometido con el libre comercio”.

Convengamos que, si es así, el cambio del G20 más bien nos aleja un poco “del mundo” o nos deja poniendo el acento donde el mundo desarrollado hoy parece no ponerlo.

Al menos no lo pone el más grande de Occidente, lo que no es poco, y merece que revisemos nuestra idea del mundo o por lo menos repensemos que quiere decir hoy “el mundo”. Y esto de “insertarnos” en él si es que alguna vez hemos estado fuera.

Es bueno recordar que la mayor parte de las grandes empresas más del país son extranjeras o que la mayor parte del ahorro de los argentinos, con blanqueo incluido, vive en el extranjero. Y que, además, gran parte del financiamiento del sector público también proviene del exterior y que los sectores económicamente mas acomodados también hacen turismo en el extranjero. El mundo exterior no nos es ajeno.

A los números...

Claro que si “no estar en el mundo” es no exportar industria (exportar industria es lo que hacen los desarrollados) o es tener un déficit comercial industrial de US$ 30.000 M por año, entonces sí no estamos en “el mundo”. Y para estarlo nos hace falta política industrial que es lo que ahora tienen los desarrollados.

Por ejemplo, la industria manufacturera de la Unión Europea (UE) genera más del 80% de las exportaciones las que reportan un saldo comercial favorable anual de US$ 365.000 millones de euros. Un abismo.

Pero, además, la UE espera que la industria manufacturera, del 15% actual del PIB, pase a representar el 20% en 2020. Es decir que la UE espera que la industria crezca mucho más que el promedio del PIB y que sea la locomotora del crecimiento europeo.

Un abismo entre lo que se piensa en Europa y lo que piensan los hombres del Gobierno sobre nuestro futuro cuando se pone en cuestión la necesidad de industrializarnos.

Menciono la industria porque a nadie cabe duda que nuestros productos primarios, en particular del agro, no necesitan carta de presentación porque nuestra productividad está por encima de cualquier competidor.

Pero los que aquí predican el comercio libre, y que los comunicadores destacan como virtud en un mundo que buleva por otras avenidas, están de parabienes con la reanudación de las negociaciones de un

Tratado de Libre Comercio del Mercosur con la UE. Tratado que puede ser beneficioso si responde a contribuir a nuestro desarrollo industrial, lo que se concreta con inversiones productivas en actividades nuevas como condición esencial, y que puede ser letal si se trata de abrir nuestros mercados a la competencia “libre” con la industria europea y en compensación recibir “liberaciones” que nuestro agro no necesita como consecuencia de su productividad que es la que le permite seguir con retenciones a la soja y un tipo de cambio efectivo de desaliento.

El canciller uruguayo, Rodolfo Nin Novoa, informó que en la reunión de cancilleres del Mercosur ? realizada en Buenos Aires? se reafirmó la prioridad para el acuerdo con la Unión Europea. Agregó: “Creo que a fin de año vamos a tener una decisión tomada muy completa” que “se podría desarrollar rápidamente en el correr del 2018”. Y cerró: “A partir de este acuerdo habría una gran facilitación de comercio y caerían aranceles”. Un Tratado de Libre Comercio (TLC) es baja de aranceles de importación.

Hoy, la UE restringe el acceso de productos del agro y tiene una estructura de aranceles que es de aproximadamente menos de la mitad que los del Mercosur para la generalidad de las manufacturas.

El Mercosur tiene aranceles de importación muy superiores para las manufacturas y, si bien con diferencias importantes entre los países, mayor competitividad “natural” en los productos primarios.

Como es obvio, “la asociación” se lleva a cabo para que el Mercosur baje los aranceles de importación de manufacturas y para que la UE abra sus fronteras al agro. De eso se trata el “libre comercio”.

Es importante señalar que entre Brasil y Argentina hay diferencias notables: Brasil subsidia al agro y ha promovido durante cuarenta años la producción e inversión industrial. Argentina le cobra impuestos a la producción de soja y no tiene y no ha tenido, en 40 años, un solo instrumento fiscal, financiero o de apoyo a la inversión y al desarrollo industrial. El agro brasileño creció y también la industria. En nuestro país creció el agro (menos que en Brasil) y la industria se encogió.

Está claro que los intereses de Brasil para un TLC consisten en lograr bajar el costo de entrada del sector primario a Europa. Nosotros entramos igual porque somos más eficientes. Y la capacidad de defenderse de la industria brasileña es incomparable con la de la nacional, que recibe cascote tras cascote hace cuarenta años.

En nuestros países, más allá de la supervivencia probable de la protección agrícola europea, debería haber un intenso debate acerca del destino de nuestras industrias ante la apertura del ingreso de las manufacturas europeas.

Nadie puede imaginar que la baja de aranceles contribuya per se a la industrialización sino a todo lo contrario. Frente a esto hay dos posibilidades. O bien la finalidad es “especializar” a nuestras economías en la producción primaria. O bien aparece la idea de “diversificarnos” y multiplicar nuestro potencial industrial.

Si la decisión fuera la de impulsar la industrialización, entonces, es legítimo preguntarnos cuál es el programa de industrialización acelerada que quiere encarar el Gobierno. ¿Existe una ley de promoción tributaria para la industria? ¿Existe un sistema financiero de desarrollo? ¿Vamos a seguir pagando por nuestro gas el doble de lo que pagan en Estados Unidos? Hasta cuándo van a demorar la reconstrucción del sistema ferroviario y de navegación?

Una apertura como la que se está encarando, cualquiera sea el tiempo otorgado para las rebajas, es la eutanasia de la industria, salvo que se encare un megasalto transformador que exige un programa con recursos que este Gobierno no da señales de tener, y menos de querer.

Este Gobierno no es el culpable de la “decadencia del sistema industrial”. Hace muchos años Helio Jaguaribe señaló el “industricidio” perpetrado con la excusa de que vivamos más barato. El crimen encaminó un alud de desempleo y pobreza acompañado de un megaendeudamiento externo. Sin inversiones y con deuda externa y social. Hace 40 años que no tenemos un programa consensuado de largo plazo para desarrollarnos. Lo contrario que hace e hizo la UE.

Haciendo lo mismo tendremos el mismo resultado. Menos inversión, menos industria, menos empleo, más pobreza, más déficit fiscal, más deuda externa. No hay nada nuevo y ningún cambio.

El Gobierno, en silencio y sin participación social, está en conversaciones destinadas a firmar un TLC cuyas consecuencias, de firmarse, serán graves y que sólo pueden superarse si consensuamos un programa de desarrollo de largo plazo con énfasis en la industria, como lo hace la UE. Ese es el mundo real.

El otro no está, y creo que nunca estuvo. La diferencia entre la utopía y la quimera. ¿Quién es el “ideólogo”?

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