Trump, con los tres grandes de Detroit

25-01-2017
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Ayer, Donald Trump se reunió con las tres empresas tradicionales de Detroit y les pidió que levanten más plantas en Estados Unidos y, como contrapartida, les ofreció un trato favorable en materia impositiva y regulatoria. Concurrieron Mark Fields por Ford, Mary T. Barra por GM y Sergio Marchionne por Fiat Chrysler.

Las terminales la pasaron mal durante la recesión de 2008 y tuvieron que ser auxiliadas por Washington. Pero desde entonces sumaron 25.000 empleos y están vendiendo 17.500.000 unidades por año.

Los empresarios se mostraron dispuestos a ser parte de la agenda pro industrial de Trump. De hecho, Ford dio marcha atrás con la instalación de una planta en México: allí pensaba invertir US$ 1.600 millones. De todas maneras, dados los actuales niveles de empleo y ventas de la industria, los márgenes para contratar más trabajadores son acotados.

En otro hecho simbólico, a los que tanto recurre el nuevo Presidente, no fueron invitados a la reunión los directivos de Toyota y Honda, dos empresas de origen nipón pese a que en sus plantas se fabrican el 40% de los autos de Estados Unidos.

Más proyectos

Pero pese a no haber sido invitada a la Casa Blanca, también Toyota anunció que invertirá US$ 600 millones en una planta en el estado de Indiana y que incorporará a 400 empleados. Esto ocurrió pocas semanas después de que Trump criticase la decisión de la empresa de levantar una fábrica en México y amenazó con cobrarle un impuesto elevado a los autos que se fabricasen allí para luego ser vendidos en Estados Unidos. La inversión anunciada forma parte de un paquete de US$ 10.000 millones que Toyota piensa destinar a la modernización de sus plantas en territorio estadounidense. La empresa produce 2.100.000 autos en las ocho plantas que tiene en Estados Unidos y el 30% de lo que vende en ese mercado lo importa, y principalmente de Japón.

Sumando gestos

Ayer, además, Trump modificó otra política de su antecesor y decidió rescatar el proyecto de una tubería que atravesaría los estados de Dakota del Norte y Dakota del Sur y que generó mucho debate en su momento por la oposición de los pueblos originarios a su construcción.

Keystone XL llevaría energía a Illinois y desde el primer momento se planteó la contradicción entre el cuidado del ambiente y las necesidades energéticas. Obama, que consideraba que avanzar con esa obra afectaría la imagen de Estados Unidos en la lucha contra el cambio climático, resolvió la cuestión frenando un proyecto que ayer Trump decidió revivir y colocar nuevamente en la agenda.

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