Sobre emprendedorismo, créditos y pobreza

Lamentablemente, la pobreza afecta las facultades que resultan críticas para mejorar la economía familiar en el mediano plazo, es decir, para salir de la pobreza

01-08-2017
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Por Esteban Rosado Economista

La concepción liberal atrae la noción de que las cualidades humanas son en lo esencial parejas. La diferenciación deviene del mérito y del esfuerzo personal, y los resultados económicos, en el mejor de los casos, lo reflejan. La convicción meritocrática no necesariamente describe la realidad, pero es una aspiración potencialmente legítima y permea las políticas de sus defensores ideológicos.

Estas decisiones se toman desde la comodidad del centro cosmopolita, rodeados de especialistas y profesionales con preparación internacional. La selección de un grupo de élite para elucidar políticas es probablemente el resultado final de la democracia representativa en acción y refleja que como sociedad preferimos someternos a las decisiones de los mejor preparados. No hay pecado alguno en tener la oportunidad de educarse, llegar al poder y ponerse a disposición de la sociedad para mejorarla.

Pero actuar en un entorno metropolitano y con la ayuda de los profesionales más calificados trae consigo riesgos. Quizás el más instintivo consista en asignar al público capacidades similares a las del experto. Este no es un vicio de acción sino de omisión, y constituye una predisposición difícil de escapar. El especialista no entiende por qué otros no comprenden lo que él sí; el docente se ofusca cuando el alumno no sigue la velocidad de sus razonamientos y el ladrón cree que todos son de su condición.

La selección de un grupo de élite para elucidar políticas es probablemente el resultado final de la democracia representativa en acción y refleja que como sociedad preferimos someternos a las decisiones de los mejor preparados.

Pero dejemos las frases hechas y pasemos a una afirmación concreta. Las políticas tienen mayor probabilidad de éxito cuanto mejor se comprenden las propiedades del comportamiento de la población que es objeto de las mismas. Esto incluye moderar, cada vez que sea necesario, el instinto de identificación de las cualidades del técnico con las del público. Cuando el grupo objeto de la política es muy lejano a la realidad local del decisor, como con los más vulnerables de la sociedad, es necesario estar especialmente atentos.

Dos ejemplos de la política reciente ilustran el alcance de la conjetura de que el público reaccionará con alta idoneidad. Primero, sugerir que ante una situación de desempleo debe primar el emprendedorismo pretende transmitir la imagen de que con esfuerzo y creatividad suficiente todos pueden salir del pozo. No es solo una frase inoportuna, conceptualmente es una expresión congruente con la configuración pura del liberalismo económico-individualista. El otorgamiento de créditos a los beneficiarios de la AUH es la segunda. En el léxico liberal, el individuo necesita superar sus “restricciones de liquidez” para sortear sus dificultades, para luego simplemente administrar criteriosamente su consumo presente y futuro. Esta estructura de incentivos propone que por encima de cierto límite de asistencia social, los infortunados deben animarse a combatir su situación por sí mismos.

La tesis de que los vulnerables deben valerse por sí mismos está lejos de ser indefendible, pero elude considerar una muralla que afecta a este grupo particular, investigada y confirmada por muchos científicos sociales, que son las trampas de la pobreza. La pobreza atrapa porque las condiciones que rodean a las familias empobrecidas no le permiten escapar de esta situación por más esfuerzo que pongan.

Entre los muchos círculos viciosos que rodean a la pobreza, uno en especial ha sido analizado por Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir, profesores de Princeton y especialistas en economía de la conducta (la relación entre economía y psicología). Estos economistas publicaron en 2013 un libro llamado “Escasez: por qué tener tan poco significa tanto”, donde presentan numerosos estudios que muestran la relación entre escasez y capacidad mental. La economía ha prestado insuficiente atención a estas cuestiones, pero los psicólogos las conocen desde siempre. Cuando la mente se ocupa de una sola cosa, el resto de las capacidades sufren. Como una computadora con muchos programas funcionando a la vez, el cerebro empieza a trabajar más lentamente. Los más pobres suelen llenar su cerebro con una sola idea: llevar comida todos los días a sus hijos. Y esta “obsesión” condiciona su capacidad de decidir correctamente. Esta no es una limitación física o genética, ni es particular de los pobres estructurales: los estudios explican que la situación de escasez afecta las capacidades mentales de cualquier persona que enfrente estas circunstancias. Un individuo educado que cae en la pobreza tiene la misma chance de tomar malas decisiones que un pobre de toda la vida.

Los más pobres suelen llenar su cerebro con una sola idea: llevar comida todos los días a sus hijos. Y esta “obsesión” condiciona su capacidad de decidir correctamente.

¿Cuáles son esas malas decisiones? Lamentablemente, la pobreza afecta las facultades que resultan críticas para mejorar la economía familiar en el mediano plazo, es decir, para salir de la pobreza. La gente que vive en condiciones de escasez se vuelve más impulsiva, tiene un peor desempeño en la escuela, y toma decisiones financieras equivocadas. Esto último es especialmente preocupante no solo porque los pobres calculan mal, sino porque tienden a endeudarse excesivamente. No se trata de la tentación para adquirir artículos superfluos (como rezaba algún comentario discriminatorio del pasado), sino de la necesidad de resguardar su único “capital”, que son sus hijos. Este instinto ocupa buena parte de la vida del pobre y se sitúa por encima de cualquier cálculo de sostenibilidad financiera. Los prestamistas marginales entienden bien esta psicología, y por eso logran colocar préstamos a los pobres a tasas usurarias. Tarde o temprano, el estrangulamiento financiero termina por embargarle a los pobres los pocos activos que le quedan.

La propuesta reciente de otorgar créditos a los pobres podría contribuir a mitigar el papel de la usura, pero omite que el problema no se reduce al nivel de la tasa de interés (aunque la tasa efectiva anual de estos créditos aproxima el 30%) sino al hecho de que para un pobre crear proyectos financieramente sostenibles es una tarea compleja, cuando no imposible. Y repetimos que no se trata de incapacidad “natural”, sino de los condicionamientos que su entorno le impone. Otro aspecto trascendente son las garantías otorgadas por la nueva legislación. Si bien la normativa no es clara, sería una verdadera catástrofe si, además de los activos, los pobres pudieran sufrir la incautación de sus únicos flujos de ingreso seguros.

El liberalismo tiene la superficialmente sana ideología de considerar que todos los individuos cuentan con capacidades similares. Pero esta similitud es ficticia, porque cuando el contexto limita las posibilidades de los vulnerables, ellos no pueden ejercer su individualidad, arriesgar una actitud emprendedora, o dedicarse a ahorrar con criterio para conformar la ilusoria “base de la fortuna”.

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