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Los Milton y los debates entre los economistas

Los Milton no van a resolver las diferencias entre los economistas, pero pueden contribuir a bajar un cambio en la invectiva de los debates públicos

03-11-2017
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Por Pablo Mira Economista

Los Premios Milton Friedman nacieron hace cuatro años cuando a Mercedes D'Alessandro se le ocurrió premiar a los economistas por sus méritos y sus aciertos, pero también por sus fracasos y sus insensateces. La idea fue creciendo y pasó de ser un chiste a tener mucho eco (justamente) en varios medios, aun entre los que no se dedican específicamente a la economía. Cada año, alrededor de 3.000 votantes se divierten votando las “ternas” y hasta emocionándose con la posibilidad de un triunfo. Hoy los premios se entregan cada año en persona en un bar de la ciudad, y los y las economistas más famosos aceptan el juego, agradeciendo nominaciones y galardones públicamente.

Como el Nobel de Economía, que no es tal, los Milton Friedman también podrían ser considerados “truchos”. O quizás no tanto. El economista y econometrista Walter Sosa Escudero, ganador en la categoría EcoET (economista de otro mundo), afirmó al recibir su premio que para él los Milton “son en serio”. Si bien es cierto que la forma en que se presentan muchas categorías y nominaciones son delirantes, se espera que, tratándose de un Milton Friedman, el mercado termine premiando con su voto a los que realmente lo merecen. Entre los galardones más serios, pocos dudan del premio a la trayectoria obtenido por Roberto Frenkel, pero también pocos vacilan en catalogar como frase del año a la que pronunció Carlos Melconian (“Ojo que se puede ir todo a la m?”).

Pero además de su “seriedad” tácita, los Milton cumplen una función de socialización no menor en un ámbito (la economía y los/las economistas) donde las discusiones suelen ser virulentas y a veces nocivas para el debate público. Pero ocurre que a la gala de los Milton acuden en paz y con buena onda economistas de todo color ideológico. Ortodoxos, heterodoxos, marxistas y libertarios deciden pasar un buen momento riéndose de ellos mismos y compartiendo una mesa con sus oponentes más acérrimos. En tiempos en los que el conflicto y la discusión desapacible parece definir los números del rating, los Milton son una buena muestra de que, finalmente, es posible coincidir en un mismo espacio reconociendo diferencias y minimizando innecesarias instancias de conflicto.

Muchos especialistas se han referido al triunfo de la civilización por sobre la barbarie citando la llamada “expansión del círculo moral”, la idea de que la humanidad se volvió más comprensiva cuando logramos ponernos en el lugar de nuestro prójimo. Los economistas solemos hablar maravillas de las ganancias de la cooperación y el intercambio, pero cuando se trata de intercambiar ideas o cooperar entre nosotros, los medios solo muestran desacuerdos y a veces agresiones. Los Milton no van a resolver las diferencias entre los economistas, muchas de ellas irreconciliables, pero pueden contribuir a bajar un cambio en la invectiva de los debates públicos, y además, mediante la efectiva fórmula de reírnos de nosotros mismos, sumar un poco de humildad a tantas afirmaciones taxativas o definitorias en una ciencia que, después de todo, todavía no es claro que se haya recibido de tal.

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