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Las tasas y cuando el dinero no cuesta

Un mundo con tasa de interés nominal negativa le abre una ventana a nuestro país en el momento en que más necesita del crédito global.

21-06-2016
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Por Miguel Zielonka (*)

A principios de 2015, las tasas de interés en Suiza se volvieron negativas por decisión de su Banco Central. Pero no fue sólo la tasa de interés de corto plazo, sino que el rendimiento de los bonos hasta diez años de plazo se puso por debajo de cero. En otras palabras, el que quería estacionar su riqueza en la seguridad de los francos suizos tenía que pagar por ese privilegio.

Luego lo siguieron los rendimientos de los bonos franceses y alemanes, la tasa Libor en euros, la tasa en coronas danesas y suecas. Al final del primer trimestre de 2015, más del 30% de los bonos soberanos del índice Bloomberg de la eurozona eran negativos, por no mencionar que al día de hoy ya se sumaron bonos corporativos al club de la tasa nominal negativa.

Desde ese momento, la profesión económica se debate. ¿Se trata de una breve aberración o estamos frente a una nueva y peligrosa normalidad?

En su definición más simple, la tasa de interés es el costo del dinero. En este caso se entiende costo como el precio que una parte paga y la otra recibe por usar los fondos. Como todo precio en un sistema de mercado, una de sus funciones es dar señales a los productores y los consumidores de un bien. Cuando el precio sube le informa a los consumidores que deberían consumir menos, y le indica a los productores que deberían aumentar la oferta.

Pues bien, una tasa de interés más baja (ni hablar de una tasa de interés nominal negativa), pide a gritos a los potenciales tomadores de crédito que así lo hagan y a la vez desincentiva el ahorro. La negatividad de tasas es el experimento que los bancos centrales están ensayando como respuesta luego haber agotado todas las instancias conocidas de política monetaria expansiva y tras siete años de buscar una esquiva recuperación.

¿Por qué un inversor aceptaría una tasa de interés nominal negativa? Podría ser porque le importa sólo la tasa real positiva (ganarle a la inflación o mejor dicho a la deflación), porque apuesta a que la tasa podría ponerse más negativa a futuro (y entonces captura el incremento del capital de su inversión), o porque apuesta a una apreciación de la moneda en la que se coloca que le compense la negatividad.

En cualquier caso, si este escenario se mantiene, hay una serie de activos que van a beneficiarse: bonos, inmuebles, metales preciosos. También serán ganadores de esta etapa los tomadores intensivos de crédito: los soberanos, por ejemplo, renovarán sus vencimientos a tasas de interés cada vez más bajas (y hasta negativas). Ni hablar que en un mundo que suma cero, no habrá recompensa monetaria por ahorrar y sólo tendrá sentido demorar el consumo por motivos precautorios.

Nadie como los argentinos sabe que los experimentos no son libres de riesgo. Las tasas de interés negativas en términos nominales pueden inducir a una toma de riesgo excesiva por parte de los inversores, al sobreendeudamiento de los sectores públicos y privados y a la formación de burbujas financieras en ciertas clases de activos. Sin embargo, un mundo con tasa de interés nominal negativa le abre una nueva ventana de oportunidad a nuestro país, en el momento en que más necesita del crédito internacional.

(*) Director asociado en Econ- Views

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