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Las perspectivas de crecimiento para 2018

Una suba del PIB del 3% es factible, pero la preocupación no debería centrarse exclusivamente en el crecimiento de un año sino en el desarrollo de mediano plazo

26 diciembre de 2017

Por Pablo Mira

Hace un año sosteníamos que el crecimiento de 2017 tendería a asemejarse al de 2015, con un techo de 2,5%. Sin embargo, aunque la variación anual de los tres trimestres de 2017 dan exactamente ese número, la economía podría crecer un poco más y terminar el año con un valor más cercano al 3%, gracias a un trimestre final muy positivo. Decíamos también que dos aspectos iban a diferenciar 2017 de 2015: cierta moderación de la demanda agregada y la renovada confianza privada en la evolución cambiaria.

La implementación de la frugalidad fiscal quedó, como suele suceder, para un año no eleccionario, por lo que la demanda agregada no sufrió demasiado en este año.  Por el lado del tipo de cambio, la política monetaria de tasas altas redundó en una evolución del precio del dólar muy por debajo de otras variables nominales. Si bien esta estrategia tiende a perjudicar a las actividades transables (excepto al agro, al que en promedio “le sobra competitividad”), ha contribuido a estimular a los sectores no transables, en particular a la construcción y a la intermediación financiera.

Este análisis puede extenderse casi sin cambios al año que comienza. En primer lugar,  el atraso cambiario induce un “efecto riqueza” debido a los mayores ingresos en dólares, dando lugar a un mayor gasto en importaciones, pero que también impacta favorablemente sobre los servicios locales complementarios. Las proyecciones presupuestarias, mientras tanto, no apuestan a una corrección cambiaria, de modo que el atraso podría profundizarse. Teniendo en cuenta el todavía disponible espacio para tomar deuda, la serenidad sobre la evolución del dólar otorga una sensación de seguridad para consumir, y mantiene la dinámica de inversión en los sectores no transables.

El resto de las variables que determinarán el crecimiento de 2018 no son directamente controlables por la política económica. Una de ellas es la mentada inversión externa basada en la confianza. El respaldo político de la gestión podría mejorar las condiciones para que esto ocurra, pero hasta ahora las señales no terminan de convencer lo suficiente como para incorporar este factor a las predicciones.

La otra variable fundamental, que permitiría crecer y a la vez mejorar la cuenta comercial, es la dinámica de Brasil. Pero el impacto, si se confirma, parece insuficiente y mal dirigido. Por un lado, según el FMI el Gigante de América Latina podría crecer un 1,8%, y ya estamos acostumbrados a la sobreestimación de tendencias en las proyecciones de este organismo para las economías que privilegian el “clima de inversión”. Por el otro, si el crecimiento de Brasil se basa fundamentalmente en la expansión de las exportaciones, como reza el informe del FMI, entonces es más probable que Argentina sea el receptor de estas nuevas ventas, lo que profundizaría el déficit comercial y solo contribuiría de manera indirecta y marginal a la expansión interna.

Las percepciones de suba del PIB para 2018 orillan el 3%, y el Presupuesto arriesga una suba levemente superior. Estos números son factibles en lo inmediato, pero la preocupación no debería centrarse exclusivamente en el crecimiento de un año, sino en la aventura del desarrollo de mediano plazo. Argentina es una economía todavía sensible a los ajustes cambiarios bruscos, y si los precios relativos se desvían sistemáticamente en favor de los no transables, quedarán latentes algunos riesgos macroeconómicos no desdeñables. Poco importa que el tipo de cambio sea libre, existen casos bien documentados que demuestran que los saltos súbitos y disruptivos son moneda corriente aun en tales regímenes.

¿Es suficiente un entorno macroeconómico estable y predecible para lograr el objetivo del desarrollo? Los que confían resueltamente en los mercados están convencidos de esto, y por eso confían en que las políticas de consolidación fiscal y reducción de la inflación son suficientes para conseguirlo. Pero una rápida revisión de la historia económica de Argentina y del mundo de los últimos cincuenta años debería alertar contra la excesiva confianza en las visiones que descansan únicamente en los mecanismos automáticos de desarrollo.

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