La inversión de largo plazo en Argentina

No se sabe cuál es la tasa de inversión óptima para crecer a largo plazo, pero seguro que no es una de 15% del PIB (como tenemos hoy).

12-12-2017
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Por Pablo Mira Economista

Cuando se trata del crecimiento a largo plazo de un país, la primera palabra que viene a la mente es “inversión”, o sea, la acumulación de capital necesaria para poder producir más en el futuro. Sin embargo, como veremos, este no es el principal canal del desarrollo económico.

A la larga, las economías crecen por incrementos en la productividad (de hecho, el crecimiento es aumento de la productividad por habitante). Así, la inversión genera expansión si es productiva, es decir, eficiente desde el punto de vista privado y social. La productividad proviene del descubrimiento y aplicación de nuevas tecnologías productivas y organizacionales. Ocurre que, si uno invierte mucho, tiene más probabilidades de que estas tecnologías aparezcan porque, como explicó el economista Paul Romer, las nuevas tecnologías suelen venir “embebidas” en las nuevas adiciones de capital. Quizás por eso China no necesita ser súperproductivo en todas sus inversiones, porque éstas son gigantescas (más del 40% del PIB). Pero si un país no invierte tanto, tiene que estar muy seguro de cómo lo hace. Estados Unidos, por ejemplo, tiene una tasa de inversión baja, pero su eficacia productiva es muy alta (además de que invierte en otros países y cobra renta por estos negocios).

Argentina, como siempre, es un caso especial. El gráfico muestra la tasa de inversión a precios corrientes del país desde 1950 hasta la actualidad.

Como es fácil ver, el promedio deja bastante que desear, especialmente a partir de los años '80. La otra característica saliente es la enorme volatilidad observada. Pero examinemos un poco más de cerca algunos períodos específicos.

Entre 1950 y 1970 la inversión orilló el 20% del PIB, un valor no muy alto pero que le sirvió a la economía para crecer a tasas más que decentes durante el período. A partir de allí ocurre un hecho extraño: la inversión total crece fuertemente en una economía que virtualmente se desplomaba. La razón deriva de los precios relativos: con un dólar baratísimo, la inversión, en su mayoría importada, creció como nunca. También hubo un aporte importante de la inversión pública, cuando la dictadura militar aprovechó para armarse y para preparar el Mundial 78. Cuando el tipo de cambio atrasado no pudo aguantar más, la inversión se desplomó. Este es un excelente ejemplo de que a veces no importa tanto la cantidad invertida, sino su calidad y financiamiento.

Luego de esta experiencia traumática, Argentina jamás recuperó las tasas pre-1970. La inversión además se derrumbó durante las crisis de la hiperinflación (1989-1990) y la explosión de la Convertibilidad (2001-2002). La recuperación económica posterior llevó a la inversión a valores cercanos al 20%, pero otra vez el proceso no mostró ser duradero y la tasa se fue desplomando hasta representar actualmente un magro 15% del PIB.

La teoría económica no puede identificar con exactitud cuál es la tasa de inversión que asegura el crecimiento de largo plazo, pero lo que sí puede decir con bastante seguridad es que el nivel de 15% del PIB y un comportamiento volátil son dos limitantes demasiado evidentes para pensar en el desarrollo de mediano y largo plazo.

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