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La inflación de 2016: recalculando

Los shocks de credibilidad no funcionan y los agentes asimilaron una cultura inercial de ajuste de precios que no será fácil extirpar.

20-07-2016
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por Pablo Mira (*)

En una nota publicada en El Economista a mediados de febrero, realizamos algunas predicciones para la inflación de este año, pero hasta ahora los resultados son peores a los esperados.

Por un lado, opinábamos que el pico de inflación anual se produciría en junio, y así parece ser. Para obtener un dato interanual consistente podemos comparar la inflación núcleo (sin estacionales ni regulados) de CABA con los datos (también núcleo) recientemente publicados por el Indec. En junio esta comparación da casi 40% anual, y es posible que a partir de ahora este indicador comience a bajar para terminar el año entre el 32% y el 35%. Por el otro, se estimaba que la inflación (total) de 2016 podía ser, en un buen escenario, de 30%. Aquí quedamos muy lejos: asumiendo una fuerte desaceleración a 1,6% por mes en la segunda mitad del año, el total para 2016 sumaría 35,3% (punta a punta) y 37,5% (promedio contra promedio). Este es el escenario que calificamos en aquella nota como negativo, pero en el contexto actual es optimista, ya que asume una rápida desaceleración.

Una de las razones de estos resultados es, por extraño que parezca, una interpretación teórica desacertada de la situación. Recordemos que hubo cierta subestimación de los efectos inflacionarios de (I) la unificación cambiaria, (II) la recomposición de tarifas y (III) los ajustes salariales. La experiencia de sentido común que tienen los agentes acerca de los movimientos de estas tres variables es que deberían producir inflación.

Pero en los modelos ortodoxos de equilibrio general esta lógica no suele aplicar. En este marco analítico, los agentes son racionales y conocen a la perfección el funcionamiento de la economía. En un modelo así, el público, anticipando una futura corrección cambiaria (la que llevó el dólar al valor blue), ya ajustó sus precios a este nivel, el “precio de equilibrio” del tipo de cambio, mucho antes del 10 de diciembre. Del mismo modo, a sabiendas de que las tarifas estaban atrasadas, agentes racionales debieron ahorrar la diferencia entre el valor actual y el de equilibrio, y hoy podrían pagar sin quejarse los nuevos montos. En cuanto a los ajustes salariales, la teoría mainstream indica que éstos deben fijarse no solo mirando el pasado sino el futuro: si se espera una menor inflación de aquí en más, esos ajustes debieron haber sido mucho menores. Ya que para el Gobierno el mero anuncio de una política monetaria más restrictiva debía inducir expectativas de menor inflación futura, las paritarias debieron reflejar una desaceleración.

Como es evidente, nada de esto sucedió, y todas las estimaciones de inflación se recalcularon hacia arriba. Por un lado, esto marca que apelar a modelos tradicionales para diagnosticar la situación de la economía argentina es insuficiente. Pero además, la situación sugiere que la pelea contra la inflación debe ser lenta y progresiva. Los shocks de credibilidad no funcionan y los agentes asimilaron una cultura inercial de ajuste de precios que no será fácil extirpar. Por eso, pocos piensan que el objetivo original de una inflación inferior al 20% en 2017 pueda cumplirse.

(*) Economista

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