Inversión privada, ese divino tesoro.

25-05-2016
Compartir

por Pablo Mira

La estrategia para devolver a la economía algo de actividad económica se basa en la recuperación de la inversión. Hay una fuerte percepción de que el Gobierno anterior no favorecía  los negocios y que tampoco era receptivo a la inversión extranjera, de lo que se deduce que un cambio en la actitud hacia los empresarios debería modificar esta situación.

Sucede, sin embargo, que esta percepción no es del todo acertada. Pese a que el kirchnerismo no se mostró particularmente afable con el sector empresarial (al menos con algún sector), los empresarios mostraron una saludable tendencia a invertir a partir de 2003. Lo que indujo la recuperación de la inversión fue, con pocas dudas, la expansión sostenida de la economía. Las perspectivas positivas indujeron gastos de capital apreciables en el sector privado, complementados por una activa política de  inversión en infraestructura.

En los últimos años este ritmo se detuvo, pero la inversión no sufrió nada parecido a un colapso. La tasa de inversión de Argentina en 2013, representativa del promedio de los últimos años, se ubicaba cerca del 20% del PIB, cómodamente dentro del promedio de las naciones de la región y también de los países más avanzados del mundo.

Es cierto que este es un indicador insuficiente, ya que la asociación entre tasa de inversión y crecimiento de largo plazo es discutible, pero el punto a remarcar es que Argentina no tiene un espacio obvio para llenar en materia de acumulación de capital, como sí sucedía en 2002.

Una apuesta potencialmente beneficiosa podría provenir de la inversión extranjera, ya que efectivamente en este rubro Argentina no tuvo un desempeño favorable, en

parte por cierta apatía de las autoridades anteriores y en parte por la no resolución definitiva del default.  Pero debemos ser cautos con las expectativas de la inversión externa: aun cuando la política se muestre favorable a los negocios, esa es solo una de  las condiciones que el capital exige. También se requieren una economía que crezca de manera sustentable y un mercado interno con una demanda voluminosa.

Los '90 mostraron con crudeza lo difícil que es estimular la entrada de capitales productivos por iniciativa propia: la mayor parte del capital se dirigió a la compra de   empresas públicas  que se privatizaban a precios irrisorios y condiciones de explotación extremadamente beneficiosas, por decirlo suavemente.

Finalmente, el contexto de financiamientointerno dista de ser favorable a la inversión. Las elevadas tasas de interés vigentes, sobre todo medidas en dólares (ajustadas por la devaluación esperada), han sido ilustradas en un post reciente en Alquimias Económicas. Niveles como estos constituyen un poderoso incentivo a la importación de capitales de corto plazo y a la financiarización de la carteraactivos. Normalmente, la canalización de fondos de ahorro debería inducir una posterior baja de tasas,  impulsando la inversión de capital físico, pero por ahora esta tendencia ha sido  contrarrestada por el BCRA con objetivos antiinflacionarios.

Con un consumo limitado y una demanda externa débil, la lluvia de inversiones puede  demorar más de lo previsto. Y hasta es posible que la economía deba, para estimular  alguna inversión privada, llevar a cabo una danza ritual que incluya al mercado interno.

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés