El Economista - 70 años
Versión digital

jue 28 Oct

BUE 25°C

Versión digital

jue 28 Oct

BUE 25°C

Inflación, incertidumbre y muchas dudas sobre el futuro

21-06-2016
Compartir

La suerte de la política económica oficial y su estrategia electoral para el año próximo dependen de la llegada de inversiones extranjeras en el segundo semestre de este año, y de si esas inversiones permitirán antes de fin de año reactivar la economía y la creación de empleos.

Es probable que el éxito de la negociación parlamentaria para captar deuda y pagarle a los holdouts se hubiera puesto en riesgo si los aumentos de tarifas hubieran sido mayores y concentrados en un solo mes del primer trimestre. Pero la seguidilla de subas de tarifas graduales de servicios y otros precios administrados no tiene costo cero.

Por su magnitud, tienen un efecto dual: la población en general lo asimila como una caída de shock del ingreso disponible, pero para las empresas proveedoras todavía no alcanzan ni para cubrir los costos operativos. Por su persistencia en el tiempo, e impacto sobre los precios, han incrementado la inflación observada, y realimentado expectativas inflacionarias para el futuro.

Tanto la experiencia argentina en los años '70 y '80, como la literatura sobre microfundamentos de la macroeconomía de los años '80 y '90, permiten identifican otros efectos adicionales: Aumenta la frecuencia de ajuste de expectativas de futuros precios y salarios.

Aumento de la volatilidad de precios relativos.

Aumento de la incertidumbre sobre la futura inflación. Aceleración de la inflación observada y esperada.

Aumento de la diferencia entre inflación observada y esperada (o sea, de la inflación no anticipada).

Acortamiento de los horizontes de planeamiento para decisiones de inversión, fruto de lo señalado en los puntos anteriores

Una vez iniciada esta dinámica, ponerle fin no es nada fácil. Requiere a) poner un corte final a la sucesión de subas tarifarias con un cronograma de ajustes cierto y finito, b) realizar el hasta ahora inexistente ajuste del gasto público y cortar su financiamiento vía emisión monetaria, y c) estabilizar expectativas con un programa basado en uno o varios precios (anclas nominales) que suban menos que los demás precios. Puede ser la tasa de interés, las tarifas públicas, el tipo de cambio, los salarios o algún otro. Su aplicación exige la imposición del Estado de un programa a la sociedad, con argumentos convincentes de que no hay otro camino para alcanzar una rápida estabilidad o un consenso con sectores para proveerles una compensación por pérdidas generadas por la estrategia de estabilización que se elija.

En la realidad actual, el Gobierno debe razonablemente requerir paciencia a la población. El problema es que se trata de un intangible cuyo control directo escapa a las autoridades. Además, el primer indicador de inflación mensual del Indec fue de 4,2% en mayo pasado (63,8% anualizado), superando a las estimaciones privadas, pero inferior a la suba del IPC de la Ciudad de Buenos Aires: 5% (79,6% anualizado). Este último, a su vez, acumuló además en cinco meses una inflación de 25,2%. En todos los casos es más que evidente que la realidad ha echado por tierra al pronóstico de enero pasado del ministro de Hacienda y Finanzas Públicas, Alfonso Prat- Gay, de 25% para los doce meses del año, que además fue luego asumido como propio por el BCRA.

Las autoridades apuestan a que en el próximo semestre la inflación convergerá a 1%-1,5% mensual. Aun así, aumentará el desvío respecto del notablemente errado pronóstico oficial de enero pasado, y no será suficiente para estabilizar expectativas. Queda por verse si su efectivo logro no será a costa de mantener o profundizar el escenario recesivo actual.

En cualquier caso, a fines de diciembre próximo se replicará el mismo problema de fin de 2015: si no hay aumentos de tarifas, ocurrirán en el primer trimestre del año próximo. No es esperable un incremento tarifario impopular a posteriori, a seis meses o menos de las elecciones legislativas que serán cruciales para el futuro de esta Administración. Pero detrás de todo esto, emergen otras dudas y preguntas no menos incómodas para los mentores del gradualismo en curso. ¿Y si no llegan las inversiones y la reactivación de la oferta de bienes en el próximo semestre? ¿O si llegan, pero en montos que no modifiquen el actual escenario de estanflación?

Una de las víctimas directas serán los préstamos indexados anunciados recientemente. No ha tomado forma práctica el proyecto del senador Julio Cobos, pero ya están disponibles las líneas del Banco de la Nación Argentina, y las anunciadas en marzo pasado por el BCRA. Esta última recibió cierta atención, pero los créditos indexados aprobados son muy pocos. Fiel reflejo de la prudencia de los tomadores de crédito. Se aceleró la inflación aun con una política monetaria-cambiaria relativamente prudente, y además, el temor a perder el empleo en el sector privado no decrece. Por otro lado, ni las propias autoridades aciertan con pronósticos de inflación a un horizonte de doce meses o menos. Además, sin perspectivas de estabilización de precios e ingresos, planificar ingresos corrientes y flujos de fondos futuros sigue siendo, como en los últimos cuatro años, un ejercicio de adivinanzas.

Es por eso que se torna imperioso contar con una política definida y clara, y que concilie reactivación económica con una baja permanente de la inflación. Tarde o temprano, además, habrá que volver a subir tarifas (reduciendo el ingreso disponible y con impacto inflacionario), pero también abandonar el expansionismo fiscal y su financiamiento monetario (contribuye a reducir la inflación, pero enfría la actividad real) y mejorar el tipo de cambio real (exige una depreciación del peso con potencial traslado a precios). Si la población exige mayor ingreso disponible, se requiere un agresiva baja de impuestos, pero sin reactivación permanente es inviable reducir las transferencias del Estado Nacional al resto de la sociedad. ¿Cuál es el rumbo preciso que seguirá el Gobierno en estas cuestiones? Nadie lo sabe.

La transición hacia la estabilidad con crecimiento se esperaba a principios de año que se encauzarían en un programa integral y coherente, pero nada de eso se ve hasta ahora. Además, se ha perdido un semestre de oro que ya no volverá, y retornan interrogantes ineludibles, ante la falta de definiciones claras y convincentes:

¿Por qué se juega a todo o nada con al ingreso de capitales provinientes del exterior?

¿Y si esos fondos no llegan, o lo hacen por montos irrelevantes?

¿El atraso cambiario no cuenta?

Bajo cualquier alternativa, ¿estamos libres de una potencial crisis de balanza de pagos de “segunda generación”, por ejemplo?

Los próximos tres meses serán cruciales para dilucidar estas y otras tantas dudas sobre el rumbo económico y político. Si las autoridades no aplican algunos cambios, y no meramente cosméticos, la administración de la economía y de los conflictos políticos se le puede complicar bastante antes de lo esperado por los más optimistas. A no confiarse.

(*) Instituto de Investigaciones en Ciencias Económicas de la USAL.

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés