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El portazo de los británicos nos dejó otro mundo

El portazo se suma a una serie de eventos que apuntan en la misma dirección de reafirmar el poder de los estados. En desmedro de las organismos internacionales, la globalización o cualquier otra fuerza que quiera imponer límites desde afuera a las políticas públicas soberanas.

27-06-2016
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 por Julio Burdman (*)

Las encuestas decían que podía suceder, pero pocos se animaron a creerlo. Por eso, con el correr de los días, el shock político, económico y cultural del Brexit luce cada vez mayor. Parecía inconcebible que los principales líderes de Occidente, el mundo financiero, y los grandes medios de comunicación perdiesen contra un puñado de políticos, casi todos ingleses, marginales en su propio hogar. Hasta ahora. Y la Unión Europea, una de las instituciones fundamentales de ese mundo que nació en 1945 y que hoy se resquebraja una vez más.

El portazo británico se suma a una serie de eventos que tuvieron lugar en las últimas décadas, y que apuntan en la misma dirección de reafirmar el poder de los estados. En desmedro de las organismos internacionales, la globalización o cualquier otra fuerza que quiera imponer límites desde afuera a las políticas públicas soberanas.

Un poco de historia

Todo empezó en los años '90, en ocasión de uno de los episodios más conmocionantes de la política mundial contemporánea: el día que Rusia, gobernada entonces por Boris Yeltsin, declaró su independencia respecto de las ruinas de la Unión Soviética. Dejando librados a su propia suerte a ucranianos, bielorrusos y un tendal de repúblicas centroasiáticas. Moscú, desde las proximidades de la bancarrota, dijo que iba a ocuparse de sus propios asuntos. Los chinos, atónitos ante semejante abdicación geopolítica en el vecindario, y espantados de que la onda expansiva desintegradora llegase a su propio territorio (empezando por el Tibet o su propia porción del Turkestán), puso en marcha una gran empresa de reafirmación nacional, sin pretender un solo centímetro fuera de sus fronteras, pero asegurando cada centímetro de ellas. Convirtiéndose en un gran poder nacional, pacífico pero tradicional, en el espacio asiático.

Poco después, la reacción se genera en la propia Rusia, cuando el posmoderno Yeltsin es sucedido en 1999 por Vladimir Putin, quien llega para arreglar los desaguisados geopolíticos con las mismas recetas tradicionales de recuperar control soberano hacia adentro y hacia afuera. En 2002 y 2003, los Estados Unidos intervienen en Oriente Medio sin pedir permiso, recuperando la idea de la transformación geográfica decidida en forma unilateral. El hegemón de Occidente nunca había cedido ni un gramo de soberanía a nadie, pero en Irak nos avisó que no pensaba volver a hacerlo. Solo quedaba el experimento posnacional europeo, que recibió el 23 de junio su mayor golpe. Nadie duda, hoy, que Gran Bretaña no va a ser el último país en dejar la Unión.

Los ingleses y galeses votaron por salir, mientras que escoceses, irlandeses del Norte y gibraltareños prefirieron permanecer. Esto es tomado como argumento por aquellos que tienen sus propias agendas de separación respecto del Reino Unido ?los nacionalistas escoceses, los republicanos irlandeses o los españoles? para retomarlas con mayores bríos. Los escoceses pedirán un nuevo referéndum, los irlandeses insistirán con la reunificación y los españoles con la soberanía. Todos los escenarios de un Reino Unido que sufra nuevas transformaciones geográficas se han abierto, y solo la Argentina parece no darse cuenta de ello.

El referéndum

¿Por qué votaron de esa forma? ¿Por qué las preferencias de los mayores de 65 años y los habitantes de las pequeñas ciudades se terminó imponiendo? En principio, como en toda elección, hay que asumir que quienes ganaron tuvieron un mensaje más eficaz y que logró reunir la mayor cantidad de motivos para ser votados. La campaña a favor de la permanencia equivocó el discurso económico. Las principales voces del bipartidismo británico, el Financial Times y los mercados alzaron la voz para asustar al electorado con la idea de que abandonar la UEn traería calamidades financieras y laborales para el país y sus bolsillos. ¿Pero cuán creíble era esa amenaza, si desde hace ocho años los británicos asisten al espectáculo de una Europa que es, en sí misma, una calamidad? Más hubiera convenido enamorarlos nuevamente con el sueño europeo, si alguien hubiera sabido cómo hacerlo. Los euroescépticos se sienten reivindicados desde la crisis del euro, y cualquier resfrío que se siente fronteras adentro puede ser atribuido creíblemente a Europa.

La otra cuestión que la campaña del “leave” instaló eficazmente es el sentimiento antiinmigrante, que se esparce por todo Occidente. Aunque haya sido un argumento falso, ya que las grandes corrientes migratorias en Gran Bretaña provienen de sus antiguas colonias, terminó siendo convincente. Ahora, el temor que se agitó fue el de la llegada de búlgaros y croatas al mercado laboral de unas islas cada vez más deseosas de ensanchar el Canal de la Mancha. El nacionalismo británico, que hoy representa el Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), no es estatista ni distribucionista. Por el contrario, expresa hoy mejor que los conservadores el sentimiento individualista, capitalista y emprendedor que atrae a tantos británicos desde 1688. De hecho, UKIP logró transmitir con éxito la idea de que, sin las trabas de la UE, el país soberano podrá comerciar más y mejor con el mundo.

Finalmente, la percepción de un campo unificado entre las élites “meritocráticas” de Oxford y Cambridge, la clase política, los formadores de opinión y los mercados resultaron ser una gran oportunidad para todos aquellos que crecen políticamente a expensas de ellos. Como bien sabe Donald Trump, cuando el electorado ve que todos los factores de poder están alineados de un solo lado, hay una oportunidad electoral. La gran derrota que sufrieron el bipartidismo y el unionismo británico en el referéndum puede reconfigurar la oferta política, y la llave de los cambios viene primero por derecha. Primero está en los nexos comunicantes que existen entre el sector minoritario y victorioso de los conservadores, y la derecha neoconservadora de UKIP. Luego, el movimiento telúrico se extenderá al laborismo.

La visión local

Para la Argentina, lo sucedido pone en dudas el desarrollo de las negociaciones en marcha entre el Mercosur y la Unión Europea, que vienen avanzando con vistas al viaje de Mauricio Macri a Bruselas previsto para el mes de octubre. Pero el tema Malvinas debe ser encarado con toda la creatividad. El portazo británico abre los mayores escenarios de cambio en el status quo de las islas desde 1982: hay que ponerse a pensar seriamente en ello.

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