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El agro, Brasil, Vaca Muerta y el 2019 de la cuenta corriente

18-12-2018
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Por Fernando R. Marengo Socio ? Arriazu Macroanalistas

El saldo de la cuenta corriente es uno de los indicadores preferidos por los analistas económicos para medir los excesos de un país. Aunque muchas veces su análisis es impreciso, porque se ignora el contexto -no es cierto que cualquier desequilibrio de cuenta corriente representa una vulnerabilidad- es verdad que su seguimiento permite monitorear los desequilibrios macroeconómicos. Australia, por ejemplo, registró un déficit de cuenta corriente permanente desde 1990 hasta el 2017 por el equivalente a 4,2% del PIB, y el PIB creció en promedio 3% por año.

La diferencia con Argentina es que este último no estuvo experimentando una reforma estructural de su matriz productiva, ni recibió una ola de inversión en los últimos años, y sus excesos de cuenta corriente la mayoría de las veces fueron el resultado de haber realizado gastos improductivos por sobre el nivel de ingresos. A junio 2018, el déficit de la cuenta corriente argentina superaba (en la medición anual) US$ 35.000 millones, es decir, 5,6% del PIB, muy por encima de los 2,6 puntos (o US$ 15.000 millones) a fines de 2016.

El déficit externo surge de la diferencia entre el nivel de ingresos y gastos de los residentes en el país respecto del resto del mundo y no hace más que dejar al descubierto el acceso al financiamiento externo por parte del país.

Cuando el país recibe capitales, la cuenta corriente se deteriora, independientemente de la competitividad del país. La reinserción a los mercados de capitales internacionales ocurrida desde finales de 2015 le permitió al país mantener un nivel de consumo creciente y superior a los ingresos generados domésticamente. Cuando el financiamiento se restringe, debe haber una readecuación a los nuevos niveles de ingreso, que a su vez, pueden verse reducidos por la caída de la actividad económica, destrucción de empleo y baja de salarios reales. En 2018, el efecto sobre los ingresos fue por partida doble, porque por un lado, la sequía que sufrió el sector agropecuario implicó una caída en el valor de la cosecha de casi US$ 7.000 millones, y por el otro, hubo un cambio en las perspectivas mundiales sobre la economía doméstica que revirtieron los flujos de capitales que llegaban al país.

Acercándonos al final de un año en el que todo lo anterior se conjugó provocando una caída del PIB que rondará el 2,5%, el aumento de casi 100% del tipo de cambio y la inflación superando el 45% anual, la pregunta que cabe hacerse es qué puede ocurrir en el 2019, año electoral.

Definitivamente para poder aumentar el bienestar deberá subir el gasto agregado, y la pregunta de fondo es si eso se logrará con mayores ingresos (crecimiento) o recuperando el financiamiento externo. En los años electorales es habitual que el sector privado aumente la compra de activos externos, en respuesta a la incertidumbre sobre el futuro modelo económico y político que se pueda implementar. El 2019 será particular, puesto que el proceso de dolarización agudo se anticipó a 2018 (en 10 meses la compra de activos externos superó los US$ 25.000 millones) y el nivel de monetización de la economía (circulante y depósitos) se ubica en niveles mínimos en términos del PIB desde la salida de la convertibilidad. En resumen, son limitadas las posibilidades de una nueva ola de dolarización de los activos argentinos.

Los drivers

Por lo tanto, resta analizar si el país tiene posibilidades concretas de aumentar su nivel de ingreso. Y la respuesta es sí, gracias al impulso de tres sectores: la demanda proveniente de Brasil, la producción agropecuaria y el desarrollo del sector energético.

El crecimiento exitoso de estos sectores puede contribuir a una recuperación del gasto interno de manera sostenida, y apoyada con un aumento de ingresos. El avance de la cosecha fina y las intenciones de siembra de cosecha gruesa podrían llevar la producción agrícola a un máximo histórico (asumiendo rendimientos promedio). El sesgo exportador de este sector podría generar ingresos genuinos al país, y ayudaría a mejorar las cuentas externas.

Un segundo punto favorable es el incipiente proceso de recuperación que experimenta la economía brasileña, impulsada por los ingresos de capitales, que aprecian el real, y permite que Argentina le venda parte de su producción automotriz.

Finalmente, el principal factor expansivo viene siendo el energético, con un potencial impacto en el corto y mediano plazo, tanto por el lado de la abundancia de divisas, como por el efecto sobre costos de producción de otras actividades. El desarrollo de la producción de hidrocarburos no convencional es el motor que revierte el deterioro energético de los últimos 15 años. Gracias a que hoy la producción de gas es la más alta en 8 años, Argentina puede volver a exportar energía en el período estival, y el déficit energético se ubica en US$ 3.000 millones (anualizado), luego de haber tocado máximos de US$ 8.000 millones en los últimos años. El grado de inversión extranjera y la velocidad de las inversiones determinarán el grado de mejora de las cuentas externas. Como ocurre con todos los procesos de inversión, es posible que primero se deteriore la cuenta corriente (por la importación de maquinarias para la producción), antes de mejorar por el aumento de la producción.

Si bien la materialización del potencial energético del país sería una gran noticia, se debe ser cuidadoso ya que administrar la abundancia también es un desafío, porque sus implicancias en el mediano plazo no son solo económicas, sino también sociales y políticas, y requiere un manejo programado de todas las demandas que irán surgiendo en el camino.

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