¿Qué banco central?

El Campo Bancario vs el Macroeconómico

13-09-2013
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(Columna de J. Bradford DeLong, profesor de economía en la Universidad de California, en Berkeley e investigador asociado del Bureau Nacional de Investigaciones Económicas. Durante la gestión de Bill Clinton se desempeñó como asesor del Tesoro de EE.UU. Copyright Project Syndicate 2013)

En términos generales, durante 115 años (y es probable que más), al menos desde la publicación en 1898 de “Geldzins und Güterpreis” (Intereses y precios) del economista sueco Knut Wicksell, los economistas se han dividido en dos campos con respecto a lo que es un banco central y cuales son sus fines.

Uno de los campos, al que llamaremos el Campo Bancario, ve al banco central como un banco para banqueros. Sus clientes son los bancos: es el lugar al que pueden acudir para pedir préstamos cuando realmente lo necesiten, y sus funciones son apoyar al sector bancario de manera que los bancos puedan obtener ganancias con sus negocios. Por sobre todo, el banco central debe garantizar que la oferta de dinero sea lo suficientemente abundante como para impedir que los bancos se vean obligados a declararse en bancarrota por problemas de mera falta de liquidez, más que por insolvencia.

El otro campo, al que llamaremos el “Campo Macroeconómico”, considera que los bancos centrales conducen el conjunto de la economía. Su tarea es velar por el cumplimiento en la práctica de la Ley de Say: el principio de que la producción debe irse equilibrando mediante la demanda, sin que esta sea demasiado baja (lo cual causaría desempleo) ni excesiva (lo que causaría inflación), ya que ciertamente se trata de una ley que no se sustenta en el mundo teórico. En otras palabras, la responsabilidad principal de un banco central no es proteger la solidez de las entidades que forman el sector bancario sino mantener el funcionamiento sólido del conjunto de la economía.

Lehman y después

En Estados Unidos, desde el 15 de septiembre de 2008 (día en que Lehman Brothers se declaró en quiebra) hasta mayo de 2009, cuando el entonces secretario del Tesoro, Tim Geithner, anunció que, a su juicio, los principales bancos estadounidenses tenían que poseer o conseguir rápidamente colchones de capital, los intereses y conclusiones de ambos campos eran idénticos. Para ambos, antes que todo había que preservar el sistema bancario mediante la reducción de los desequilibrios entre la oferta agregada y la demanda agregada, y para proteger el sistema bancario se debía dar impulso la demanda agregada para aproximarla a la oferta agregada. Hubo mucho de rescate bancario en el estímulo económico, y hubo mucho de estímulo económico en el rescate de los bancos.

Pero a partir de entonces sus intereses y conclusiones comenzaron a separarse claramente.

Para evitar que los muchos componentes de la demanda agregada que son sensibles a las tasas de interés caigan todavía más por debajo de la oferta agregada potencial es esencial que el banco central mantenga una política de tasas de intereses nominales bajas en los títulos del Tesoro de corto plazo. Sin embargo, una política así dificulta mucho a los bancos de inversiones, los bancos en las sombras y, en especial, los bancos comerciales (con sus costosas redes de sucursales y cajeros automáticos) poder informar beneficios operacionales regulares y saludables en sus declaraciones de ingresos trimestrales ni ganancias regulares y saludables en las carteras de sus clientes.

Para que el sector abandone su cautela y haga uso de parte de su capacidad de toma de riesgos para su finalidad adecuada, que es reducir la carga del riesgo de las empresas y los emprendedores, se precisa que el banco central mantenga una política prolongada de adquisición de una creciente cantidad de activos de largo plazo. Pero una política así reduce, e incluso puede llegar a eliminar, la habilidad de los financistas de seguir el camino fácil para obtener utilidades, que es subirse a la duración en la curva de rendimientos.

Desde el punto de vista de equilibrar la demanda agregada y la oferta agregada potencial, sencillamente el banco central debería comenzar por declarar directamente que, tras cinco años del inicio de la crisis, fijarse un objetivo inflacionario de 0 al 2% anual no despeja los riesgos de que se profundice el desempleo, por lo que se necesita un objetivo del 2 al 4%. Sin embargo, aunque un anuncio así es una obviedad para quienes se alinean en el Campo Macroeconómico, pondría enfermos a todos los banqueros que poseen activos nominales o piensan en términos nominales.

Para el interés público de Estados Unidos y del mundo, es muy importante que la persona que nomine Barack Obama para suceder al presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, cuando su mandato concluya a comienzos de 2014 pertenezca al “Campo Macroeconómico”. El mundo no necesita hoy un banco central para banqueros más que cinco años atrás.

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