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No es cierto que los brasileños sean más patriotas

Los argentinos y el dólar.

06-06-2012
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(Escrito en colaboración con Martín Vauthier, analista del Estudio Bein)

En su rendición de cuentas ante el Senado y en momentos en que el mercado cambiario vuelve a ser el centro de atención, el jefe de Gabinete afirmó que el dólar es “una manía, una obsesión compulsiva de un sector de la Argentina de pensar en dólares”. Es cierto que el ahorro en dólares (y en activos nominados en dólares) es un patrón de conducta arraigado en el comportamiento de los argentinos, luego de décadas donde se sucedieron períodos de alta inflación (incluyendo dos hiperinflaciones), confiscaciones de depósitos y megadevaluaciones, que fueron minando la confianza en la moneda local y destruyendo su rol como refugio de valor.

En este sentido, el ahorro en una moneda que no es la de curso legal ni la que regula el BCRA resulta una de las principales restricciones que enfrentó la política económica en forma creciente a lo largo de los últimos 60 años, e impidió canalizar el ahorro de los argentinos a la inversión productiva dentro del territorio nacional. Más bien, los excedentes de los argentinos terminaron ayudando a financiar los déficit de cuenta corriente de EE.UU. Esto explica la posición financiera de la Argentina, con ahorros en el exterior equivalentes a 50% del PIB, y con un stock de dólares billete por habitante que ascendía a US$ 1.300 hacia 2006 (previo a la aceleración de la fuga de capitales en 2007).

Ahora bien, en los últimos años y a diferencia de otras economías vecinas como la de Brasil, la Argentina desaprovechó la oportunidad única para recrear la demanda de pesos que brindaba la ilusión monetaria alcanzada durante los '90, en un contexto en el que el dólar se debilitaba a nivel global ?como el evidenciado a partir de 2003? al optar por priorizar la estrategia de maximizar el crecimiento de corto plazo descuidando la dinámica de precios. Hoy ?dados los esfuerzos de diez años de política? Brasil convive con una tasa de inflación en torno a 5% y puede bajar su tasa de interés en reales del 12,5% al 8,5% en un contexto de fuga a la calidad, interviniendo en el mercado cambiario luego de dejar devaluar su moneda.

La Argentina, por el contrario, con menos margen de maniobra, debió avanzar en los controles en un contexto en el cual, sin colchón cambiario y sin crédito, estabilizar la demanda de pesos requiere dejar correr la tasa de interés más allá de lo que la política se muestra dispuesta a hacer. Es esta diferencia en los enfoques lo que explica la menor obsesión de los brasileños, que se guían por el incentivo que significa una tasa real positiva que permite evitar la licuación de sus ahorros en términos de poder adquisitivo en moneda nacional, y más que compensa el costo de trasladar consumo presente hacia el futuro.

El objetivo de pesificar la economía y que los argentinos vuelvan a pensar en su moneda a la hora de ahorrar y de realizar operaciones que involucren altas sumas de dinero (como la compra venta de inmuebles) resulta loable. Intentar hacerlo de inmediato y por decreto, llegando a extremos como la prohibición total para acceder al mercado cambiario por montos de unos pocos cientos de dólares a individuos con capacidad contributiva, no parece ser la alternativa más eficaz y eficiente a la hora de lograrlo. Con inflación, estabilizar la demanda de pesos requiere, o bien un elevado colchón cambiario (algo que hoy ya no está, una vez que el nivel de importaciones erosionó el superávit de las cuentas externas) o bien una tasa de interés positiva que compense el costo de trasladar consumo presente a futuro. De aquí, la importancia de trabajar en un esquema de política que ataque al problema de la inflación en lugar de su negación.

(De la edición impresa)

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