El Economista - 70 años
Versión digital

sab 13 Ago

BUE 15°C
Versión digital

sab 13 Ago

BUE 15°C

Los empresarios argentinos

Su rol en el desarrollo económico.

06-12-2012
Compartir

(Columna de José Anchorena, director de Desarrollo Económico de la Fundación Pensar)

La conferencia anual de la Unión Industrial Argentina es una buena oportunidad para repensar el rol del empresariado argentino en el desarrollo. El empresario coordina los restantes factores de producción (capital y trabajo), corre riesgos e innova. El empresariado (y sus entusiastas colegas, los emprendedores) hacen toda la diferencia en una economía: la hacen competitiva o la hacen cara; la hacen tecnológicamente de vanguardia o atrasada; la hacen innovadora o especulativa; la hacen transparente o corrupta.

En este sentido, ¿qué se puede decir del empresariado argentino? En la Argentina el empresariado está mal visto socialmente. Si bien el Gobierno actual suele considerar sus intereses (la reciente aprobación de la nueva ley ART es un ejemplo de ello) utiliza esa percepción negativa generalizada para callarlos cuando irrumpe un conflicto. Lo hizo con Coto, con Shell, con Repsol, con Clarín. La mayoría de los grandes empresarios tienen temor de entrar en esa lista.

Creo que la mala reputación social de la clase empresarial es un problema para nuestro desarrollo. Sin empresarios dinámicos e innovadores no hay economía de mercado capitalista, y sin una economía de ese tipo no hay desarrollo posible: lo verifican desde una economía mixta como Estados Unidos hasta un país con un extendido estado de Bienestar, como Alemania o un país socialdemócrata moderno, por no decir socialista, como Noruega.

¿Por qué tiene mala reputación el empresariado local? Creo que hay una causa exógena y otra endógena. La primera es una tradición antiempresarial, anticapitalista y antimercado arraigada en parte de la sociedad argentina. Estas personas suelen tener una concepción estática de la economía: el objetivo es tener una economía estacionaria justa. No consideran que el sistema económico está en continuo movimiento y crecimiento, que esos cambios son parte de lo atractivo y lo deseable de este mundo, y que en esos procesos el empresario juega un rol fundamental.

Son estas personas las que se indignan fuertemente cuando se enteran de que una gran empresa obtuvo ganancias abultadas, no importa el motivo de esas ganancias, de que se han ganado licitaciones de predios para nuevas construcciones de gran escala por más que su otorgamiento sea perfectamente transparente o, más generalmente, ante el cambio tecnológico que permite la escala y el bienestar del consumidor: se indignan ante el shoppping que desplaza al almacén de barrio. Por un lado, consideran que las grandes empresas no aportan al desarrollo económico y social. Por otro, tampoco valoran a los pequeños emprendedores si éstos tienen como fin el lucro. Estas valoraciones provienen, en la Argentina, de un grupo de tradición de izquierda, aunado con uno de tradición católica anticomercial, ambos muy ignorantes de cómo son los procesos de desarrollo económico.

El motivo endógeno de la mala reputación del empresariado local es que gran parte del mismo es de baja calidad. En un reciente estudio para el BID, que realizé junto a Lucas Ronconi, hemos descripto la cantidad y calidad del empresariado argentino. Encontramos que la heterogeneidad es muy grande, pero destacamos que hay mucho emprendedor informal, y por necesidad más que por oportunidad. Más grave aún, el 24% de las firmas formales consultadas en el Enterprise Survey indican que “un pago informal o un regalo es usualmente otorgado para asegurarse un contrato gubernamental”, y que más del 20% del tiempo de los altos ejecutivos es dedicado a lidiar con requerimientos regulatorios gubernamentales.

Anecdóticamente, es sorprendente la cantidad de presidentes de grandes empresas argentinas que alcanzan ese puesto desde su cargo de relaciones institucionales, en lugar de ascender, como lo suelen hacer sus contrapartes en el mundo desarrollado, de las áreas de producción, tecnología o comercialización.

Ahora, ¿a qué se debe esa baja calidad del empresariado local? Consideramos que las políticas públicas, que determinan el contexto y los incentivos bajos los cuales los empresarios operan, explican gran parte del problema.

Así, la inestabilidad política y económica del país llevan a un empresariado que mira más el corto plazo, lo que lo induce a enfatizar retornos altos y rápidos y no bajos pero estables, los cuales bien pueden provenir de la innovación genuina. Eso se conjuga con un ambiente inflacionario que lleva a que las ganancias provengan más de una buena negociación o de un contrato jugoso a partir de un contacto especial más que del desarrollo y producción de un bien o servicio de calidad. Restricciones arbitrarias a la importación y exportación, negociaciones de precios poco transparentes con la Secretaría de Comercio Interior, créditos subsidiados otorgados menos a partir de un análisis de riesgo que de amistades, el establecimiento de una burocracia cuyas partes pueden asimilarse más a un “kioskito” que a ciertas reglas y procedimientos con objetivos claros y medibles: cuando se suman todas estas políticas públicas no es extraño que la consecuencia sea un empresariado, en términos generales, de deplorable calidad.

¿Cuál es la solución? Las políticas públicas deben ser claras, estables y transparentes. Su modificación (todas las políticas necesitan ser flexibles) debe realizarse por medio de pautas abiertas, participativas y con procedimientos suficientemente ágiles para adaptarse a los tiempos pero suficientemente lentos (institucionalizados) para que los actores se adapten a las nuevas reglas. Los incentivos deben ser que los empresarios elijan innovar y desarrollen acciones que agregan mayor valor social, y desechen la especulación y la actitud rentística.

La sociedad, por su parte, debe empezar a distinguir acciones de uno y otro tipo más finamente: valorar a las primeras como propias de grandes líderes y condenar socialmente a aquellos que ejercen las últimas. Cuando se haya dado este cambio en las políticas públicas, en los empresarios y en la sociedad, el país estará más cerca de una senda de desarrollo, una senda más justa, próspera, equitativa y de valor real.

últimas noticias

Seguí leyendo

Enterate primero

Economía + las noticias de Argentina y del mundo en tu correo

Indica tus temas de interés