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Las distintas varas del FMI

La política de la Fed y el Indec.

01-10-2012
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(Columna de opinión de Marcos Leonetti, economista y director de laeconomiaonline. com)

Luego de que Ben Bernanke haya anunciado un plan explícito de devaluación del dólar para los próximos veinte años, la mayoría de los países están muy atentos a los vaivenes de la moneda que de cara al futuro cercano representa una opción menos atractiva como reserva de valor. La débil economía norteamericana cuenta con limitadas herramientas fiscales y monetarias para reactivar un apagado consumo, porque el ciudadano medio se dio cuenta que no es posible mantenerse en los niveles de deuda que le permite el sistema, y decidió consumir menos pero pagar y desendeudarse más.

Esta práctica, que por cierto es muy sana individualmente, perjudica al conjunto de la economía que necesita a un consumidor voraz para alcanzar un equilibrio frágil pero dinámico. Durante los últimos 50 años viene subsistiendo con instrumentos artificiales y que muy poco tienen que ver con una genuina generación de riquezas. La enunciación por parte de la Reserva Federal de compras mensuales por US$ 40.000 millones de dólares en bonos respaldados por hipotecas por tiempo indeterminado es un claro ejemplo del insuficiente margen de maniobra de la economía más grande del planeta. Aunque hay que admitir que la imaginación para desarrollar una ingeniería financiera la mantienen intacta.

Estos estímulos tienen por finalidad reanimar a la economía del norte pero los resultados son de duración cada vez más efímera y de cada vez menor intensidad; sin importar en lo más mínimo los efectos colaterales que producen en el mundo, transfiriendo desequilibrios macroeconómicos a terceros países. Se está dando una paradójica situación en la cual los beneficios que ofrecen dichas medidas son marginales y las consecuencias al mundo son cada vez más fuertes. Brasil hizo sus reclamos en reiteradas oportunidades a las descuidadas medidas norteamericanas, dado que el real sufrió importantes fluctuaciones en su valor (tanto revaluación como devaluación) ante los flujos que ingresaron al país carioca y que luego huyeron “en manada”. La explícita indiferencia de la potencia global por los daños marginales que produce a las demás naciones no conoce límites en las fronteras políticas. También alcanza a los organismos multilaterales y supranacionales.

El FMI y el Indec

La escasa y nula observación por parte del FMI hacia los comportamientos egoístas de los Estados Unidos llama la atención. Esto, además de esperable, sería por demás saludable para el sistema en su extensión no sólo por el peso relativo cuando analizamos el tamaño de su economía, sino por los alcances y repercusiones para con el sistema financiero planetario en su conjunto. Una de las funciones centrales del Fondo Monetario Internacional (FMI) es “promover la cooperación monetaria internacional a través de una institución permanente que proporcionará un mecanismo de consulta y colaboración en materia de problemas monetarios”, sólo para citar un ejemplo.

Si tiene objetivos de relevancia es precisamente “promover la estabilidad de los cambios, asegurar que las relaciones cambiarias entre sus miembros sean ordenadas y evitar las depreciaciones con fines de competencia”. La directora gerente, Christine Lagarde, tuvo su momento futbolístico cuando se refirió al plazo que le extendió a la Argentina por 3 meses para regularizar sus estadísticas, sino le sacaba tarjeta roja. ¿Es tan relevante tener las estadísticas en orden? ¿Cómo influye el tamaño de una economía con sus datos estadísticos desordenados en el conjunto del sistema?

La prestigiosa Harper's Magazine, en su nota “Numbers racket: Why the economy is worse than we know?” escrita por Kevin P. Phillips, describe las degradaciones a las que los Estados Unidos sometieron a sus propias estadísticas. En su enumeración cuestiona al Consumer Price Index (CPI), al PBI y al índice de desocupación, donde explica la evolución y transformación que sufrieron dichos índices en los últimos 45 años. Pero para no abrir demasiado los ejemplos, nos centraremos en los cuestionamientos del índice de inflación del país del norte. Una costumbre socialmente aceptada es la eliminación sistemática de aquellos bienes y servicios que por su volatilidad distorsionen el índice de precios. Tal es así que cuando el precio de los alimentos se había disparado, decidieron eliminarlo del índice de precios. Cuando analizaron el precio del combustible llegaron a la misma conclusión con lo cual sufrió el mismo destino. Como el costo de la vivienda afectaba el CPI también decidieron cambiar la forma en que se medía. Como no alcanzaba con los cambios realizados al índice de precios, decidieron cambiar la metodología antigua de la era industrial a una nueva economía de servicios con una mayor presencia de sectores como el financiero o el minorista.

En la era de Bill Clinton se efectivizó el cambio de medición con una nueva fórmula. En 2001 se introduce un nuevo cálculo del CPI. En conclusión, si tomáramos el valor de la inflación con la medición que había antes de 1983, el valor sería tres veces superior al medido por el índice oficial. Las mediciones de hoy mantienen todas las modificaciones que sufrió el índice de inflación, pero nada se cuestiona ni se dice de la inflación que sufre el ciudadano dentro de sus fronteras, ni tampoco de la transferencia de la inflación al mundo con los estímulos económicos para mantener en estado de flotación a una economía que ya no responde como se espera.

El FMI pone el énfasis en una economía marginal en términos proporcionales como es la Argentina, que muy poco puede distorsionar el equilibrio del sistema financiero, pero nada se menciona de la magnitud de los desbordes que Estados Unidos directa e indirectamente transfiere cuando decide cada megapaquete de medidas para reavivar su nivel de actividad. El INDEC debe volver a ser lo que fue, una institución de prestigio internacional. Una medición real de la inflación eliminaría el factor de las expectativas de inflación que hoy tiene un peso específico importante.

Al margen de excluir un incidente con el FMI, beneficiaría a nuestra economía al no tener que correr más rápido contra una inflación que se retroalimenta cuando los empresarios “previsionan” más de la cuenta y lo trasladan a sus costos.

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