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La tercera fase de la “plata dulce”

El precio de los bienes durables en la Argentina

20-07-2013
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(Columna de Nicolás Mera y José Anchorena, economista de la Fundación Pensar y director de desarrollo económico de la Fundación Pensar, respectivamente)

Los manuales de macroeconomía realizan una distinción entre dos tipos de bienes: transables y no transables. La diferencia entre ambos es la posibilidad de los primeros de consumirse en una economía distinta a la de donde se producen o, lo que es lo mismo, estar expuestos a competencia internacional. Esta característica indicaría que, en equilibrio de mercado, el precio de estos bienes en un país debería mantener una relación respecto a su precio en el resto de los países donde se comercia.

Específicamente, la “ley de un único precio” nos revela que, eliminando costos de transacción (tales como costos de transporte, aranceles e impuestos diferenciales, entre otros), el precio de un bien debería ser idéntico en distintos lugares cuando se lo valúa en la misma moneda. La causa del cumplimiento de esta “ley” se da por la posibilidad de los consumidores de realizar arbitraje ya que, en caso de no igualarse, existirá un incentivo para comprar en un lugar (el más barato) y vender en el otro.

En los últimos tiempos, en la Argentina se ha vuelto común en la capa de población de poder adquisitivo medio o alto viajar al exterior no sólo por un motivo de turismo sino también para la adquisición de ciertos productos. Ejemplo clásico es el pedido a familiares o amigos de que “traigan tal producto electrónico o tal prenda de ropa porque allá está mucho más barato” tomando en cuenta el tipo de cambio y las tasas impositivas por traer esos bienes. Varias preguntas surgen de este comportamiento: ¿Cuánto más caros son los bienes en la Argentina? ¿Por qué estos bienes son más caros? ¿Existen costos de transacción que provocan que nuestro país sea más caro?

Comparación

La Fundación Pensar realiza desde abril de 2012 un índice de precios de productos transables durables con el objetivo de obtener información comparable. La muestra toma en cuenta cinco países (la Argentina, Brasil, Chile, España y Estados Unidos) y un total de 11 productos que abarcan, en buena medida, el mercado de bienes durables, incluyendo automóviles, motos, televisores, computadoras portátiles, cámaras de fotos, tablets, heladeras, lavarropas, ropa y calzado deportivo. Luego de tomar en cuenta el precio local, este es convertido a una moneda común (el dólar estadounidense) utilizando el tipo de cambio oficial y se elabora un índice comparativo, de esta manera enfocándose en la relevancia de los costos de transacción.

Los resultados de la medición de abril de 2013 son contundentes: en promedio, los productos en nuestro país cuestan 71% más caro que en el promedio de los países de la muestra. Los precios varían de país en país: la Argentina es el más caro, seguido por Brasil, y Estados Unidos es el más barato. Cualquier tipo de subclasificación muestral repite esta brecha en mayor o menor medida. Por ejemplo, dentro de cada producto podemos encontrar modelos más “sofisticados” o caros y otros más “standard” o accesibles. En ambos casos se confirma la amplia brecha de nuestro país (siendo mayor en el caso de los bienes sofisticados).

Por un lado, considerando sólo los productos tecnológicos (cámaras de fotos, televisores, notebooks y tablets) la brecha encuentra su mayor amplitud: 91% más caro en nuestro país, confirmando la evidencia del “boca en boca” que escapa al exterior en busca de estos productos. Por otro lado, la brecha se acorta considerablemente en el rubro vehículos (automóviles y motos) representando, en promedio, un sobreprecio local de 16%, aunque mayor (cercano al 30%) cuando se compara con Chile y Estados Unidos, y negativo (precios menores en nuestro país) cuando se lo compara con Brasil.

¿Qué dice sobre la economía?

Esta muestra representa una faz de la situación actual del sector transable durable de nuestro país. El estudio ha sido realizado con anterioridad con lo cual se puede comparar en forma interanual. Controlando la muestra para dejar de lado el recambio de productos debido al avance tecnológico, los resultados para el bolsillo del consumidor no han sido favorables: la brecha existente este año evidencia un crecimiento respecto al año anterior, aumentando en promedio cinco puntos porcentuales. Los porqués de esta evolución son varios.

Destacamos dos razones de importancia. Primero, el aumento de precios acorde con la apreciación real sufrida por el peso respecto a los países de la muestra (cercana a 5%). Segundo, la caída del precio de muchos productos en los países extranjeros como parte del cambio tecnológico. La mayor presencia en un país de productos similares con mejores características ha presionado a la baja el precio de los bienes en la muestra. Es importante subrayar que la Argentina ha presentado problemas en este punto al evidenciarse problemas de calidad (menor recambio) y cantidad (menor amplitud de bienes disponibles) de productos respecto al resto de la muestra. Por último, la política de crédito también juega su papel en la capacidad de consumo de los habitantes. El esquema de financiamiento en cuotas sin interés en nuestro país (que se viene desarticulando en los últimos meses) implica una baja en los precios de los bienes importables tomando en cuenta el costo de oportunidad del dinero. Esta rebaja logra acortar la brecha pero de 71% a 54%. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que solo 22% de la población tiene acceso a tarjetas de crédito en nuestro país (según estadísticas de la Corporación Andina de Fomento), lo que implica que el sistema de descuentos es altamente regresivo.

Implicancias

¿Qué implican estos brutales diferenciales de precios? Primero, que a igualdad de salarios en dólares, éstos tienen menor poder adquisitivo en nuestro país que en los restantes. Esto lleva no sólo a menor consumo de esos bienes, sino también a menor consumo de otros bienes locales. Segundo, varios de los productos durables pueden considerarse bienes de capital (computadoras, autos, etcétera), por lo que los altos precios implican menor inversión y cambio tecnológico. Tercero, un sistema de incentivos que fomenta el ensamblaje de productos de baja calidad con rentabilidad extraordinaria (justamente por los diferenciales de precios) no parece un buen instrumento para un desarrollo industrial competitivo y sustentable. Cuarto, la dramática brecha crea desequilibrios al impulsar los viajes al exterior con fines de compra, lo que implica un deterioro de la balanza comercial y mayor contrabando.

¿Cuál es el camino de salida? Primero, necesitamos estabilidad de precios: no es posible aplicar una política industrial sólida y sustentable sin un marco nominal estable. Segundo, necesitamos ir hacia una política cambiaria unificada en el cual el tipo de cambio nominal pueda aumentar o disminuir, lo que impedirá que los fondos prestables se apliquen a la especulación financiera como resulta en la actualidad. Tercero, dentro de ese marco macroeconómico, es posible realizar una política industrial con los siguientes cuatro objetivos: 1. Desarrollo de ciertos sectores y su sustentabilidad; 2. Que esos sectores sean competitivos internacionalmente y de productos de calidad; 3. Que brinden la mayor cantidad de trabajo posible, en particular a través de eslabonamientos hacia atrás y hacia delante y, por último, 4. Que implique un desarrollo territorial equilibrado.

El mix de políticas industriales que consiga esos objetivos debe discutirse. Lo que está claro es que no podemos seguir con las políticas actuales (atraso cambiario, restricciones arbitrarias a las importaciones, cepo cambiario, aranceles dispersos y cambiantes y un régimen de productos tecnológicos costosísimo, entre otros) que implican enormes costos para productores, trabajadores y consumidores y, en última instancia, para el desarrollo nacional. En efecto, las políticas actuales nos aseguran el subdesarrollo.

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