La inflación está en la mente

El rol de las expectativas

24-02-2014
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(Columna de Martín Tetaz, economista, profesor de la UNLP y la UNNoBA, investigador del Instituto de Integración Latinoamericana -IIL- y del Centro de Estudios Distributivos Laborales y Sociales -CEDLAS-. Twitter: @martintetaz)

En la semana que pasó, la gente de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) publicó su clásica encuesta de expectativas inflacionarias en la que le pregunta a una muestra representativa de 1.228 argentinos cuánto creen que será la inflación de los próximos doce meses. El promedio de los entrevistados ubicó sus expectativas en 41,3%, lo que representa 8,3 puntos más que en el mismo mes del año pasado y exactamente 10 puntos más que en octubre de 2013, mostrando que en efecto la sensación coincide con la escalada de precios que efectivamente se registró en la economía. La novedad generó un debate instantáneo en Twitter respecto del modo en que se forman esas expectativas.

¿Toman las personas el dato de inflación mensual (presumiblemente de consultoras privadas o fuentes no oficiales) y simplemente lo multiplican por 12? ¿O, por el contrario, miran la evolución de los precios en los últimos doce meses y la proyectan hacia delante? ¿Tienen acaso algún mecanismo más sofisticado y responden a la política monetaria, fiscal y cambiaria del Gobierno? ¿O lo que realmente sucede es que no miran ningún dato estadístico y se dejan llevar por la “sensación térmica” de las góndolas? El análisis de las series de expectativas de inflación (desde que se comenzó a publicar en agosto 2006) y de la inflación real (siete provincias + Congreso) sugiere algunas observaciones interesantes.

Las expectativas y la mente

La primera de ellas es que se descarta la regla de que la gente toma la inflación mensual y la multiplica por doce porque como muestra la serie de líneas punteadas del gráfico, la inflación mensual es muy volátil y las expectativas (línea de trazo más grueso), salvo algunas excepciones puntuales, son mucho más estables. Puesto en otras palabras: las personas no ajustan sus expectativas con tanta virulencia, sino que los agentes tienen algún tipo de memoria y no se quedan con el dato de cada mes aislado.

La segunda conclusión es que el “economista innato” que todos llevamos dentro no es un muy buen pronosticador, porque las expectativas se mantuvieron en alza hasta mayo del 2008, mientras que la serie con la inflación real de los próximos doce meses comenzó a caer en abril del 2007. Por el contrario, hasta diciembre del 2008 las expectativas fueron pari passu con la inflación de los doce meses anteriores, pero luego por alguna razón la baja en la inflación real del 2009 pasó desapercibida para las personas y no movió la aguja de las expectativas. En lo sucesivo, como la inflación se estabilizó, la diferencia entre mirar hacia atrás y hacia delante desapareció.

Es cierto que se pueden ensayar distintas combinaciones lineales de las hipótesis de formación de expectativas, pero mi sospecha es que los mecanismos psicológicos que hacen subir las perspectivas de aumentos de precios son distintos que los que presionan a la baja las previsiones que los agentes hacen respecto de la inflación futura.

Esto tiene relación con un sesgo atencional descubierto por el Nobel Daniel Kahneman, padre de la economía del comportamiento, que nos hace focalizar selectivamente en aquellos estímulos que presentan variaciones, restándole recursos atencionales a los fenómenos que no muestran novedad. Un comportamiento que bien puede haber salvado a nuestros antecesores de morir deglutidos por las fauces de un león. Así, cuando entramos al supermercado, sólo registramos los precios que se mueven. Entonces, en un contexto de alzas vemos todos esos cambios y exageramos nuestra previsión de inflación porque no ponderamos en la cuenta aquellos bienes que no cambian de precio.

La hipótesis permite explicar muy bien por qué existe una sobrerreacción al alza de las expectativas, pero no alcanza para dar cuenta de por qué bajan las perspectivas de inflación, cuando no asistimos a un fenómeno deflacionario, porque se supone que la gente no registra los precios de aquellos bienes que no sufren modificaciones en los precios. Mi segunda hipótesis, a los efectos de dar cuenta de la aparente incapacidad de las expectativas para ajustar a la baja que se observó, por ejemplo, en el 2009, es que dado que cuando se frena la inflación los precios en todo caso dejan de moverse, pierden la atención de los consumidores y, por lo tanto, se necesita otro tipo de shock para quebrar las expectativas. Por ejemplo, una inyección que mejore la confianza de los consumidores.

En ese sentido, hay malas noticias, porque la misma UTDT acaba de anunciar que el Indice de Confianza de los Consumidores (ICC) se desplomó 23,4% en febrero, nada menos que la mayor caída desde que se comenzó a medir ese indicador en 1998. Se trata del cuarto mes consecutivo de caída en las percepciones que los ciudadanos tienen respecto del estado de la economía, en coincidencia con las cuatro subas que experimentaron las expectativas de inflación desde noviembre pasado.

Así las cosas, hoy la batalla para bajar la inflación no selibra en las oficinas del Banco Central, sino en la mente de los consumidores, porque si éstos esperan una inflación mayor al 40% remarcarán precios si son comerciantes o empresarios, convalidarán aumentos si son simples consumidores y presionarán a sus representantes gremiales para que pidan reajustes de esa magnitud en las próximas paritarias.

El Gobierno, por su parte, tiene sólo dos alternativas. O propone un plan antinflacionario consistente y creíble que logre cambiar el chip de las expectativas o tiene que ofrecer una garantía en la forma de una cláusula gatillo que reabra las paritarias en agosto si la inflación supera un cierto umbral. Se juegan horas decisivas y la disputa está en la mente de los consumidores.

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