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La bola de cristal

Cambios & continuidades

22-11-2013
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(Columna de opinión del economista Carlos Leyba)

Los últimos cambios realizados en el Gabinete han sido los más importantes y trascendentes desde que asumiera Néstor Kirchner en 2003. Primero, el exilio dorado para Guillermo Moreno y, segundo, el ingreso, por primera vez, de un político de peso propio en el justicialismo.

Moreno

La expulsión de Moreno no significa necesariamente su desaparición. Ella ocurrirá cuando lo que él representa sea reemplazado. La concepción de Moreno responde al paso a paso. Ante un problema no se investiga el sistema para detectar las causas; se prescribe una solución ad hoc de pretendido efecto inmediato. Toda solución genera un problema; el éxito consiste en que el nuevo problema sea menos grave y complejo que el que se ha intentado resolver. El fracaso se revela cuando se genera un problema más grave que el que se pretendió resolver. Seguramente en el haber de Moreno habrá “soluciones exitosas”, pero las que llevan el sello de “fracaso” son decisivas.

Cuando Moreno ingreso a la órbita de precios, la inflación ya se había acelerado; nada sorprendente ya que, para una oferta estanca, había aparecido la demanda de quienes emergían de la pobreza y del desempleo. La inflación de esos días, aunque en ningún caso se justifica, no era un problema para ocultar. Era la consecuencia de la recuperación del mercado interno. Y era una cuestión a resolver. Pero la complejidad de gobernar una crisis sin programa no había generado el ordenamiento necesario. La manipulación del Indec, además de injustificada, siquiera fue “útil mediáticamente” y resultó un camino sin retorno. Los rusos dicen “con una mentira se puede avanzar pero con ella no se puede volver”. El mayor fracaso de Moreno.

De ese fracaso se deriva el método, primero parsimonioso y razonable, de los precios conversados y después el control, sin firma, de precios y cantidades que se llevó puestas exportaciones y stock. Los casos emblemáticos fueron la carne y la energía. Moreno, a pesar de esos errores, fue el funcionario más escuchado por Cristina, más influyente y el traductor más autorizado del pensamiento presidencial. El tema de los precios, la inflación y el Indec y su deriva, “el cepo cambiario”, el blanqueo, el CEDIN y el BAADE son la gestión Moreno. La desaparición real de Moreno pasa por cambios en esas cuestiones.

Hoy, acertar es una lotería pero la opción que más cotiza es que, difícilmente, este espíritu cambiará. El paso a paso y la visión no sistémica y no multidimensional de la economía, que inspiró todos estos años, antes de Moreno y con Moreno, es esencial al método K. Método que también puede ser exitoso. ¿Por qué no? Pero requiere de éxitos sucesivos para generar certidumbres de camino con horizontes. Es, diríamos, un método de gestión municipal y de gestión visualizable en cortes de cinta. Los métodos que prescribe la teoría de la política económica, con todas sus falencias, sistémicos y programados, ofrecen la posibilidad de retoques ante la falla y brindan certidumbre por ser revelados al inicio, y no pertenecen al círculo privilegiado del secreto y la sorpresa. Una costumbre después de muchos años se convierte en una cultura.

Capitanich

La segunda decisión es la incorporación, por primera vez, de un jefe de Gabinete de peso político propio. Todos los anteriores, para su desarrollo político, dependían de la voluntad del Príncipe. Capitanich vuela con motor propio, y si bien le han dado pista, es él el que aterriza. Su presencia tiene origen en su trayectoria y no en su futuro, aunque a esto lo exponga. Simboliza una alianza de los gobernadores con el cristinismo porque son ellos los que necesitan una corrección del rumbo porque los amenaza una derrota electoral. CFK suma a su Gobierno a alguien que “pertenece” a un viejo poder territorial del peronismo, pero no para disciplinarlo sino para aliarse con él.

Por lo tanto, deberán, Capitanich y CFK, combinar una fórmula mágica que les permita ganar a todos en un escenario complicado, en lo económico y en lo político. Se abre una puerta que estuvo cerrada todos estos años y la abre el jefe de Gabinete de Eduardo Duhalde. Ese fue el presidente de la alianza de los gobernadores más el alfonsinismo para enfrentar una crisis homérica que no tiene punto de comparación con los problemas de hoy. Aquello fue el infierno y esto no es siquiera el purgatorio. Lo cierto es que Jorge Milton es una puerta que se abre hacia el peronismo territorial en los tiempos de la rebelión de los intendentes bonaerenses, armados de luminarias y cordón cuneta.

Peso propio más alianza territorial más ideas propias. Demasiadas cosas para un solo lugar. Capitanich sabe que para crecer y generar empleo, la Argentina necesita llevar su tasa de inversión por lo menos al 27% del PIB. Se queda corto. Y esa inversión tiene que cambiar la intensidad de Puerto Madero a maquinaria y equipo. Nada sencillo. Este planteo, sensato, es contradictorio con la visión smithiana de la inversión que ha aplicado el kirchnerismo y que consiste en un Estado fiscal consumista (subsidios) de extraordinaria recaudación que ha generado, hacia adentro, una nueva oligarquía de concesionarios del Estado (de los bancos hasta Tierra del Fuego) y hacia afuera, una factoría de ensamble importador de US$ 7.000 millones para autos, US$ 7.000 millones para electrónica y línea blanca y US$ 7.000 millones para turismo. Las ideas de Capitanich implicarían un cambio trascendental en la política económica. ¿Será posible?

Capitanich se ofrece al peronismo tradicional y territorial como candidato del interior. Carlos Menem y Néstor han representado el saber convencional de que un gobernador bonaerense no puede o no debe ser presidente. Es razonable. Si al peso de Buenos Aires se le suma el del Gobierno Federal, las expectativas del interior se transforman en alerta. Nada hay escrito pero es lo que ha pasado. Jorge Milton deberá gestionar para ser candidato. Eso lo obliga a tramitar la alianza al interior del peronismo, tan segregado por la gestión K, y también hacia todos los sectores económicos y sociales. La necesidad del diálogo, en su caso, es una necesidad de su futuro. Por ahí andan sus ideas sobre la economía.

Kicillof

¿Y Axel Kicillof? Nada nuevo. Estaba allí. El cambio no tiene más extensión de la distancia al otro escritorio. Lo más probable es que siga haciendo lo que ha hecho hasta ahora. Las formalidades del cargo no cuentan. ¿Qué piensa Kicillof sobre los problemas? Le atribuyen críticas al Indec y a la política cambiaria. Su pensamiento, si es tal, se podrá imponer para un nuevo índice, pero no para revisar el pasado. La paradoja es que, en ese caso, la inflación aparecerá como acelerándose respecto de los meses medidos con el viejo índice y la pobreza aumentará. Complicado. En política cambiaria se habla de un doble mercado formal que, además de contradecir las relaciones con el FMI, significa blanquear una realidad en la que hoy convivimos. La tercera cuestión de Kicillof es su idea de “planificación”.

Un plan orientador del proceso inversor requiere una oficina central multidisciplinaria para pensar en términos de matriz Insumo- Producto y matriz social, y además en términos de cadenas de valor. Esas oficinas, cuadros y estudios no están disponibles y tampoco la cultura que debería animarlos. Kicillof podrá hacer el trabajo de ponerlo en marcha. Eso alumbrará en 2015. Puede servir para la campaña presidencial de Capitanich. Un programa a largo plazo puede centrar el debate político de 2015 en cosas importantes.

Pero, para lo que resta del viaje, “la planificación de inversiones”, que se le atribuye a Axel, más bien sería una buena nueva si se materializara en incentivos concretos para la inversión destinada a bienes industriales exportables. Ante la crisis externa, una manera de contribuir a morigerarla es que los dólares, en lugar de fugarse, tengan incentivos para quedarse en inversiones capaces de generar más dólares.

¿Hay equipo?

Lo normal es que habiendo jefe de Gabinete, él marque y trasmita. Guárdenos 2014 del efecto puente. Moreno mandaba. No vaya a ser que desaparezca la unidad de mando que es esencial en toda navegación, aún en la sin rumbo. Que no vaya a ser que alguien diga “me quiero ir”.

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