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Industrialización en el país: ¿dónde estamos parados?

10-08-2016
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por Pablo Mira (Economista)

A esta altura quedan pocas dudas de que el proceso de recuperación del crecimiento requería bastante más que “liberar las fuerzas productivas” mediante la eliminación del cepo, la apertura de importaciones y la reducción de la presión fiscal. Esta posición era tentadora en su momento porque Argentina tuvo un crecimiento entre 2012 y 2015 pálido si se lo compara con las tasas “chinas” de los años anteriores (con la excepción de 2009). Parte de esta dinámica se explica por lo ocurrido con la producción industrial.

Tomando datos de la encuesta industrial, durante el período 1990-1997 (el período más auspicioso de la convertibilidad), la industria creció a un ritmo de 5,5% acumulativo anual, pero si consideramos el colapso posterior hasta 2002, el crecimiento entre 1990 y 2002 se reduce a apenas 0,2%. A partir de allí hubo una recuperación vigorosa y, entre el mínimo de 2002 y el máximo de 2013, la producción industrial según este indicador se multiplicó por 2,5. ¿Es sinónimo esto de que el país vivió un intenso proceso de industrialización?

Hay quienes puntualizan que no, basándose en el hecho de que la participación de la industria en el PIB no cambió demasiado. Pero este argumento es un poco tautológico, ya que el PIB creció en parte empujado por la propia industria. Crece la industria, crece el PIB, y la participación no se modifica demasiado. En realidad, lo que logró Argentina, a diferencia del resto de América Latina, es no caer en la tentación de primarizar la economía en un contexto de boom de precios internacionales. Brasil no sostuvo su industria y se convirtió en un gran productor de soja, y hoy paga las consecuencias. Chile, por su parte, dejó a su suerte al débil entramado manufacturero que le quedaba, y se concentró en el cobre, dejando que opere el derrame sobre el resto de su economía.

Pero evitar primarizarse no es lo mismo que industrializarse en el sentido que experimentaron, por ejemplo, los tigres del sudeste asiático. Estos países desarrollaron tecnología y educación a una velocidad sorprendente, y crearon rápidamente las condiciones para exportar al mundo buena parte de los consecuentes aumentos que tuvieron estas políticas sobre su productividad. El cambio inicial en las perspectivas de crecimiento atrajo inversión extranjera directa y la rápida respuesta de las exportaciones industriales aseguró evitar chocarse con la restricción externa y preservar una macroeconomía ordenada.

Si bien en los últimos años Argentina estuvo lejos de lograr algo semejante, tampoco echó por la borda a su industria caprichosamente. Las retenciones al agro, la ayuda financiera a las pymes industriales, y el estímulo al mercado interno permitieron una robusta recuperación y hoy el sector manufacturero es un actor central para el crecimiento y la generación de empleo.

Argentina ya experimentó con estrategias abruptas de abandono de su sector industrial a fines de la década de los '70 y en la segunda parte de la década de los '90, y los resultados no fueron los esperados. La menor producción de manufacturas no dio lugar al nacimiento de sectores alternativos pujantes, que crearan empleo o trajeran más divisas al país. Muy por el contrario, el país atravesó durante esas etapas un aumento de su fragilidad ante los shocks, que cuando se produjeron terminaron creando enormes descalabros sociales que costó mucho revertir. Las políticas industriales tienen, con todas sus limitaciones, una racionalidad económica y social por la negativa: cada vez que la industria sufrió, el país también lo hizo.

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