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Expectativas, credibilidad y política económica

23-06-2016
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por Pablo Mira (Economista)

Las proyecciones forman parte central de la política económica. Es necesario anticiparse a los hechos para tomar medidas que contrarresten a tiempo las tendencias negativas, o fortalezcan los desarrollos positivos. Las proyecciones oficiales, a su vez, contribuyen a moldear las expectativas de los agentes económicos, que deciden en función de la percepción propia, de otras agentes, y del Gobierno. Este juego de expectativas termina definiendo el rumbo de variables económicas clave como la inversión o la evolución del tipo de cambio.

Las perspectivas económicas que transmitió el Gobierno al asumir eran las que espera toda nueva administración: como escoba nueva barre bien, el cambio político debía provocar un shock positivo en las expectativas privadas, más todavía si reconocemos que una parte no desdeñable de los empresarios locales apoyaron el nuevo rumbo. Y, sin embargo, el entusiasmo inicial se disipó rápidamente: la mayor parte de las predicciones elaboradas por el Gobierno fueron perdiendo realismo, creando una atmósfera de duda sobre el sendero de la política macroeconómica.

La previsión fallida más comentada fue la inflación, que se anunció que cerraría el año cerca del 25%. Las expectativas fueron defraudadas porque se prometió una lucha decidida contra lo que se consideraba un flagelo, pero además porque se minimizaron algunos efectos de algunas decisiones. Se consideró que el impacto del passthrough tras la devaluación sería bajo, pues los precios ya estaban fijados al precio del dólar blue. También se afirmó que los efectos “de equilibrio general” de los ajustes tarifarios implicaban que, si bien los servicios públicos aumentarían, otros precios desacelerarían, dando lugar a una inflación subyacente baja. Como ha quedado en claro, nada de esto ocurrió y la inflación finalmente podría situarse más cerca de 40% que del 25% original.

La proyección de crecimiento, mientras tanto, se situaba entre 0,5% y 1%, pero las nuevas estimaciones confirman una caída, que para la Cepal será de 0,8%, y para otras consultoras más pesimistas podría llegar al 2%. Las inversiones todavía no aparecen y el consumo interno se reduce en un contexto de exportaciones industriales magras.

El ataque al déficit fiscal, otro caballito de batalla oficial, terminó resultando en un cambio (¿transitorio?) de signo. De estimar una reducción del resultado del sector público de entre uno y dos puntos del PIB, pasamos a un aumento del déficit de entre medio y un punto del producto.

Los desaciertos en los pronósticos, sobre todo cuando los datos resultan peores a lo previsto, no constituyen una buena señal para el sector privado. En poco tiempo, el activo de credibilidad con que llegaba el Gobierno parece haber menguado, y hoy pocos tienen clara cuál es la estrategia a seguir. El sector privado no sabe si apostar a un dólar alto y estable o a uno atrasado y volátil; a una política de ordenamiento fiscal o a un endeudamiento público para expandir el gasto; a una estrategia decidida de estabilización de precios o a una inflación que seguirá afectada por ajustes sistemáticos de los precios relativos. La política económica no ha logrado establecer una agenda clara, perturbando las expectativas, las decisiones privadas, y con ellas, indirectamente, la propia política económica futura.

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