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¿Es sostenible una deuda pública en dólares arriba del 30%? La Teoría Monetaria Moderna dice que no

Si los MMTers tienen razón, Argentina no escapará del riesgo de default mientras su deuda en dólares supere el 20/30% del PIB, sin importar quién esté sentado a la mesa de negociación.

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El debate por la deuda pública de Argentina parece no tener fin. Por un lado están aquellos que dicen que se debe diferenciar entre la deuda en moneda local y aquella en moneda extranjera. Por el otro, aparecen aquellos que sostienen que “una deuda es una deuda” sin importar su denominación.

No es una discusión nueva. Cuando nació el Euro, los poquísimos proponentes de la Teoría Monetaria Moderna (TMM) que había en aquel entonces advirtieron de los peligros que amenazaban a los países miembros de aquella unión monetaria que, en términos monetarios, se estaban convirtiendo en el equivalente de los estados que forman Estados Unidos.

Según la lógica de la TMM, el Euro tal como estaba diseñado originalmente no podía tener un futuro promisorio. Fue Warren Mosler, el “padre” de la teoría, quien rápidamente pronosticó una crisis financiera que derivaría en una crisis de deuda. Es exactamente lo que ocurrió.

Los países miembros del Euro eran responsables de respaldar los depósitos bancarios en las entidades bajo su soberanía y ello, según Mosler, era insostenible cuando el país no emite su propia moneda.

En sus propias palabras: “Es como si California tuviera que respaldar al Bank of America o si Nueva York tuviera que respaldar al JP Morgan”. En la parte ascendente del ciclo todo funcionaría bien pero el camino de vuelta se transformaba en algo parecido a un esquema Ponzi. Menos préstamos implicaría menor demanda, menores ingresos y más defaults privados, una crisis financiera.

Para solucionarlo los gobiernos deben proveer liquidez aumentando sus déficits públicos o suministrando liquidez a través del banco central. La única manera de hacerlo era tomando deuda en una moneda que ahora no emitían. Eventualmente, habían explicado los MMTers, el Banco Central Europeo tendría que salir en rescate de los países respaldando sus deudas, lo cual convertía a la autoridad monetaria en el equivalente del gobierno federal (Tesoro + banco central) de un país que emite su propia moneda.

Fue precisamente lo que ocurrió el día que Mario Draghi juró que haría lo que hiciera falta para salvar al Euro. En realidad, ese día el presidente del BCE no salvó a la moneda común sino que, por el contrario, selló su acta de defunción y le dio origen a un nuevo Euro, uno que se parecía mucho más al que Mosler y otros MMTers habían imaginado como opción posible (aunque no óptima).

¿Qué relación tiene el caso del Euro con el debate sobre la deuda pública Argentina?

Como expliqué antes, cuando el Euro se estaba formando, los MMTers anticiparon que una crisis de deuda se estaba formando en el horizonte. Una pregunta que se hicieron fue cuál podría ser entonces un nivel de endeudamiento razonable para países que hubieran perdido la capacidad de emitir su propia moneda.

La referencia que eligieron para comparar fueron los estados de Estados Unidos que, como expliqué antes, era en lo que efectivamente se habían convertido desde el punto de vista macroeconómico. Según explica Randall Wray, otro de los proponentes más importantes de la TMM, el Estado con mayor exposición a los acreedores tenía una relación de sólo 17 % de deuda respecto a su PIB. Más allá de esos rangos solían entrar en problemas.

La página statista.com muestra valores algo mayores. Según sus datos, el Estado con mayor deuda respecto a su producción es Kentucky, con 27% y el que le sigue es Nueva York con 24%. Son números un poco más altos que los de Wray pero la conclusión es la misma, están muy por debajo de las deudas que suelen tener los países denominada en su propia moneda.

Como recordó recientemente en una entrevista el exministro de la provincia de Buenos Aires, Hernán Lacunza, la deuda que Axel Kicillof renegoció con gran dificultad es de sólo 9% de su PIB. Los indicios son claros, hay algo muy diferente entre el endeudamiento en una moneda que emite el deudor y otra en la que no lo hace.

Recordemos que las reglas del Euro preveían endeudamiento máximo por país del 60% y un déficit fiscal que no superara el 3%. Si el parámetro de los Estados americanos era una buena referencia, el límite adoptado por el Tratado de Maastricht pareciera ser, por lo menos, tres veces mayor que aquel sostenible. Para colmo, países como Italia arrancaban con niveles cercanos al 100% de su PIB, o sea, entraban en un default inevitable (sin una intervención del BCE) sólo por incorporarse a la unión.

Surgen entonces varias incógnitas y que hacen al debate planteado en Argentina que comenté al inicio. ¿Cómo se explica que los Estados norteamericanos no tengan porcentajes de deuda más altos? ¿Acaso no son dignos de confianza sus gobernadores? ¿Acaso no se trata de la misma moneda en la que se endeuda el gobierno federal? ¿Por qué no tomar como referencia a esos Estados cuando se compara con la deuda externa argentina?

Una duda que me queda respecto a este último punto es que a diferencia de aquellos Estados, Argentina sí emite su propia moneda. ¿Podría ser ello un aliciente que le diera fundamento a aquellos que comparan deudas públicas soberanas sin importar su denominación?

Cuando se lo pregunté a Mosler, su respuesta fue clara. La capacidad de un Estado norteamericano de pagar su deuda es equivalente a la de Argentina respecto a su deuda en moneda extranjera. Allí debería plantearse la comparación.

Si los MMTers tienen razón, entonces Argentina no escapará del riesgo de default mientras su deuda en dólares supere el 20/30% del PIB, sin importar quién esté sentado a la mesa de negociación. Pareciera imposible que el país escape a renegociaciones constantes con los acreedores.

Sólo un “borrón y cuenta nueva” sería razonable, algo así como lo que necesitaron los países miembros del Euro cuando Draghi conducía el Banco Central Europeo. Esa Unión Monetaria se creó bajo la idea errónea de que “una deuda es una deuda” sin importar su denominación. Es el mismo error que cometió Argentina, un error que por más esfuerzos que se hagan, se ha convertido en un laberinto que pareciera no tener salida.

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