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El temible regreso del alto desempleo

24-06-2019
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Por Federico Favata Licenciado en Economía y Becario Doctoral (CIMaD - EEyN UNSAM),

Andrés Salles Licenciado en Economía e investigador (PALP - EEyN UNSAM) y

Gabriel Montes Rojas Doctor en Economía e Investigador (CONICET - IIEP BAIRES UBA)

La tasa de desempleo continúa ascendiendo. La semana pasada se conoció que finalmente superó la barrera psicológica del 10%. El dato activa señales de alerta en la cabeza de la mayoría de los argentinos, aterrorizados con la posibilidad de retornar a un escenario similar al de los '90. En aquellas épocas era verdaderamente muy difícil conseguir empleo y no era raro atravesar largos lapsos sin trabajar. No obstante, más allá de la mala publicidad electoral que le hace, no se observa que el Gobierno de Cambiemos priorice alguna política económica para contrarrestar estos datos. En el pensamiento de muchos funcionarios actuales está la idea de que es muy difícil combatir la inflación con un desempleo bajo y que la mejor forma de disciplinar los salarios es con la amenaza del desempleo.

En Argentina, el desempleo masivo se inaugura durante la Primera Guerra Mundial. Según trabajos de Orlando Ferreres, la tasa de desocupación llegó a 19,4% en 1917, pico de la crisis. En los '30 ?a caballo de la crisis económica internacional- el fenómeno se volvió a repetir. Al comenzar el proceso de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI), no obstante, la tasa de desempleo nunca alcanzó los dos dígitos: bajo el ciclo de stop and go, la desocupación se mantenía entre 5% y 9%.

En los momentos de freno (stop) no se daba una lógica de Curva de Phillips, es decir, una correlación negativa entre desempleo e inflación. Ante devaluaciones, subían los costos en moneda nacional debido a los insumos importados. Eso era trasladado a precios por los empresarios, lo cual hacía que descienda el salario real. El recorte de demanda provocaba suspensiones y cierres de fábricas que vendían a mercado interno. De esa manera, se elevaba el desempleo. Como se ve, inflación y desocupación ascendían a la vez. Sin embargo, después venía la fase de recuperación (go). Los gremios pujaban por recomposiciones salariales y éstas, una vez concedidas, lograban reestablecer el nivel productivo y, por ende, hacer descender el desempleo. El dato interesante es que en estos momentos la inflación no cedía: los empresarios trasladaban a precios las alzas en los costos salariales. Es por eso que para parte de la dirigencia de la época, los gremios aparecían como los causantes de la suba de precios crónica: su “excesivo” poder era el origen de todos los males. Un desempleo que nunca llegaba al 10% era el combustible.

En 1976, Argentina abandona el modelo ISI. No obstante, el desempleo (al menos hasta 1990) se mantuvo en niveles bajos. Sin embargo, no se lograba controlar el aumento de precios, finalizando en 1989 y 1990 con dos episodios hiperinflacionarios. La lección fue aprendida por el Gobierno de Carlos Menem. A la prohibición de la emisión monetaria sin respaldo y a la existencia de un ancla cambiaria sobrevaluada, se les sumó, en el combate de la inflación, la existencia de un desempleo de dos dígitos (18% en 1995). Los gremios, en consecuencia, quedaron debilitados y perdieron trascendencia social: las bases temían quedarse sin empleo y no se acoplaban a movilizaciones y huelgas. Luchaban más por conservar el trabajo que por incrementar ingresos reales. El costo de derrotar las subas de precios fue la marginación de una parte de la población. El kirchnerismo tomó nota de los reclamos de 2001 y restableció los indicadores de empleo a valores menores al 10%, resignando el combate a la inflación, visto en el período 2003-2015 como un “mal menor”.

Finalmente, en tiempos macristas, la variación de precios fue escalando, convirtiéndose nuevamente en un grave problema. Obstinado en lograr su reelección, Mauricio Macri prioriza evitar (mediante dólar planchado y otros instrumentos) disparadas inflacionarias. Una alta desocupación (sumada a declaraciones altisonantes contra Hugo Moyano, el principal líder sindical) debilita el poder de los gremios. Allana el camino para lograr la persistencia política del Presidente, aun a costa de marginar a una fracción de la población.

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