El precio de las entradas para la final River-Boca

27-11-2018
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Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

La superfinal River-Boca plantea, al igual que muchos grandes espectáculos, un típico problema de asignación (micro) económico. Todos sabemos que el sistema de venta tradicional, que vende a precios fijos y no tan elevados, no es el ideal. Genera enormes costos de filas e incidentes y, cuando el control es insuficiente, crea el espacio para la especulación de la reventa, que no siempre beneficia a quien más lo merece.

Una oferta limitada y una demanda gigantesca señalizan una disposición a pagar por el espectáculo un precio muy superior al oficial. Esto implica que el club estaría perdiendo una gran oportunidad de realizar pingües ganancias “rematando” los tickets al mejor postor. Varios economistas favorecen esta solución, no solo porque así el club maximiza beneficios, sino además porque se trataría de un resultado “eficiente”. Esta eficiencia se define en términos subjetivos: se supone que el que compra un boleto caro revela su ardorosa intención de ver el partido en la cancha en la que se juega. Si las entradas van a los que más las valoran, el sistema asigna eficientemente.

Sin embargo, la historia es incompleta, porque asume que todos tienen la posibilidad de participar de la licitación. Pero es obvio que cuando el precio es muy alto, no todos tienen los ingresos suficientes. Un economista tradicional sugeriría solicitar un crédito, pero los bancos exigen una garantía para este tipo de préstamo, de la que los de bajos ingresos suelen carecer. De esta manera, la subasta libre no es moralmente neutra: beneficia a aquellos que tienen la posibilidad de participar de ella.

Los problemas de la licitación abierta no terminan allí. Cuando la percepción subjetiva de la utilidad de ir a la cancha es muy alta, hay gente de pocos ingresos dispuesta a hacer sacrificios exagerados para obtener una entrada, que con la perspectiva del tiempo son evaluados como errores irreversibles. Durante la final del Mundial del '78 abundaron los ejemplos de fanáticos malvendiendo todo su capital por una entrada en la reventa, ante la atónita mirada del resto de la familia, que veía hipotecar su futuro a cambio de un par de horas de fútbol.

Los clubes, finalmente, también tienen mucho que perder implementando estos remates de mercado para asignar entradas. Su reputación (y por tanto, en el mediano plazo, el apoyo de sus simpatizantes), depende en buena medida de su relación con sus hinchas, que en el fútbol no son precisamente de clase alta. Un precio de venta razonable, aun para eventos especiales, es percibido como una oportunidad para casi todos, y no sólo para unos pocos. Pocos clubes desean arriesgar su buen nombre por un puñado de dólares. Finalmente, cuando la distribución de entradas es por orden de llegada y a nombre del que está en la fila, la gente interpreta que existe algún tipo de mérito en llegar con mucha anticipación.

Así, los criterios puros de mercado para el caso de las entradas de espectáculos con oferta limitada no son necesariamente a prueba de errores ni moralmente intachables. Y no es obvio que sean superiores a los sistemas vigentes que, por otra parte, se utilizan en la mayor parte del mundo.

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