Ajedrez fatal

25-11-2018
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Por Jorge Bertolino Economista

En una nota anterior, sugerimos extremar los recursos para obtener un préstamo de libre disponibilidad para el BCRA, con el cual respaldar una informal y móvil convertibilidad, con bandas cambiarias, de nuestra moneda contra el dólar estadounidense.

El objetivo del esquema propuesto es recuperar certidumbre para, de esta manera, provocar una rápida y genuina disminución de las tasas  de interés domésticas.

De otra manera, no será posible detener la dramática espiral recesiva en que se encuentra inmersa  nuestra economía.

En algunos meses veremos una caída de la recaudación tributaria, como  consecuencia de tres factores.

La disminución de la actividad económica.

Las complicaciones en la cadena de pagos.

El incremento de la presión tributaria agregada.

La Curva de Laffer, a la que nos hemos referido en reiteradas oportunidades en esta columna, predice que el exceso de tributación, superado el punto máximo de la curva que relaciona presión e ingresos fiscales, hace que su pendiente pase a ser negativa, provocando mermas, en lugar de incrementos, en la recaudación total. Es ilusorio, entonces, que el año próximo pueda existir equilibrio fiscal primario. Un déficit de  2% del PIB es más realista y factible.

Sin una baja importante del gasto público, la expansión de la cantidad de dinero relevante para la estimación de la inflación futura no es la de la base monetaria, que el gobierno pretende sea cero, sino la sumatoria de todos los déficits monetizables: el primario, los intereses a cargo del Tesoro y el cuasifiscal en cabeza del BCRA. Difícilmente este número sea inferior a 6% del PIB.

Al déficit cuasifiscal contribuirá principalmente la retribución de los encajes remunerados a los bancos, mediante las Letras de Liquidez (Leliq).

Por otra parte, la transitoria ganancia de competitividad cambiaria provocada por el fuerte deslizamiento del tipo de cambio de los últimos meses se irá esfumando a medida que el continuo incremento de los precios deteriore el nivel actual del tipo de cambio real, augurando nuevas y abruptas subas del tipo de cambio nominal.

Como hemos sostenido repetidamente en esta columna, la inflación es un fenómeno estrictamente monetario, y se produce instantáneamente en el momento mismo de la emisión monetaria indeseada.

Existe una cuestión semántica que dificulta el análisis y la comprensión de esta importante cuestión. Suele caracterizarse a la inflación, incluso en los principales textos académicos con los que se forma a los jóvenes estudiantes de economía como "el incremento sostenido del nivel general de precios".

Se confunde habitualmente, entonces, la inflación y el incremento del nivel general de precios.

Como dijimos anteriormente, una vez producida la expansión monetaria indeseada, disminuye automáticamente en la misma proporción el poder adquisitivo de  la moneda. Es esta nuestra definición de la inflación. Su negación implicaría afirmar que debería emitirse dinero lo más rápidamente posible, a fin de aumentar la riqueza y el bienestar de la población.

Posteriormente, con los retardos y las irregularidades que describiéramos en varias de nuestras  notas anteriores en este diario, esta pérdida del poder adquisitivo del dinero se efectiviza mediante su traslado a los precios con una velocidad que depende de varios factores, uno de los  cuales es el grado de represión que suelen introducir los controles de precios, las altas tasas de interés domésticas y los ingresos de capitales especulativos de corto plazo.

No todos los bienes aumentan al mismo tiempo ni en la misma proporción, pero la suba de unos induce la suba de otros,  en lo que algunos economistas denominan equivocadamente "inflación de costos".  En este esquema, la inflación ya ocurrió, como explicamos anteriormente. Lo que ahora ocurre es su traslado a precios mediante lo que podríamos denominar "mecanismos de transmisión o de propagación" de la misma.

También suele citarse entre los supuestos  diferentes  tipos de inflación a la estructural y a la de demanda. Algunos economistas sostienen también que la inflación es multicausal. Aquí sostendremos que la inflación es exclusivamente monetaria, y que la pérdida de poder adquisitivo del dinero se filtra a través de la estructura de precios mediante los mecanismos de transmisión mencionados precedentemente y que el exceso de demanda nominal en el mercado de bienes es la contracara del exceso de oferta en el mercado monetario. No existe multicausalidad.  Sólo exceso de oferta monetaria.

El tipo de cambio es un precio más entre tantos, aunque el carácter bimonetario que caracteriza a nuestra economía hace que sea considerado además como un activo financiero. Su demanda, en cuanto tal, e independientemente de su uso como medio de cambio para el comercio internacional, es inversamente proporcional a la demanda de moneda doméstica.

En períodos de expectativas favorables y confianza en la estabilidad macroeconómica del país  y en presencia de tasas de interés domésticas  superiores a la devaluación esperada, el tipo de cambio sube en último término, cuando varían negativamente las antedichas condiciones. En este caso suele decirse que el dólar se recupera del atraso cambiario preexistente.

En otros casos, el tipo de cambio sube en primer término, y luego lo siguen los demás precios, luego de fuertes disrupciones en las expectativas macroeconómicas. Este fenómeno confunde a muchos, y suele hablarse de inflación cambiaria. Aquí el tipo de cambio se adelanta, pero siempre es fruto de emisiones monetarias previas. La intervención gubernamental o un nuevo cambio de expectativas suele detener repentinamente su curso, permitiendo a continuación que el aumento de los precios iguale en sucesivas e irregulares oleadas al incremento previo de la divisa.

En síntesis, la inflación es un fenómeno estrictamente monetario y se produce como consecuencia de la pérdida de  poder adquisitivo de la unidad  de medida, el peso.

Su traslado a precios se produce  mediante mecanismos de transmisión y/o propagación que inducen a caracterizar erróneamente diferentes  tipos de inflación: estructural, de demanda, de costos, cambiaria, inercial, etcétera.

En los últimos quince años hemos tenido una expansión monetaria indeseada de aproximadamente un 30% anual, con diferentes grados de represión de la misma. La inflación actual y la venidera  es fruto de este fenómeno y, como explicamos en notas anteriores, no existe artilugio monetario alguno que pueda evitar de manera permanente que los precios suban hasta eliminar este desequilibrio.

Si se ha seguido atentamente el argumento se comprenderá entonces la ingenuidad de las apreciaciones de quienes por desconocimiento cuestionan el aumento de los precios pese a la disminución del valor reciente de la divisa.

Dicho en otros términos, el Plan Doble 0 está siendo exitoso en detener la suba del tipo de cambio, pero no es ni será nunca exitoso en disminuir significativamente la inflación, aunque pueda reprimir parcial y transitoriamente su traslado a precios.

Solamente una suba abrupta de la demanda de dinero o la realización de reformas estructurales que induzcan una mejora indirecta en el tipo de cambio real serían capaces de morigerar genuinamente la situación actual, disminuyendo la inercia de los precios. En ausencia de ambos, escenario altamente probable durante lo que queda de este gobierno, el único ancla que permitiría evitar la espiralización de los precios y una eventual hiperinflación es el salarial.

La licuación del poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones no podrá evitarse. En realidad esta licuación ya se produjo, conjuntamente con la fuerte baja del  consumo. Los aumentos nominales de  salarios y jubilaciones no permitirán recuperar lo perdido, puesto que el incremento de costos se trasladará rápidamente a los precios. Una eventual ronda de incrementos salariales excesivos provocaría, además, una espiral precios-salarios muy peligrosa, que perjudicaría aún más a los sectores de ingresos fijos y que podría, incluso, devenir hiperinflacionaria.

Se trata de un ajedrez fatal, una perversa e impopular trampa, fruto del exceso de gasto público, padre de la emisión monetaria indeseada, y de la falta de reformas estructurales, que fueron abandonadas a su suerte debido a la omnipotencia que algunos buenos resultados electorales indujeron en la mente de los principales funcionarios y asesores de la actual administración.

Que la única manera de mantener la estabilidad y evitar la hecatombe sea incrementar la recesión y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y las jubilaciones denota una preocupante falta de audacia e imaginación para encontrar caminos alternativos que no sean tan costosos en términos sociales. Insistir con estas inútiles e impopulares políticas nos conduce inexorablemente, en ausencia de cambios, a un default o confiscación parcial de la deuda interna para evitar el default de los  acreedores internacionales, principalmente el FMI, a quien, obviamente, se considera prestamista de última instancia y acreedor privilegiado.

Increíblemente, un Gobierno que no hizo prácticamente ningún ajuste hacia la baja en el gasto público, puede ser acusado no sin razón de "pagarle al FMI con el hambre del pueblo". Triste destino de la falta de decisión política para encarar los males de décadas y la nefasta herencia de los  que ahora se proponen como alternativa.

Aunque, justo es decirlo, esta administración ha sido sumamente exitosa en montar su propia y pesada herencia para el próximo Gobierno. Cruel mecanismo de  relojería pronto a estallar ante el menor soplo de frente en el escenario internacional.  Plan Bomba II podríamos llamarle. Aunque en su interior anidan crecientes desequilibrios monetarios capaces de hacer volar todo por los aires sin necesidad de complicaciones externas.

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