El redespliegue militar de Estados Unidos tras el fiasco de Afganistán

13 de septiembre, 2021

El fin de la era de Estados Unidos en Afganistán

Por Atilio Molteni  Embajador

Tanto el Presidente como el resto de la clase política de Estados Unidos acaban de recibir dos enormes lecciones de reprobación colectiva. La primera, destinada a señalar que un carísimo error de diagnóstico surgido de la política exterior, y de las estrategias del Pentágono, no se puede resolver con un caótico retiro del teatro de operaciones, dejando en estado de perplejidad e indefensión a una multitudinaria alianza global y a las fuerzas locales que demostraron lealtad. La segunda es que “la democracia no se exporta”.

Así las cosas, el asunto no sólo demanda reconocer los hechos, sino elaborar un serio y creativo análisis acerca de las consecuencias internacionales que semejante fiasco podrá tener sobre la reputación y confiabilidad de Washington.

Semejante labor también supone no perder la cabeza al definir la nueva presencia del país en el mundo.

La lista de fracasos y retiros militares de diferentes países occidentales que ocuparon territorio extranjero no es corta. En ella figuran, entre otros, los casos de Argelia (1962); Vietnam (1975), Iraq (2011), Sudán (2011) y, en días recientes, el de Afganistán (sin olvidar Libia, un conflicto que podría calificarse como asignatura pendiente).

De poco sirve la razonable explicación del actual jefe de la Casa Blanca, Joe Biden, cuando alega que la decisión de salir de la línea de fuego era fruto de la lógica y sólo orientada a bajar la cortina tras dos décadas de inevitables y persistentes fracasos. Semejante escenario pedía a gritos cortar la cadena de errores. Pero no con un discurso limitado. La letra del primer mandatario es una respuesta a lo que no se cuestiona.

Tanto la opinión pública de su país, como la del mundo entero, estaba objetando el cómo de la retirada, no la imperiosa necesidad poner fin a las acciones lanzadas al calor de los atentados contra el World Trade Center y otros objetivos. Someter al conjunto de tribus que pueblan Afganistán a la cultura de la democracia occidental, nunca fue un acto de cordura.

El cuadro que emergió tras la huida es muy preocupante. El Talibán designó un Gobierno interino compuesto por exponentes de la línea dura y exclusivamente pastunes (45% de la población), pandilleros a los que la ONU tiene identificados como terroristas. El cargo de Primer Ministro será ocupado por Mohamed Hassan Akhund, un clérigo que fue ministro y un asesor muy próximo del fundador del movimiento Mohamed Omar, y por otros integrantes que pertenecen al grupo Haqqani, al que Washington calificó de organización terrorista.

Estas definiciones llevan a creer que el grupo podrá intentar gobernar con el mismo estilo y los mismos métodos que aplicó durante la etapa en que ya accediera a las riendas del poder, el quinquenio comprendido entre 1996 y 2001.

Bajo tal encuadre es utópico imaginar la existencia de una élite con pensamiento inclusivo, una de las condiciones requeridas por la comunidad internacional para reconocer al nuevo Gobierno. Tampoco cabe esperar que la nueva dirigencia tome en serio las exhortaciones contenidas en la resolución 2593 del Consejo de Seguridad de la ONU, dirigidas a respetar los derechos de las mujeres y las minorías.

Los observadores sostienen que la caótica retirada estadounidense habrá de menoscabar su cruzada global en defensa de los derechos humanos. El dato se convertirá en un difícil precedente cuando toque evaluar casos similares al de Afganistán, como también las muy sensibles y complejas negociaciones sobre el desarrollo nuclear de Irán.

Parecidos cortocircuitos surgieron y habrán de propagarse entre los miembros del Partido Republicano de Estados Unidos, cuando sea el momento de concebir la estrategia para dirimir las elecciones de medio término del año próximo, ya que hoy tales operadores hacen lo posible por olvidar que la retirada de Afganistán fue motorizada por el expresidente Donald Trump. Y si bien más del 50% de la población estadounidense no impugna la decisión en sí que adoptó el Presidente Biden, tampoco se inhibe de mencionar que no se demostró competente, dañando los intereses de Estados Unidos al dar una imagen de derrota en la confrontación con los terroristas afganos.

Paralelamente, en Europa hay nuevas inquietudes acerca de cuán realista es contar con el respaldo de Washington para garantizar la compleja seguridad de ese continente. Tal interrogante volvió a hacer mella en el debate sobre cómo hacer creíble su política exterior, sin ésta no guarda proporciones con su poder económico. O sea, sin tener una capacidad diplomática y militar equiparable a la de un “poder duro”.

En el pasado las propuestas de defensa común del Viejo Continente (la UE) se quedaron en fintas debido, entre otras razones, al costo presupuestario y a los problemas de coordinación que genera crear estructuras paralelas a la OTAN, sin que las mismas sean un tangible aporte a la seguridad europea.

Ahora es el Presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien afirma que la UE debe desarrollar su “autonomía estratégica”, asunto que fue a la agenda de una reunión de ministros de relaciones exteriores que se realizará en octubre de este año como escala intermedia para definir la política oficial ad hoc en marzo de 2022, cuando el mundo parece dividirse entre el campo democrático y el autoritario. Estas ideas sólo cobrarán vida si los países del Báltico (también miembros de la OTAN) olvidan sus habituales reparos y no le buscan la quinta pata al gato a la hora de aprobar las decisiones comunitarias.

Este inesperado proceso se agrega a las difíciles elecciones legislativas de Alemania (709 bancas), a cuyos miembros le tocará elegir quién fungirá como Canciller, durante el período 2021-2026, en reemplazo de Angela Merkel. El cambio de líder puede ser muy traumático, ya que sustituir a esta singular estadista que aseguró la estabilidad del país no es asunto sencillo o claro.

Hoy no está asegurado que el nuevo Canciller salga de las filas de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) o de la Unión Social Cristiana (CSU) su socio de Baviera, fuerzas que controlaron el poder durante 50 de los últimos 70 años de la historia alemana, pues el candidato de esta centroderecha Armin Laschet (CDU-CSU), un aparente delfín de Merkel (quien optó hace poco “por el mal menor”) fue muy criticado por el modo en que manejó la campaña electoral.

Las encuestas indican que puede ser superado por Olaf Scholz (SPD), en una coalición de los social demócratas con otros dos Partidos, que pueden incluir nada menos que los “verdes” (que están de moda). Su desempeño como ministro de Finanzas y vicecanciller de Merkel durante su cuarto Gobierno ha sido muy eficiente, pues aseguró la estabilidad no obstante la pandemia. Ahora promete no aumentar impuestos, pensiones estables, viviendas sociales y una economía que tenga en cuenta al medio ambiente.

Este telón de fondo importa, debido a que el despliegue militar de Alemania en Afganistán fue uno de los más importantes de su historia y uno de los que provocó mayor conflicto en la campaña electoral.

En el contexto de este enfoque es posible suponer que, dado el eventual cambio de guardia en los ámbitos del poder de Alemania, cuyo principal socio comercial es China y habiendo sido Merkel cuestionada por centrarse en su relación económica, podría inclinarse hacia criticar más vigorosamente sus violaciones de los derechos humanos y de los valores democráticos, con cambios en sus políticas de seguridad y defensa.

Sin embargo, esa conclusión requiere hilar más fino. Europa fue el centro de la política de Washington durante la Guerra Fría, énfasis que no sufrió muchas alteraciones debido a las medidas desestabilizadoras de Moscú y la centralidad autocrática que asumió Vladimir Putin en sus desarrollos internos. Y si bien hay otros escenarios, lo único que hizo desviar ligeramente el timón, es la creciente relevancia que otorga la Oficina Oval a las relaciones con China y a la región Asia-Pacífico.

Para enfrentar esa situación, Washington necesita su propia coalición amplia y trasnacional, basada en valores universales como la “regla de la ley” (cuya vigencia está algo desprestigiada), el libre comercio (que hoy por hoy es una entelequia), el respeto a los derechos humanos y la lucha contra la impunidad; y un enfoque común ante el desafío chino.

Estos ingredientes dieron lugar a lo que algunas comentaristas llaman la Doctrina Biden, que deja atrás la era posterior al 9.11.2001 y las anteriores características de la “guerra contra el terror”. Ese pensar consistiría también en desarrollar una fuerte economía interna cuya agenda (que se discute actualmente en el Congreso), consiste en un plan de US$ 3,5 billones (trillones, en inglés) para detener el cambio climático, expandir los planes de salud, desarrollar la infraestructura, la política industrial y la educación, disminuir la pobreza y aumentar los impuestos a las clases más ricas para asegurar un permanente avance tecnológico y la renovación nacional.

Por otro lado, Estados Unidos y China tendrán que decidir si es definitivo el paso de una relación de competitividad a una abierta confrontación, paradigma que coincide con el período en que creció el poder personal del Presidente Xi Jinping, quien extendió la influencia del Partido Comunista chino a todos los aspectos de la vida interna. Esa gigantesca situación doméstica incluye las situaciones críticas de Hong Kong, los uigures musulmanes y las tensiones con relación a Taiwán.

Ambos países (China y Estados Unidos) ya no tienen o no usan las bases de su relación comercial y se enfrentan en muchos terrenos, incluido el de las nuevas tecnologías, pero hay mucho espacio en la tarea común contra el cambio climático, la preservación de la biodiversidad (recién ahora prioritario para Washington), el desarrollo del ciberespacio y buscar puntos en común respecto de crecientes zonas de conflicto regional en el mundo.

El 9 de septiembre, Biden tuvo su segunda conversación desde febrero con el líder chino, en lo que los analistas describieron como una nueva línea de comunicación y un esfuerzo para romper la parálisis de sus relaciones bilaterales, ocasión en la cual habría resaltado su interés en la paz, la estabilidad y la prosperidad en la región Asia-Pacífico y en el mundo. En el futuro próximo podremos apreciar si ambas potencias pueden superar el nivel más bajo de sus relaciones en medio siglo.