El Afganistán de los talibanes

El mundo ve con horror los sucesos en Afganistán, mientras que los gobiernos miran con amor sus intereses. El realismo estático y el idealismo estúpido encontraron otra víctima.

7 de septiembre, 2021

El Afganistán de los talibanes

Por Martín Pradás (*)

Los sucesos de Afganistán conmocionan al mundo. Las preguntas brotan a partir de cada nueva imagen, al igual que las críticas. ¿Pero qué sucedió en Afganistán? En primer término, intentaremos dar respuesta a esto. 

Afganistán es un territorio ubicado en Asia central, que comparte frontera con Irán, China, Pakistán, Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán. Es conocido como “el cementerio de los imperios” dado que ni Alejandro Magno, ni la reina Victoria, ni Leónidas Brezhnev, ni en este milenio diversas administraciones norteamericanas, pudieron mantener el territorio bajo control efectivo. Esto se debe, a grandes rasgos, a su complejidad geográfica y falta de desarrollo. 

La última víctima de esta maldición fue una misión de la OTAN liderada por Estados Unidos. El enemigo sería su propia creación: grupos muyahidines que financió y armó durante la década de 1980, entre los cuales se encontraban los talibanes. 

Su aparición se da en el marco de la Guerra Fría, cuando la URSS invadió Afganistán con la idea de consolidar un estado de corte comunista. Al ser el ateísmo uno de los pilares del comunismo, encontró pronta oposición de los grupos islamistas y los más extremistas se alzaron en armas. 

EE.UU., bajo una lógica realista, ayudó a estos grupos. Sin embargo, tras la retirada soviética y el posterior colapso de la misma, Afganistán cayó en una guerra civil en la que los talibanes salieron victoriosos, formando así un Emirato Islámico entre 1996 y 2001, donde se aplicaría con mano de hierro la ley Sharía.

Tras el atentado terrorista contra las Torres Gemelas, EE.UU. recurrió a una política de corte intervencionista. Así fue como, apoyado por la OTAN, invadió Afganistán, acusando a este estado de promover el terrorismo. Esta invasión apartó a los talibanes del poder formal, tomando su lugar un Gobierno islamista moderado. La presencia de las tropas de la misión era constante (llegó a haber 110.000 soldados norteamericanos) ya que este nuevo gobierno no podía garantizar su propia seguridad. Aun así, en las provincias del interior del país los talibanes se hacían presentes y sobrevivían en los agrestes paisajes del país asiático.

Los talibanes, sabiendo que ningún país extranjero había soportado mucho tiempo allí, plantearon una guerra de desgaste. Los recursos son finitos y el apoyo popular a tales intervenciones también (más de 3.500 muertes de soldados de la coalición). 

Para fines de la década del 2010, las potencias de la OTAN no podían seguir manteniendo grandes esfuerzos sin resultados. Donald Trump, decidido a poner fin a esta política de sheriff mundial, estableció una salida de Afganistán, en teoría organizada, intentando un acuerdo con sede en Qatar entre los talibanes y el gobierno afgano. Pero tras su fallida reelección, estos esfuerzos se abandonaron, aunque no la intención de abandonar Kabul. Así fue como la administración de Joe Biden prosiguió con el plan, retirando las tropas progresivamente, dejando a su suerte al ejército afgano.

Los talibanes estuvieron durante meses avanzando sobre las provincias y sus capitales, tomando los territorios aledaños. Pero, en un movimiento relámpago, antes de lo que los informes de la CIA contemplaban, cayó Kabul junto con el Gobierno afgano. Así, se concretó su vuelta al poder, donde se cree que aplicarán la ley islámica. Esto causa terror en los corazones de los millones de habitantes, sobre todo en las mujeres, quienes cuentan con nulas libertades y derechos en dicho sistema. De ahí las imágenes de desesperación en las calles y aeropuertos de Kabul.

Las 3 preguntas

¿Quién es el responsable? ¿Se puede hacer algo? ¿Este hecho cambia el balance internacional?

Las 3 preguntas están profundamente conectadas. Hablan de la crónica de un desastre anunciado no por la intervención norteamericana a una soberanía ajena (ingenuo el que cree que EE.UU. es el único que lo hace, en tal caso es el único que lo hace público) sino porque solamente EE. UU. fue el único que se dignó en hacer algo. Los motivos pueden ser cuestionables: económicos, seguridad nacional, o simple garante de la democracia internacional. Sin el soporte genuino de la comunidad internacional, se demostró que fue imposible la transformación de una nación e impedir el avance de la barbarie por sobre la libertad y los derechos. 

Estados Unidos es responsable pero, tomando un latiguillo futbolístico, erra el penal quien lo patea y no todos se animan a patear el penal. Es verdad que podemos criticar muchas decisiones, empezando por el estado implantado post invasión en 2001 o la orientación casi exclusivamente bélica que se tomó, dejando de lado el desarrollo y progreso de la sociedad afgana en su conjunto. Se intentó crear un Estado, que dio sus relativos frutos, pero que no se pudo afianzar. El Estado débil y corrupto no supo mantener los esfuerzos de guerra debido a que la pobreza y la necesidad resquebrajaron desde los cimientos a la sociedad afgana. Sin embargo, aun así, es de los niveles de vida más altos que se vio en la historia reciente de Afganistán.

 Encuentro incorrectas las críticas de que ningún país se puede hacer “artificialmente” o “desde afuera”. Los ejemplos de la segunda posguerra lo demuestran: Alemania Occidental y Japón se hicieron prácticamente desde la intervención militar de los aliados. En estos casos la intervención era necesaria, pero no suficiente. Estas experiencias dictan que a nivel interno necesitas contar con un actor poderoso, que entienda la política, que cuente con los recursos para hacer reformas, pero a la vez necesitas contar con quien tenga las ideas certeras para esas reformas. En el caso de Alemania, la figura política se vio plasmada en Konrad Adenauer y la figura económica en Ludwig Erhard. Desde la base de la estabilidad y prosperidad económica, Alemania Occidental supo contener el frente más difícil de la Guerra Fría.

El “¿qué se puede hacer?” es relativo debido a que ya se hizo y mucho (US$ 822.000 millones en 20 años) para que el Estado afgano mantuviera a raya a los talibanes. Sin embargo, este esfuerzo fue particular de los países de la OTAN con EE.UU. a la cabeza; quedaría preguntarnos por el escenario de las organizaciones internacionales como la ONU. 

La ONU para actuar de manera tangible debe tener cierto consenso, particularidad que hoy no se da debido a la pugna entre EE. UU., China y Rusia. Por esta razón, esperar un accionar directo de la ONU sobre grandes temas en el escenario internacional es mucho pedir. Por ejemplo, los intereses chinos en la región son diversos pero, a la vez, contradictorios ya que el ascenso de un Gobierno fuerte como el talibán puede llegar a estabilizar el país, y a los talibanes con ansias de reconstruir la economía nacional les servirían los dólares de Pekín. La nueva ruta de la seda como vía para conectar China con los mercados europeos y mundiales es la estrategia para reñir la hegemonía a Estados Unidos. La seguridad de Afganistán es la seguridad de la ruta. 

Simultáneamente, China ha estado teniendo conflictos en las regiones del oeste debido a las insurrecciones de grupos islamitas y separatistas y, por lo tanto, la posición que tomarán los talibanes es clave para la seguridad interior china. 

El tablero mundial difícilmente cambie, pero el regional se encuentra sumido en una crisis debido a la incertidumbre generada por la inestabilidad. Potencias regionales como India, Paquistán y Turkmenistán tienen intereses en la construcción de un gasoducto que representa un gran salto en el desarrollo de la zona. Este atraviesa territorio afgano, por lo que su seguridad se vería comprometida si el conflicto se recrudece. Por su parte, los talibanes ya han emprendido misiones diplomáticas (desde antes de su llegada al poder), buscando apoyo de sus vecinos y dando su palabra de que garantizarían la seguridad del gasoducto. 

Afganistán, tierra indomable que supo soportar las falanges macedónicas, hoy en día conserva el mismo valor estratégico y la misma maldición. El mundo ve con horror los sucesos, mientras que los gobiernos miran con amor sus intereses. El realismo estático y el idealismo estúpido encontraron otra víctima.  

(*) Licenciado en Relaciones Internacionales