Argelia: el conflicto externo como maquillaje para un régimen anquilosado e ineficaz

Argelia no avanza en ningún plano como consecuencia de un régimen anquilosado que se mantiene, resistido por gran parte de la población y solo es sostenido por las Fuerzas Armadas

6 de septiembre, 2021

Argelia

Por Luis Domenianni

Sin dejar de tener en cuenta siempre los numerosos aportes que el mundo árabe hizo para el progreso de la humanidad en matemáticas, en astronomía, en filosofía, en literatura, en arquitectura, etcétera, si algo caracteriza a los estados que hoy conforman la región es la inestabilidad política.

Con excepción de las monarquías del Golfo en mayor medida, y de los reinos de Jordania y Marruecos en menor, el resto de los llamados países árabes muestran conflictos que van desde la guerra civil en Siria y Libia, a los estados fallidos como Líbano, pasando por los pujas comunitarias en Irak, sin olvidar las contestaciones en Argelia, Egipto, Túnez y Sudán.

Sin embargo, fueron excepcionales los conflictos entre estados árabes más allá de las tensiones internas. No se debe contabilizar la guerra Irak-Irán, ya que los iraníes no son árabes, sino mayoritariamente persas. Tampoco, obviamente, las situaciones bélicas que tiene como protagonista a Israel y a las facciones palestinas.

Queda entonces la invasión del Líbano por Siria en la década de 1970 y la actual guerra en el Yemen con la participación de Arabia Saudita y de los Emiratos Arabes Unidos.

Sin un marco bélico por el momento, en agosto de 2021, casi sorpresivamente, Argelia rompió relaciones con su vecino Marruecos. Fue un hecho sorpresivo sí, pero no inesperado. Ya ocurrió anteriormente, en 1976, en ocasión del reconocimiento argelino a la unilateralmente declarada independencia de la República Arabe Saharaui Democrática.

Se trata del territorio colonial conocido como Sahara español que fue literalmente abandonado por España, estado responsable de la ocupación ilegal de dicho territorio, en sus dos terceras partes, por parte del norteño Marruecos y de la sureña Mauritania para el tercio restante.

Fue un pacto “secreto” entre el futuro monarca español Juan Carlos y el departamento de Estado norteamericano el origen de la intromisión marroquí en el exSahara español. Deseoso del apoyo de Estados Unidos, Juan Carlos entregó el territorio, rico en fosfatos, hierro, petróleo y gas.

Mauritania se retiró en 1979 y Marruecos ocupó la totalidad del ex Sahara español, ocupación que fue resistida por la población saharaui deseosa de alcanzar la independencia a través de un referéndum que, estipulado para 1976, nunca se llevó a cabo.

Como resultado quedó constituido política y militarmente, el denominado Frente Polisario -Frente Popular por la Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro- que domina actualmente las zonas fronterizas con Argelia y Mauritania.

La situación saharaui es la principal fuente de conflicto entre Argelia y Marruecos. Y es que Argelia fue el único país que, inicialmente, reconoció al Polisario como autoridad legítima y a la República Arabe Saharaui Democrática como un estado independiente.

En la vecina Tindouf, pequeña ciudad argelina fronteriza, los campamentos de refugiados saharauis se suceden unos a otros. La ciudad cuenta con algo menos de 50.000 residentes estables, a los que hay que agregar los 170.000 saharauis refugiados.

Pero Tindouf es además la base de operaciones del Polisario y fue la prisión de los soldados marroquíes capturados que llegaron a superar los 2.000 prisioneros.

Hace pues más de medio siglo que la rivalidad argelino-marroquí pasa por altibajos que no descartan una escalada militar entre ambos estados.

Es en ese contexto que el gobierno argelino, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Ramtane Lamamra, formuló el 24 de agosto de 2021 el anuncio de la ruptura de las relaciones diplomáticas.

Los incendios y la Cabilia

Muy preocupado por la situación interna con las movilizaciones del movimiento Hirak cuyos reclamos, aunque heterogéneos, se centran en la demanda de libertad, de democracia genuina y de retiro de los militares de la vida política, el gobierno argelino esperó una circunstancia propicia para direccionar su política hacia el conflicto externo.

Y la oportunidad se dio bajo la forma de fuego. Fueron los incendios forestales que arrasaron el noreste del país que ofrecieron la excusa necesaria.

Es que los incendios se desarrollaron y arrasaron las zonas boscosas de la Cabilia. Rápidamente las autoridades argelinas los consideraron de origen intencional -como suelen ser la mayoría de los fuegos boscosos-, pero agregaron el calificativo criminal.

Para colmo, los incendios causaron la muerte de 90 habitantes, entre los cuales 33 soldados. Por consiguiente, no fue un descuido, ni una negligencia. Fue una intención de daño.

De nada sirvió señalar que las temperaturas superaron en la región los 44 grados centígrados y que los incendios suelen presentarse año tras año para la época estival. Antes de que los fuegos fuesen extinguidos, el presidente argelino Abdelmadhjid Tebboune hablaba de la “intención criminal” y comunicaba que 27 sospechosos habían sido arrestados.

Faltaba “designar” un culpable. Alguien que, políticamente, resultase culpable. El sayo cayó sobre el “Movimiento por la Autodeterminación de la Cabilia”, una organización fundada en 2001 con la intención de alcanzar una autonomía para la región dentro de la República de Argelia que, en 2013, pasó a postular como objetivo la independencia lisa y llana de la región.

Cabilia es una región poblada por bereberes, etnia que practica mayoritariamente el islam pero que se diferencia de los árabes, entre otras cosas, porque emplean lenguas diferenciadas. El bereber de Cabilia es una variedad local del idioma bereber.

Los bereberes de la Cabilia, emparentados con los Tuareg del Sahara -también bereberes- conforman la población más antigua de la región. Fue con ellos que trataron los romanos cuando invadieron la zona en el Siglo II. La llegada de los árabes fue muy posterior, cinco siglos después.

Si bien, para las autoridades argelinas y, sobre todo, para el Ejército, los reclamos de autodeterminación de la Cabilia -reclamo no atendido sobre la realización de un referéndum- no caen precisamente simpáticos, la concepción civil y pacífica del Movimiento por la Autodeterminación de la Cabilia (MAK) impide una acción drástica.

Pero no impide vincular al MAK con el reino marroquí. Menos aún, cuando algunos funcionarios marroquíes ofrecen esa posibilidad en bandeja al autoritario gobierno argelino. Fue el caso del embajador marroquí ante la ONU que declaró, durante una reunión del Movimiento no Alineado, que “el valiente pueblo Cabilio merece su autodeterminación”.

La respuesta del Alto Consejo de Seguridad fue por demás elocuente. Habló sobre “el arresto de todos los miembros de las organizaciones terroristas, en particular el MAK que recibe apoyo extranjero, a cuya cabeza se ubican Marruecos y la entidad sionista”, léase Israel.

El todo entra en la balanza geopolítica. Marruecos recibe apoyo norteamericano para reconocer como válida la ocupación del ex Sahara español, a cambio del reconocimiento del Estado de Israel. En la vereda de enfrente, Argelia que reivindica la independencia de los saharauis acusa a Marruecos de fomentar la de los Cabilios.

Independencia para unos, sí. Para otros, no. Según de quién se independicen.

La resistencia interna

A sus fracasos, el régimen autoritario argelino pretende disimularlos, casi siempre, con culpas ajenas. Así, todo cuanto ocurre en los alrededores del país pretende, como intención oculta, la desestabilización del Estado.

Se trate de Marruecos -ahora con Israel incluido-, de las aspiraciones separatistas tuareg en el sureño Mali, de la caída del régimen del dictador Muhamar Kaddafi en Libia, o la de su colega Ben Ali en Túnez, de las operaciones Serval y Barkhane francesas en el Sahel o de los ataques yihadistas a los yacimientos gasíferos del sur, todo es utilizado como excusa.

En rigor, la desestabilización no proviene del exterior sino del propio interior del país. Más exactamente, de una gran porción de la ciudadanía cansada de un régimen que muestra un fracaso notorio estructural desde la caída de los precios de petróleo y coyuntural en cuestiones tan actuales como los incendios forestales o la lucha contra el Covid.

Esos ciudadanos perciben al régimen, que remonta sus raíces a la lucha por la independencia de Francia, como corrupto, para nada transparente, ni democrático, intolerante y represivo. Se trata de quienes conforman el “Hirak”, palabra árabe traducida como “movimiento”, que proviene del Hirak Al-Janoubi, el Movimiento de Yemen del Sur.

El Hirak argelino comenzó el 16 de febrero de 2019 como un movimiento de resistencia pacífica -marchas- contra la reelección del autócrata Abdelaziz Bouteflika, quien gobernó el país durante 20 años, a partir de 1999.

La movilización obligó al candidato-presidente primero a abandonar, en marzo de 2019, su postulación y un mes después, en abril, la jefatura del Estado.

El actual Gobierno presidido por Abdelmadjid Tebboune es, aunque lo niegue, heredero del régimen creado en 1962 con el aún vigente Frente de Liberación Nacional, por aquel entonces, como partido único.

Claro que al oír sus declaraciones de principios y al escuchar sus comentarios sobre la realidad, surge una confusión notoria. Y es que, sin mencionar las cosas por su nombre, para el régimen existe un Hirak bueno y un Hirak malo.

El Hirak bueno o bendito es el Hirak que posibilitó poner fin a las derivas mafiosas del expresidente Bouteflika. El Hirak malo o maldito es el que pretende un cambio de régimen y al que sostienen, según el poder, “las fuerzas imperialistas y sionistas”.

Bajo ese parámetro, el programa y la acción de gobierno del presidente Tebboune se inscriben dentro del Hirak bendito. Para los ciudadanos que desafían al poder con sus desfiles, solo suspendidos durante un tiempo por la pandemia, se trata de un mero “gatopardismo”. Que algo cambie para que nada cambie.

Como “corresponde” para el Hirak malo, el régimen reserva detenciones y represión. Dos organizaciones son blanco de la ira gubernamental. Por un lado, el ya señalado Movimiento de Autodeterminación de la Cabilia (MAK). Por el otro, el Rashad, un movimiento islámista que se reconoce heredero del otrora Frente Islámico de Salvación declarado ilegal en 1992.

El presidente Tebboune prohibió, el 17 de marzo del 2021, las movilizaciones y el agrupamiento de personas. Sin palidecer, afirmó que no se trata de una limitación a las libertades individuales, sino una medida de “salud pública”.

Desde entonces, las movilizaciones que continuaron intermitentemente fueron reprimidas con rigor y las detenciones se multiplicaron. En particular, las de aquellas figuras del Hirak que se mantienen como opositores al régimen.

Una represión que se acentuó a medida que ganaban en inmediatez las elecciones legislativas convocadas por el régimen.

Legislativas y cambio de figuras

Se llevaron a cabo el 12 de junio de 2021. Previstas para el 2022, fueron adelantadas por el gobierno con la excusa del cambio constitucional votado por referéndum el 20 de noviembre de 2021.

Como quedó dicho, el contexto fue el de la persecución contra el movimiento de contestación popular, conocido como Hirak y, por tanto, de represión de la oposición.

¿Cómo votó la ciudadanía? Pues con los pies. En primer lugar, porque solo el 23,2% del padrón electoral concurrió a las urnas, o sea, de cuatro argelinos, solo uno votó. En segundo término, porque los votos en blanco cuadruplicaron el caudal de la agrupación que terminó en primer término.

En tercera razón, porque 72% de los sufragios válidos, es decir, el 16,04% del padrón, optaron por listas que no dieron el “piso” electoral requerido para alcanzar representación parlamentaria.

En síntesis, ganó por lejos la abstención, seguida por el voto en blanco, en tercer lugar, las candidaturas alternativas y en cuarto término los partidos reconocidos en su conjunto con el 15%.

Individualmente, los partidos más votados fueron el sempiterno oficialista Frente de Liberación Nacional (FLN) que solo “gozó” del voto del 6,24% del padrón; seguido por el opositor islamista Movimiento de la Sociedad por la Paz (NSP) con el 4,52% y tercero, el aliado del FLN, la Agrupación Nacional Democrática (RND) con 4,21%.

Para colmo de males para el presidente Tebboune y sus acólitos, el gobierno perdió la mayoría parlamentaria que detentaba con el apoyo del RND.

Del descrédito del gobierno y del partido gobernante deja constancia la caída de la participación ciudadana en las elecciones legislativas. En 2012, de las parlamentarias participó el 43% de los habilitados para votar. En 2017, ese porcentaje cayó al 35%. Ahora, se derrumbó a solo 23,2%.

Ya en la elección presidencial del 12 de diciembre de 2020, el ahora presidente Tebboune ganó en primera vuelta con el 58,13% de los votos válidos. Claro que dicho porcentaje representa, pese a la apariencia, una escasa minoría de ciudadanos. Porque se trata del 58,13% del 39,88% que sufragó.

En síntesis, como presidente, Tebboune solo fue elegido por el 23% del electorado. Es decir, menos de un argelino sobre cuatro eligió al actual presidente.

Como siempre ocurre en estos casos, se trató de presentar una cara nueva para un modelo obsoleto. La cara nueva fue la del flamante primer ministro Aimene Benabderrahmane, quién solo accedió a altos cargos en la función pública -gobernador del Banco Central y ministro de Finanzas- tras la renuncia del autócrata Bouteflika.

Benabderrahmane no pasó la única prueba a la que fue sometido en sus cargos públicos anteriores al de primer ministro. La crisis de liquidez que atravesó el país no logró ser superada durante su ministerio de Finanzas. Todo un antecedente.

En síntesis, Argelia no avanza en ningún plano como consecuencia de un régimen anquilosado que se mantiene en el tiempo resistido por gran parte de la población, y solo es sostenido por las Fuerzas Armadas.