Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Lo único que puede rescatar a la política, tan necesaria, es obligarla a definirse en la manera en la que nos vamos a proteger de los cuatro jinetes que galopan a un ritmo extraordinario: pobreza, deterioro del Estado, restricción externa y vaciamiento territorial.

5 de agosto, 2021

Los cuatro jinetes del Apocalipsis

Por Carlos Leyba

Familias, del mismo origen argentino, finalmente enfrentadas en la Primera Gran Guerra. Ese es el tema de la novela de Vicente Blasco Ibañez “Los cuatro jinetes…”.

Un rico estanciero de origen español y dos hijas casadas: una, con un francés, se radica en Francia y la otra -con un alemán- en Alemania. La guerra encuentra a ambas familias en frentes opuestos de una guerra que por la expatriación es una guerra ajena.

La guerra ajena es, en cierto modo, la consecuencia de no haber –ambas familias– gestado el “proyecto de vida en común” que es la aplicación de toda la energía a construir Nación.

Una metáfora de Argentina encendida en guerras ajenas como consecuencia de no estar forjando un proyecto de vida en común.

No hacerlo, postergarlo, es lisa y llanamente, alimentar la grieta, los odios, que hacen que los protagonistas de “ambas familias” no busquen otro destino que el exterminar al “otro”.

Crimen fratricida. Aún tenemos una raíz inmadura, débil, pero raíz al fin, que revela una común pertenencia que no podemos negar a costa de no realizarnos: no hay éxitos individuales en el marasmo de un fracaso colectivo.

En estas primeras horas de campaña electoral las palabras que se lanzan son de un vuelo a raz del suelo, triste, como si no fueramos parte de la misma historia. Es lo que vemos y oímos. Los candidatos, todos, escuchándolos dan pena por lo que dicen, por cómo lo dicen, y por lo que callan, ocultan o desfiguran.

A trazo grueso, y dejando de lado las izquierdas de militancia antisistema, la inmensa mayoría de esos polìticos no puede negar su complicidad con los deaguisados que nos hna traído hasta aquí. Una continua caída de la calidad de la vida política, de la economia y lo peor, el desastre social en que estamos tocando fondo.

No lo pueden negar los principales candidatos del Frente de Todos o de Juntos por el Cambio y tampoco los de la “supuesta tercera vía” de Florencio Randazzo. Las preguntas que pocos quieren responder es dónde estabas en los ‘80, en los ‘90 y en todo lo que transcurrió desde el S. XXI.

Todos pueden cambiar. Pero ninguno puede tirar la primera piedra; porque no están libres de haber sido parte de lo que terminó en hiper inflación o en hiper desocupación, o en hiper ensanche del Estado o en hiper acumulación de la pobreza o hiper incapacidad para crear condiciones de trabajo, que es la primera condición del arte de gobernar.

Empezando la campaña elaboran “manuales para tratarse bien” o “instructivos para tratar opositores”. No hay lecciones de humildad para no juzgar a los demas como si estuvieran libres de pecado.

Se ha demandado la expulsión de un diputado por expresiones denigrantes para personas notables de sexo femenino. Claro que debe ser condenada toda expresión impropia respecto de cualquier persona sin importar el sexo o género.

La agresion de palabra es parte sustantiva de lo que debemos superar. Como toda agresión.

O como todo discurso que elogie cualquier método de agresión ocurrido en la historia. En primer lugar la defensa de la violencia del Estado. Nadie debería reivindicar, aunque sea veladamente, el genocidio de la Dictadura.

Pero tampoco reivindicar la violencia y las muertes perpetradas por los grupos guerrilleros . Quienes lo sostienen debrían  reivindicar obras como “No matarás” del filósofo Oscar del Barco silenciada por una progresía que, a pesar de los años, podría seguir integrada –como dijo Juan Perón– por “estúpidos e imberbes”. Un juego peligroso.

Estamos lejos de un clima y un debate polìtico de convivencia politica civilizada. Como en la novela de Blasco Ibañez estamos,embarcados en el territorio de una guerra que no es la nuestra.

La guerra que alimenta la política, no es contra los jinetes que anuncian el riesgo de un real apocalisis del proyecto de Nación. La guerra de la política, en los actuales términos, es algo escandalosamente menor.

Ejemplos: la que en su juventud fue “maoísta” Beatriz Sarlo provoca con las “Malvinas son territorio británico” (porque) “son parecidas al sur de Escosia”; Florencia Peña, aclara “no soy la petera del Presidente”. Martín Tetaz dice “que Maria Eugenia tiene los huevos bien puestos” y alerta por el “Führer” y Victoria Tolosa Paz señala “machirulos del orto me tienen los ovarios al plato”. En estos barros transita la polìtica alentada por los mediáticos.

Mientras tanto cuatro jintes continúan su guerra de destrucción: pobreza, vacío territorial, restricción externa y aluvión del Estado fofo.

La pobreza crece como consecuencia de la incapacidad para revertirla de las ayudas de supervivencia.

Toda la estrategia de la pobreza hoy es de administración.

Administrar la pobreza es imprescindible pero insuficiente para superarla.

Hay que animarse a profundizar el diagnóstico y antes que sea demasiado tarde focalizar la acción en la pobreza infantil y urbana.

Los padres  podrán dejar de reproducir pobreza, tal vez, dentro de diez años si somos capaces de crear trabajo, incrementar la productividad, generar cuantiosas inversiones de desarrollo social. Diez años.

Para entonces los que hoy tienen 6 años serán muchachos que habrán crecido lejos de la tercera década del S. XXI. ¿Es tan dificil entenderlo?

Afrontarlo exige mucho coraje. Pero discutirlo, pensar juntos cómo hacerlo, es levantar al infinito el nivel de la polìtica.

Si no afrontamos de inmediato la discusión de cómo detener a este jinete apocliptico entramos en el tiempo de no retorno. No hay mas tiempo.

Nada podemos hacer con este Estado. Un frontón de algodón en que las pelotas no retornan.

Es el que tenemos, hijo de nuestros fracasos. ¿No deberían estar ahí los mejores? Al menos  el tiempo necesario para transmitir, luego de su experiencia, la visión única que ofrece la cosa pùblica. Le hemos metido miopía al Estado. Lo hemos encajado en cosas pequeñas de la política entendida como alcance y retención del poder.

Florece la consultoria política y el Estado carce de la inteligencia para pensar el futuro y de construir puentes para alcanzarlos.

Es el Estado que tenemos y así como sabemos que “la pobreza de los padres necesita mucho tiempo para terminar con ella”, elevar la calidad del Estado requiere muchos años. Pero en poco tiempo podemos habilitar la capacidad del Estado para pensar el futuro y alentar las grandes transformaciones que necesitamos.

Necesitamos que la política, en un gesto de humildad y generosidad, convoque a las universidades, a los centros de investigación para que reconstuyan un organismo multidimensional, sistémico, como el viejo INPE de la tercera presidencia de Perón o el Conade de Arturo Illia, que genere el listado de prioridades y el diseño de los proyectos que le den sentido a los gobiernos que se suceden, hasta ahora, con el penoso ritmo de administrar la pobreza y administrar la deuda, que todos heredaron y, vaya casualidad, todos generaron.

Transformar el Estado, alivinarlo de su peso inútil es una prioridad, pero como todo se pudre por la cabeza, reconstruyamos una cabeza sana en el Estado que es el organo de pensamiento sistémico cuya ausencia hizo de la Argentina el país de la impovisación, del vamos viendo, del gerundio, de los milagros efímeros y del infierno cotidiano tan temido.

El tercer jinete es la restricción externa: esa condena al estancamiento que hace que todo crecimiento del PIB –objetivo primario de toda polìtica económica– se detenga como consecuencia de los desequilibrios externos que implican constatar que “no hay dólares” y la adminsitración de crisis, en la que se cocina la polìtica, abre, entonces, dos ventanas. O detenemos la actividad o nos zambullimos en la deuda externa que, sin resolver el problema que genera la restricción, deriva inexorablemente en recesion.

Pato o gallareta, la restricción externa es la madre de 45 años de estaancamiento. Resolverla es transformar la estructura productiva.

Se requiere un programa de sustitución de importaciones y de sustitución de exportaciones, al que deben someterse todos los demás objetivos de la política económica de corto plazo.

Puesto de otra manera, el periplo interminable de procurar –sin resultado alguno– resolver los problemas, los desequilibrios, de la macro como condición previa a las políticas de transformación y crecimiento, ha demostrado ser inútil e intentar profundizarlo, a la manera de los libertarios o del nuevo liberalismo que cosecha voluntades juveniles, es sencillamente prender fuego en una pradera seca.

Resolver la restricción externa no es un problema financiero, ni un problema macro, es apuntar a la transformación estructural cuyos costos no son menores pero cuyos beneficios, cuando comienza el proceso, se notan.

El cuarto jinete es el país vacío, los recursos abadonados, que es la contracara de los otros tres jinetes, la pobreza es causa y consecuencia del país vacío.

El país vacío es causa y consecuencia de un Estado sin cabeza y profundamente ineficiente.

El país vacío está tan asociado a la restricción externa que, resolver esta, es ocupar todo el territorio de manera productiva.

¿Hay acaso una tragedia histórica mayor que hayamos vaciado el territorio de habitantes, de tareas productivas, de atracción inmoral de sus mejores cabezas?

Hubo una Argentina diferente. Pero el vaciamiento territorial nos ha generado la concentración de la pobreza urbana dónde todo se hace más dificíl; nos ha quitado la agregación de valor para resolver la restricción externa y finalmente, ha puesto la mayor parte de nuestro Estado de espaldas al interior con el agravante de una prédica supuestamente latinoamericana que olvida que el territorio latinoamericano está dentro de nuestras fronteras y somos nosotros mismos porque, en realidad, no todos descendimos de los barcos.

Lo único que puede rescatar a la polítca es definir la manera en la que nos vamos a proteger de los cuatro jinetes que galopan a un ritmo extraordinario: pobreza, deterioro del Estado, resriccion externa y vaciamiento territorial.

La única manera que nuestra novela no termine en guerra es forjar un proyecto de vida en común. Eso es “la política”.