Juan Vital Sourrouille

3 de agosto, 2021

Juan Vital Sourrouille

Por Jorge Lucángeli

El miércoles a la tarde falleció Juan V. Sourrouille. A mi juicio, y de muchos colegas también, uno de los economistas argentinos más brillantes que ha dado nuestro país. Escribió un libro junto con Richard Mallon que es imprescindible para comprender la política económica argentina: La política económica en una sociedad conflictiva. El caso argentino. Pero, además de este libro, escribió numerosos trabajos sobre la historia de la industria argentina (publicados en el Boletín Techint), la industria automotriz, las empresas transnacionales, la experiencia sobre la política económica del proceso y, en sus comienzos, numerosos documentos sobre cuentas nacionales y la distribución del ingreso en Argentina. Últimamente se había dedicado investigar sobre los balances de pagos durante el peronismo y estudios sobre el IAPI, las carnes y el trigo durante la presidencia del general Perón. Estos últimos trabajos los disfrutó enormemente porque se dedicó a investigar minuciosamente la información y descifrar datos contradictorios. Era un investigador obsesivo que no se detenía hasta no tener completamente dilucidado el tema.

Juan conjugó dos cuestiones relevantes: una sólida formación académica junto a una inusual habilidad para ejercer la gestión de la administración pública. Previo a su designación como Secretario de Planificación y posterior nombramiento de ministro de Economía en la presidencia de Raúl Alfonsín; había sido director del Indec y Secretario de Economía durante la gestión de Aldo Ferrer. Tenía treinta años en aquellas primeras aventuras.

Sourrouille fue un gran hacedor de instituciones. Valga, como conspicuo ejemplo, sus sucesivas presidencias del Instituto de Desarrollo Económico y Social. Acompañado por Getulio Steinbach hicieron del IDES un instituto señero de las ciencias sociales de Argentina y dieron un prestigio singular a Desarrollo Económico -Revista de Ciencias Sociales. Pero también tuvo una gestión destacada en la Fundación Centro de Estudios para el Cambio Estructural (CECE). Fue un ámbito destacado de discusión y publicaciones de políticas públicas.

Pero, probablemente, uno de sus logros más destacables se refiera a su capacidad de formación de profesionales en economía. Todos los que trabajamos con Juan experimentamos un salto en nuestra capacidad profesional. Aprendimos a hacer economía. Hacer análisis económico con Juan era adentrarse minuciosamente a examinar los datos. A desmenuzarlos hasta que nos mostraran la esencia. Y nos enseñó a disfrutar de la investigación. Pero, además, se ocupó de que muchos economistas estudiaran en el exterior. Varios de los economistas destacados estudiaron en el exterior gracias a las gestiones de Sourrouille.

Una de sus cualidades que sobresalieron fue la capacidad para formar grupos de trabajo. Tenía la particular habilidad de aglutinar a grupos de profesionales en función de un objetivo común y que cada uno de ellos lograra dejar a un lado sus vanidades personales. Muchos de estos grupos han perdurado y, en muchos casos, se reunían periódicamente a debatir cuestiones de política económica.

La generosidad era una cualidad destacable de Sourrouille, valor muy escaso en el gremio de los economistas, en el cual se tiende a esconder datos o información para proteger el poder monopólico. Yo lo llamaba, cariñosamente, el “Viejo Hucha” en referencia al personaje que interpretó Enrique Muiño. Buscaba y archivaba cuanto documento circulaba por las bibliotecas y, más recientemente, por el ciberespacio. Pero, a diferencia del personaje de Muiño, era habitual que cuando uno lo visitaba para discutir algún escrito o investigación en marcha, volviera con un montón de libros, documentos y papeles que Juan sacaba de sus arcones.

Somos muchos los que extrañaremos su presencia. Juan era un habitual referente de muchos de nosotros al que recurríamos frecuentemente. Éramos varios los que antes de dar a luz algún escrito se lo mandábamos con la premisa “¿qué te parece, Juan?”. O mandarle una nota o un artículo de otro con la pregunta “¿qué opinás de esto, Juan?”. Con su característica generosidad, respondía de inmediato. Y, generalmente, con alguna acotación o comentario que a uno se le había pasado por alto.

Se nos ha ido un ser humano excepcional. De principios éticos intachables y cuya lealtad a valores y personas era inquebrantable.