El colapso y el método

El método ante nuestro colapso es la concertación y el acuerdo. ¿Qué se necesita? Lo primero, un “menú” que el Gobierno tiene la responsabilidad de elaborar, para formular un pacto con objetivos e instrumentos. La materia prima, “grandeza”, espíritu de Patria. ¡Qué lejos estamos!

13 de agosto, 2021

argentina bandera

Por Carlos Leyba

Carlos Pagni se preguntó “¿Cómo se hace cuando un colapso productivo convive con un descalabro monetario y fiscal?” y siguió “Pablo Gerchunoff se hizo esa pregunta hace más de un año y contestó: ‘No sé’” (La Nación 12/8).

Es una pregunta sobre cómo debe tratar la politica económica a una enfermedad que denominamos “estanflación”. Los síntomas son económicos. Su etiologia dice que las causas son “políticas”.

Estancamiento e inflación al mismo tiempo: cada uno tiene, aislado, tratamientos eficaces.

Lo que “la economía” no puede resolver es cuando las dos enfermedades se presentan juntas.

Económicamente, “estanflación” es un oximoron.

Es que la “inflación” persistente, en general, supone un exceso de demanda. Todo lo contrario al “estancamiento”.

Y el “estancamiento” persistente supone una suerte de depresión.

Inflación y estancamiento, aquí conviven, con muy pocos años excepcionales, los últimos 45.

La inflación ha sido una constante, con pocas excepciones, y la ausencia de crecimiento ha hecho que el PIB por habitante en 2020 sea igual al de 1974 (Martín Rapetti) y que desde 1974 hasta 2020, en promedio, el PIB por habitante haya crecido 0,2% anual acumulativo (Miguel Broda) y que en esos 45 años el número de personas pobres haya crecido al 7% anual acumulativo.

Es decir, el “colapso productivo (que) convive con un descalabro monetario y fiscal” es de larga duración y explica que la mitad de la población urbana viva debajo de la línea de pobreza.

La mayor parte de la profesión, hay excepciones, piensa esta cuestión como problema de “la macroeconomía”. En ella no está la solución.

La deriva de ese “saber” es que “la política”, los formadores de opinión, están atrapados en el mismo paréntesis.

Repasemos algunos conceptos generales. Dejando de lado los accidentes, el estancamiento es, en principio, una enfermedad ocasionada por otra previa que es la caída de la demanda, una fuerza en la que convergen tres voluntades de origen distinto, consumo, exportaciones e inversión.

La voluntad de consumir se materializa si disponemos de empleo, salarios y expectativas positivas. Cuando el clima de ocupación, de ingresos y de futuro torna negativo, la “recesión” se repite y se conforma estancamiento.

La segunda fuerza es la voluntad del “exterior”. Las exportaciones. Cuando se retrae la demanda por nuestras exportaciones o cuando imponemos frenos a ella, la “demanda interna” sufre el impacto de la reducción de lo que las exportaciones movilizan.

La tercera fuerza es la inversión. La condicionan el consumo y las exportaciones. Pero además dependen de las expectativas. La inversión, que es elastica al consumo y las exportaciones, cuanto más largo es el período de maduración de esas asignaciones, depende fundamentalmente de las expectativas, de las señales de crecimiento futuro.  Y, en el capitalismo, de las zanahorias y la confianza en el sistema.

De las tres componentes de la demanda global, la que mayor elasticidad tiene acerca de la idea de futuro que transmite el Estado es la inversión en activos reproductivos que es la que genera el entusiasmo en el consumo de las familias y el “estado de productividad” que califica a la exportaciones.

El “colapso productivo” es el derrumbe del consumo, de las exportaciones y de la inversión.

La economía argentina está en “colapso productivo” hace muchos años. Un largo desierto de la realidad que, en la “conciencia colectiva”, tiene pocos años. Enfermedad silenciosa.

El momento en que “el común” empezó a mirar con espanto lo que hemos generado, fue cuando Axel-Cristina-Aníbal formulan una negación escandalosa. Kicillof afirmó que medir la pobreza era “estigmatizarla”. La presidente Cristina Kirchner, en la FAO, afirmó que los pobres eran el 5% y los indigentes, 1,27%.  Subido a ese esperpento, Aníbal Fernández afirmó que Alemania tenía más pobres que Argentina.

Fue tan estúpida la mentira que la verdad se reveló y nunca más abandonamos el tema. Mauricio Macri, de no creer, pidió juzgar su gestión por la reducción de la pobreza.

“La pobreza” es la síntesis del  largo “colapso productivo”. Que no es de la última década y que, pasando por todos los gobiernos desde 1975, reveló el mismo ADN contrario (obras son amores) a la inversión y a las exportaciones. Todo consecuencia de “la política”.

La segunda parte del enigma Pagni-Gerchunoff es la inflación y el “descalabro monetario y fiscal”.

Nuestro peso no cumple con todas las funciones de la moneda (atesoramos, desde el punto de vista de nuestro sistema financiero, en dólares), lo que evidencia que los procesos inflacionarios persistentes (y el nuestro, con pocos años excepcionales, lleva 45 años de alta inflación con dos hiperinflaciones) son procesos desordenadores que erosionan las expectativas económicas favorables allí dónde se presentaren.

En los últimos 45 años nuestra tasa de inflación promedio multiplicó varias veces la tasa promedio mundial. Y en los últimos años resultó varias veces superior a las tasas de nuestros vecinos.

Atravesada la etapa de “estanflación”, en los países desarrollados, sobrevino un período de creciente estabilidad de precios. En las últimas décadas esa “estabilización” llegó también a los países vecinos. Argentina ha quedado al margen.

Se puede señalar como distinto, en ese sentido, el período en que Domingo Cavallo impuso la caja de conversión, en que la emisión de pesos quedó restringida a la generada por la compra de dólares por parte del BCRA. En ese período los dólares que ingresaban a las reservas y que daban lugar a la emisión monetaria, provenían del endeudamiento externo que financiaba el comercio deficitario y el déficit fiscal que generaban “reformas” como la del regimen previsional.

Naturalmente las importaciones de bienes finales produjeron una “estabilización” (con rebaja de precios como los aparatos de TV) al tiempo que se destruían puestos de trabajo. No haré el inventario de desgracias. Pero cuando “la confianza” en el 1 a 1 estalló, la sociedad observó que el Rey Peso estaba desnudo y no quedó un dólar.

Fin de la fantasía y surgimiento de la hiperrecesión y conciencia colectiva del “colapso” que ya había ocurrido pero que el fin del Siglo XX reveló: esos barros venían de viejas lluvias.

Esta inflación, la de Cristina, la de Mauricio y la de Alberto viene de lejos. ¿Pero alguien puede imaginar que deriva de un exceso de demanda sobre lo que podríamos producir? ¿Qué presión de demanda puede haber con un 50% de la población urbana bajo la lìnea de pobreza? O ¿acaso los precios internacionales de las materias primas, parte mínima de los costos, presionan precios hasta llevarlos al 50% anual?

¿Descalabro monetario y fiscal? En esas condiciones, sin duda, la emisión monetaria, cualquiera sea el origen, deficit fiscal, compra dólares, intereses de las letras del BCRA, empuja un proceso inflacionario preexistente.

No podemos dejar de exportar para reducir la inflación. Explotaría por el efecto “rajemos”. Tampoco un freno abrupto al gasto público o un “paga Dios” a los instrumentos de astringencia monetaria. Nada de eso apaga el fuego. Arma otro foco más lejano y voraz.

¿Y entonces? Cuesta aceptarlo. La “estanflación” es una enfermedad de nuevo tipo que, en su momento, hicimos todo lo necesario para acelerarla y profundizarla.

Gran parte de la profesiòn (y la política detrás) decretó que la “industrialización era genéticamente perversa” y había que destruirla.

Una continuidad asombrosa que va de José A. Martínez de Hoz, a Raúl Alfonsín, de ahí a Carlos Menem, a los Kirchner y a Aníbal Fernández, forjó una estrategia, basada en ese gigantesco error de la genética industrial, de: (a) sostener el consumo, poner “platita en el bolsillo” sin crear empleo; (b) erradicar todo incentivo a la inversión; (c) anclar el tipo de cambio y destruir la cultura exportadora, y (d) endeudarse en dólares para paliar el el presente generando la gangrena del futuro, etcétera.

El resultado de esta acumulación de errores generó “un colapso productivo (que) convive con un descalabro monetario y fiscal”. Lo que no se entiende es que el descalabro monetario y fiscal es la consecuencia del colapso produtivo. Y no al revés.

El “no sé” responde a que el keynesianismo sirve para salir de la recesión cuando no hay inflación y la ortodoxia para salir de la inflación cuando no hay recesión.

Superpuestos los dos males, la politica económica necesita más de política que de economía.

Nuestra enfermedad no la cura “la economía”. El método ante este colapso es la “concertación”, el “acuerdo”, el “pacto”.

¿Qué se necesita para ponerlo en marcha?

Lo primero, un “menú” que el Gobierno tiene la responsabilidad de elaborar.

El objetivo es concertar intereses y formular un pacto con objetivos e instrumentos pautados.

La materia prima, “grandeza”, espíritu de Patria. ¡Qué lejos estamos!

La convocatoria debe apuntar a todos los intereses que puedan ser representados con un mínimo de coherencia.

Los que pacten, tienen que realmente representar intereses fundamentales y capacidad de comprometer a quienes dicen representar.

Se necesitara información y tiempo, para poder conciliar lo posible, apuntando a avanzar sobre lo esencial.

Hay una dilema que está detrás del fracaso que implica la pregunta de Pagni “¿cómo se hace…?”.

Es una pregunta previa. ¿Cómo se puede pretender ordenar la macroeconomía sin ordenar previamente el crecimiento? No es posible.

Primer paso qué hacer para lograr la tasa de crecimiento que brinde un horizonte para terminar con la pobreza.

El segundo, qué hacer para reducir el costado inútil, la burocracia fofa y cara, que impide cumplir con las funciones que necesitamos del Estado.

El tercer paso es cómo revertir la bajísima tasa de productividad de una economía en que el 80% se ocupa en los servicios, lo que implica que no producimos suficientes bienes transables.

El cuarto es luchar contra la evasión fiscal y el desaguisado de una estructura tributaria que cae sobre un mínimo de los habitantes, mientras las cajas negras se multiplican a ojos vista, en las calles o en escándalos como La Salada.

Pero cuidado: lo que se escucha de la política en campaña es “aumentemos el colapso”. Miedo.