Bifurcación

Después de las elecciones hay una bifurcación en el camino. Un cartel dirá “si sigue por acá se estrella”. Alberto puede seguir camino al choque. O tomar el desvío.

20 de agosto, 2021

Bifurcación

Por Carlos Leyba

Para el transeúnte que no lo tiene determinado el destino es hijo del azar. En ese caso una ruta sin bifurcaciones es una bendición: no lo obliga a tomar decisiones, sólo se sigue la marcha hasta que algo la interrumpa.

El transeúnte que no define un destino tiene aversión a tomar decisiones: es un oportunista optimista. Supone que, ya en marcha, habrá posibilidad de aprovechar oportunidades.Los problemas: sortear los escollos.

El azar determina el punto de llegada. “Vamos a la bartola”. Un “cul de sac” convierte el viaje de ida en uno de retorno.

Un punto de llegada determinado por el azar puede ser un “hasta aquí llegamos”.

Un fin inesperado. Habrá otra travesía, con otro transeúnte de refresco que puede o no proponerse un punto de llegada.

Romper el “hasta aquí llegamos” requiere remover el obstáculo que el transeunte original no pudo. La condición necesaria para que se remueva el “hasta aquí llegamos” es un nuevo transeunte. No es una condición suficiente para que el “viaje tenga sentido”.

No se trata sólo de remover obstáculos sino tener claro un punto de llegada, un mapa, estaciones donde habremos de aprovisionarnos para garantizar la continuidad. Observar las bifurcaciones y elegir la vía más segura para arribar a destino.

La experiencia del Gobierno de Fernando de la Rúa expone de manera prístina la condena que la ruta le impuso a su gestión con la expresión “hasta aquí llegamos”.

Don Fernando, y el grupete que lo envolvía, no tenían la menor idea, o no pudo verbalizarla, acerca del destino para el país que quería gobernar. Se había preparado para ocupar ese sillón al menos desde hacia 20 años. No pudo verbalizar qué país esperaba entregar al cabo de los cuatro años de gestión. No tenía un rumbo. Simplemente estaba sobre la ruta como un transeunte que rogaba no encontrar bifurcaciones que lo obligaran a decidir.

Su presidencia era hija, más que del mérito, de la indignación ante la corrupción y la fiesta menemista. Una sucesión incontable de “Olivosgate”, de “Testarosa a 300 km por hora”. Pero fundamentalmente era hija de la parálisis económica, desempleo y pobreza creciente que había gestado la convertibildad.

Fernando no escuchaba a los más calificados. El “rey está desnudo” voceaba, criteriosamente, Rodolfo Terragno. Subido al móvil se llamó a silencio y negó la “bifurcación”: un enorme cartel decía “Peligro: Salir de la convertibildad”.

No hay señales que valgan para quién no tiene rumbo. Se presentaron obstáculos gigantescos que impedían la marcha. De la Rúa no podía, no sabía, no quería, removerlos y simplemente se estrelló por no haber bajado en la bifurcación.

El “rey estaba desnudo” y el grupete que lo acompañaba alimentaba el efecto dormidera imaginando que las miserables hilachas que arropaban a la convertibilidad eran finos tejidos. Nos estrellamos contra un obstáculo gigante. Pero había una bifurcación anunciada.

Con el país hecho trizas el obstáculo fue removido. La marcha continuo. Pero sin rumbo, sin mapa, sin destino.

Mirando hacia atrás no podemos no tener la tremenda sensación que, habiendo recorrido durante veinte años una ruta larguísma, tenemos hoy los mismos obstáculos que teníamos entonces.

En veinte años, el PIB por habitante de China se multiplicó por 9 veces; el de India 3,5 veces; el de Brasil 1,5 veces y el de Argentina prácticamente, en esos veinte años, no registra crecimiento. Podemos mirar más lejos hacia atrás y vamos a encontrar la misma respuesta. Quienes gobernaron los últimos veinte años son los responsables de este viaje que –en términos de acceso– fue inútil.

No avanzamos globalmente nada y enfrentamos los mismos obstáculos del punto de partida, pero agravados.

Entre otros, los más mentados: deuda externa y restricción externa estructural; crecimiento de la pobreza y deficit de generación de empleo estructural; déficit fiscal y expansión de la evasión tributaria estructural.

Esos tres problemas son mirados por la política sólo por su evidencia superficial. Miramos la deuda externa, miramos la pobreza, miramos el déficit fiscal.

La deuda externa, pero no miramos la restricción externa estructural. ¿Se puede imaginar una economía integrada sólo por consumidores de bienes importados que no producen las divisas para comprarlos?

La deuda externa –en términos estructurales– es la consecuencia de una estructura económica que tiene un ADN deficitario. No se puede resolver el problema de la “deuda externa” si no se trabaja sobre le modelo de producción que se ha instalado en el país después que se alentó, por todos los medios imaginables, la desindustrialización. ¿Nadie lo va a discutir en serio?

La “vieja oligarquía”, de acuerdo al censo de 1895, administró un modelo productivo que generaba la producción del 80% de lo que consumíamos. Hoy una botella de 1 litro de agua mineral baja en sodio, importada de Francia, se compra en los kioscos por $120. La restricción externa continuará.

La pobreza, pero no miramos el déficit estructural de generación de empleo productivo ¿se puede imaginar un sistema estructural de sustento digno de los habitantes basado en la incapacidad de producir lo que consumimos?

La pobreza –en términos estructurales-  es la consecuencia de la misma estructura económica que tiene un ADN de exclusión social.

No se puede resolver el problema de la pobreza si no se trabaja sobre el modelo de producción que se instaló a partir de 1975, destruyendo el tejido industrial proveedor de empleo urbano y de organización social.

La pobreza es consecuencia de la desindustrialización. ¿Nadie lo va a discutir en serio?

La sociedad argentina, en la primera medición del Indec en 1974, determinó que, dada la línea de pobreza, las personas que no alcanzaban a superarla eran el 4% de la población encuestada, lo que determinaba aproximadamente 800.000 personas. Hoy suman 20 millones de personas y siendo que la tasa de natalidad en la pobreza supera con creces la de los sectores medios, si no resolvemos el problema, la pobreza no tiene otro destino que crecer cuantitativamente.

El deficit fiscal, pero no miramos el aluvión de evasión tributaria. Escuchamos encendidos discursos acerca de la “reforma tributaria”. En el extremo los libertarios amenazan a reducir a nada los impuestos y en el otro los, ¿cómo llamarlos?, kirchneristas, quieren multiplicar los impuestos a los ricos y a los Bienes Personales. Pero claro siempre hay un inconsciente que traiciona.

Blooper. En un programa de TV el líder de los libertarios extremos firmó histriónicamente un compromiso de eliminación de tributos. Pero ocurrió un blooper: mirando a cámara, dijo “antes de bajar un impuesto me cortó un brazo”. Dijo el maestro Carlos Campolongo, “el inconcsiente traiciona”.

La “reforma tributaria” es el cuento de la buena pipa. En Argentina el primer problema tributario es terminar con la evasión. Algunos la imaginan en el 30% porque ese sería el mínimo de la economía negra de las actividades lícitas. Más que suficiente para generar equilibrios fiscal y ensayar, previos estudios antropológicos, una reforma que sea un incentivo a las conductas inversoras y productivas.

Pero, además, hay otra dimensión que, naturalmente, es la deriva de la estructura productiva que generó la desindustrialización. Es el “sobre empleo grosero” de la administración pública nacional, provincial y municipal que incluye, por cierto, también a los parlamentos.

Pues bien, las próximas elecciones son una bifurcación. Muy importante. A los problemas estructurales que vienen de lejos se les suman los que se derivan de una administración muy floja – igual que la de los cuatro años anteriores –  que, más allá de las capacidades o incapacidades del elenco, sufre de la enfermedad de las “tres armas”.

Esa enfermedad la generó la Dictadura Genocida que repartió el poder en cada una de las fuerzas. Además de la perversidad, le sumaban al sufrimiento, las trabas que, a la escasa capacidad, le añadían las distintas etapas de intervención. Pues bien, el Gobierno de Alberto Fernández sufre de la misma enfermedad congénita en materia de administración.

Todo está intervenido por la fuerza más pesada, que es “el Patria”; le sigue el modesto protagonismo de los “albertos” y cada tanto pesan Sergio Massa y sus amigos o La Cámpora con sus matices. Dificil gobernar.

Tirar de un hilo no necesariamente trae algo y puede desencadenar un incendio. Es cierto que, además, la pandemia tuvo y tiene juego propio y a cualquiera le hubiera replanteado el camino.

Con los datos de la gestión, no hay duda que la pandemia ha condicionado y castigado. Pero, lamentablemente, no la manejaron bien. Todo costó de más en lo sanitario, en lo social y en lo económico.

Las cosas, en lo que va del Gobierno, no salieron bien. Todo venía mal de antes. Sin duda. Pero al llegar el veredicto electoral nadie, salvo pasiones previas, puede alegar “lo hicieron bien”. No.

En ese contexto la devaluación de la palabra presidencial, los retos públicos de Cristina, el creciente divorcio de los sectores que representan a los excluidos de las simpatías oficialistas, auguran un escenario electoral complejo.

Pero no es la complejidad del escenario electoral lo que motiva, en la sociedad,la mayor preocupación anímica.

A muchos habrá de satisfacer un triunfo de la oposición y a otros tantos, el del oficialismo. Las dos cosas son posibles porque las opiniones son parejas. La sociedad está dividida y las elecciones no pueden más que confirmarlo.

El problema es que después de las elecciones, si o si, hay una bifurcación en el camino.

Un cartel dirá “si sigue por acá se estrella”. Alberto puede seguir camino al choque final.

O bien tomar el desvío.

El desvío a la resolución de lo estructural. Necesita unificar la administración y generar un dialogo civilizado con todas las fuerzas polìticas, a la búsqueda del “camino perdido” que hizo que hasta 1975 Argentina fuera el país más desarrollado de sud américa, en la economia, en la cultura y en la integración social.

La bifurcación puede ser una oportunidad de retomar el “camino perdido”.