Bélgica: las tres barreras que impiden el avance del separatismo flamenco

El panorama se complica aún más con las divisiones. Además de la inmigración, lo habitan tres comunidades: la flamenca, la valona de habla francesa y una pequeña de habla alemana.

16 de agosto, 2021

Bélgica: las tres barreras que impiden el avance del separatismo flamenco

Por Luis Domenianni

Alexander de Croo (45 años) es el primer ministro del Reino de Bélgica desde el 1° de octubre del 2020. Dicho así, aparece como un gobernante más entre los más de 200 jefes de gobierno del mundo. Sin embargo, alcanzar la jefatura de gobierno en Bélgica es casi una hazaña dada la complejidad de cualquier proceso político en el país inventor de las “papas fritas”.

Una complejidad que está dada por la multiplicidad de partidos políticos. A tal punto llega esa multiplicidad que el actual gobierno del primer ministro de Croo, para alcanzar la mayoría parlamentaria, debió surgir de una coalición de siete agrupaciones.

Coalición endeble, casi por definición, ya que alcanza con el retiro de una de las formaciones para que el gobierno quede en minoría y deba, tarea del rey, convocar al mismo primer ministro o a otro político para que forme gobierno, o llamar a elecciones anticipadas.

Actualmente, tras las elecciones generales del 2019, son 10 los partidos políticos con representación parlamentaria. Sobre un total de 150 escaños que componen la Cámara de Representantes, las bancadas partidarias van desde los 25 asientos a las 8 bancas.

Pero el panorama se complica aún más con la división étnica y lingüística del país. Tres comunidades –además de una nutrida inmigración, principalmente africana- habitan el país.

Por un lado, la comunidad flamenca que habla el idioma neerlandés y que constituye el 58% de la población. Por el otro, la comunidad valona de habla francesa que representa el 32% del conjunto. Existe un pequeña comunidad (1%) de habla alemana y el resto son inmigrantes.

La división étnica, además de consecuencias políticas de gravedad para la unidad del Reino, determina una división suplementaria de los partidos políticos. Así, a las diferencias ideológicas se agregan las comunitarias.

En tal sentido, por ejemplo, existe un Partido Liberal flamenco y otro, diferenciado, valón. O un Partido Socialista flamenco y otro valón. De allí las dificultades suplementarias para formar gobierno.

Retomemos las consecuencias de la última elección general. Como siempre ocurre en Bélgica, la elección finalizó con resultados extremadamente fraccionales. En consecuencia, alcanzar los acuerdos para formar gobierno llevó un lapso de tiempo de 16 meses. Es decir, durante dicho período, el gobierno solo despachó asuntos administrativos.

Así, los meses pasaron desde el 26 de mayo del 2019 cuando los belgas votaron en las elecciones generales. Fueron varios los políticos convocados por el rey Felipe para formar gobierno que fracasaron en el intento. Por citar algunos, Koen Geens (demócrata cristiano, flamenco); Patrick Dewael (liberal flamenco); Sabine Laruelle (liberal valona).

Pero, en marzo del 2020, el país entró en crisis. En rigor, el mundo entró en crisis ante el avance avasallante del Covid-19. Las medidas de excepción que la situación requería superaban con creces las capacidades de un mero gobierno limitado a los asuntos corrientes.

Fue necesario deponer actitudes sectoriales y conformar un gobierno de unidad de carácter provisorio. Los políticos belgas demostraron estar a la alturas y confiaron el gobierno a una mujer –la primera en la historia belga-, Sophie Wilmés, integrante del partido liberal francófono Movimiento Reformador.

Wilmés gobernó casi un año. Los primeros seis meses como sucesora de Charles Michel quién asumió la presidencia del Consejo de la Unión Europea. El segundo semestre como primer ministro, jefa del gobierno de unidad.

Finalmente, el 30 de setiembre del 2020, el liberal flamenco Alexander de Croo logró juntar una mayoría parlamentaria para asumir la jefatura de gobierno. Puso fin así al período más largo de la historia de Bélgica sin gobierno federal surgido del Parlamento.

Para lograrlo, distribuyó los 15 ministerios y las 5 secretarías de Estado entre siete formaciones políticas: dos socialistas (flamencos y valones), 2 liberales (ídem), 2 verdes (ídem) más 1 de los demócratas cristianos flamencos. De Croo conservó a Wilmés como ministra de Relaciones Exteriores.

Separatismo

Entre los siete partidos de gobierno no figura quién resultó primero en las preferencias de los electores, el Nieuw-Vlaamse Alliantie (N-VA) –Nueva Alianza Flamenca- del muy popular alcalde de la segunda ciudad de Bélgica y segundo mayor puerto de Europa, Amberes.

Claro que se trata de una preferencia completamente sesgada. La Nieuw-Vlaamse Alliantie es un partido de derecha basado en el nacionalismo flamenco que promueve la independencia de la región de habla neerlandesa y que lleva a cabo acciones, desde el gobierno regional, en tal sentido.

Entre dichas acciones se inscriben la obligatoriedad del uso del neerlandés en los trámites con la administración pública; el condicionamiento del dominio del idioma para acceder a viviendas públicas o el aprendizaje obligatorio únicamente del neerlandés para los inmigrantes.

En las elecciones del 2019, el partido resultó el más votado del país con el 16,03%, concentrado en su totalidad en la región flamenca con algún alcance en la capital Bruselas. No obstante, perdió ocho representantes con relación a la bancada propia anterior.

El jefe de la N-VA es Bart de Wever (50 años), alcalde de Amberes desde 2013. Fue quién llevó al partido nacionalista flamenco a la victoria en las elecciones federales del 2010. Proviene de una familia con antecedentes nacionalsocialistas. Su abuelo fue secretario general de la Liga a Nacional Flamenca, reconocida como único partido durante la ocupación alemana.

Anécdota color: en marzo del 2021, de Wever fue entrevistado a distancia –pandemia obliga- por una animadora que descubrió que la elegancia –saco, chaleco, camisa, corbata- de la parte superior del alcalde no coincidía con la vestimenta de su parte inferior: nada más que calzoncillos. De Wever olvidó que tras de sí, un espejo lo delató. Una situación embarazosa.

Pero de Wever y el N-VA no son los únicos exponentes del nacionalismo separatista flamenco. En rigor se trata de un desprendimiento del tronco tradicional hoy representado por el Vlaams Belang (VB) –Pertenencia Flamenca-, a su vez heredero del Vlaams Block, partido disuelto por la justicia por racismo.

La diferencia central entre los dos partidos nacionalistas radica en su posición frente a la Unión Europea, mientras que el N-VA confirma la integración de Bélgica en el organismo transnacional, el VB se inscribe entre los partidos euroescépticos. De allí, la imagen más conciliadora y menos extremista del partido de de Wever.

Tras caer en una profunda crisis en la primera década del siglo, el Vlaams Belang con Tom van Grieken como candidato creció, en 2019, 227% en votos y agregó tres representantes más a su bancada. Sus números resultaron algo más de 810.000 votos y 18 representantes.

Contra separatismo

La primera barrera contra el separatismo flamenco es, desde la política, el resultado electoral.

Cierto es que el N-VA resultó primero en la elección del 2019 y que el VB figuró segundo con 11,95% pero, sumados, totalizan 27,98% del cuerpo electoral. Grosso modo, un poco más de la mitad de los votantes flamencos sufraga por la independencia de la región.

En otras palabras, apenas son mayoritarios entre los flamencos y, obviamente, no cuentan entre los valones. Así las cosas, no parece, al menos en el corto y mediano plazo, que la partición de Bélgica resulte factible por la vía electoral.

El segundo obstáculo para la secesión es el propio gobierno belga surgido de la Cámara de Representantes. Reunió 120 votos afirmativos en el Parlamento sobre un total de 175. Aunque en permanente consulta, Alexander de Croo puede gobernar sin sobresaltos automáticos.

No obstante debe medir bien sus acciones a fin de impedir un crecimiento de los independentistas flamencos que puede derivar en una presión callejera cuyos resultados siempre resultan imprevisibles.

Junto a la mayoría de los belgas y a la coalición de gobierno, el tercer obstáculo para el separatismo es la propia corona.

Tanto en España, como en el Reino Unido y en la propia Bélgica, los reyes resultan símbolos y, a la vez, garantía para una unidad nacional que buena parte de la población pone en duda. Y las respectivas coronas se sostienen porque buena parte de la población apoya al sistema.

Frente a los escoceses separatistas y los norirlandeses católicos aparecen no sólo los ingleses, sino porciones no desdeñables de escoceses, de galeses y de orangistas protestantes norirlandeses que se proclaman realistas.

Frente a los catalanes y vascos que reclaman la independencia, aparece el resto de las regiones españolas junto a segmentos de catalanes y de vascos que prefieren continuar en España.

En Bélgica, el rey Philippe goza de buena aceptación entre quienes adhieren a la unidad del país. Ello, no obstante el escándalo de la comprobación de la paternidad del ex rey Albert II, su padre, sobre una hija extra matrimonial, asunto que quedó dilucidado en los tribunales del país.

Desde el 2013, Delphine Boël inició un proceso por el reconocimiento de la paternidad del ex rey. Coincidió con la abdicación de Albert II y la entronización de Philippe. Siete años después, la Corte de Apelaciones de Bruselas falló a su favor no solo en la cuestión de la filiación, sino también en los derechos reales que le corresponden.

Así, Delphine Boël dejó de llamarse Boël para apellidarse Sajonia-Coburgo, el patronímico de la familia real de Bélgica. Cuenta además con el título de princesa y con el derecho a ser tratada como Su Alteza Real. El ex rey, además de la princesa Delphine, tiene tres hijos, uno de ellos, el rey Phlippe y los otros dos, sus hermanos Astrid y Laurent.

Si bien, el rey Philippe cuenta con simpatías en todo el Reino, los separatistas flamencos no dejan de señalar “una preferencia” de la Casa Real por los valones de habla francesa. Pero las encuestas marcan un crecimiento de la popularidad del monarca porque se involucró en el tema de la pandemia, por su relación amistosa con Delphine y por el ex Congo belga.

Exteriores

Para los belgas, flamencos, valones o germánicos, el recuerdo del colonialismo constituye una vergüenza difícil de sobrellevar, a medida que se conocen más y más profundas investigaciones sobre las exacciones, crímenes y demás horrores que la colonización belga dejó como secuela. Hoy nadie discute la categoría de “más cruel” que recibe el colonialismo belga.

El reparto del África concluido por las potencias europeas durante la segunda mitad del siglo XIX permitió al voraz e inescrupuloso rey de los belgas Leopoldo II hacerse de la totalidad del territorio de la actual República Democrática del Congo (RDC).

En honor de su desmedida ambición, Leopoldo II no puso la colonia como propiedad del Estado belga, ni de la Casa Real. Conformó un estado “independiente” con él como propietario y gobernante.

Con la ayuda del explorador comerciante Henry Morton Stanley, Leopoldo constituyó el Estado Libre del Congo y logró su reconocimiento en la Conferencia Internacional de Berlín de 1885.

Así, como dueño y señor, el monarca-propietario gobernó el Congo hasta que la presión internacional motivada por las atrocidades que salían a la luz lo obligó a ceder la colonia a Bélgica en 1908.

Primero con el marfil y luego con el caucho, la brutalidad extrema cobró la vida de un millón de congoleños como producto del trabajo forzado, los asesinatos y las mutilaciones de castigo por no cumplir con las cuotas que establecían las compañías explotadoras, de las que Leopoldo era accionista… oculto.

El 30 de junio del 2020, por primera vez en la historia, un rey belga, Philippe, expresó su lamento por el pasado colonial de su ancestro y su país. Desde entonces, restitución de objetos artísticos pillados y de cráneos, y otros reconocimientos se suceden en algo que, en algún momento, derivará en complejas negociaciones para las reparaciones históricas.

Precisamente, unos días antes del reconocimiento del rey, cinco mujeres mestizas, cuatro de ellas con nacionalidad belga y una francesa, presentaron una demanda por una indemnización contra el Estado belga por crímenes contra la humanidad, ya que fueron separadas a la fuerza de sus familias y recluidas en instituciones religiosas, para luego ser abandonadas a su suerte.

Lidiar con el pasado colonial será una de las materias a las que debe prepararse quién pretenda gobernar Bélgica. Pero junto con los problemas del ayer aparecen los problemas del hoy.

Desde el problema del yihadismo que consiste en qué hacer con las familias de los yihadistas de nacionalidad belga, prisioneros o muertos en Siria e Irak. ¿Permitirles el regreso? Un dilema complicado de resolver donde los servicios de inteligencia tienen mucho que decir y los riesgos para el gobierno y la sociedad son grandes.

Por lo pronto, serán repatriados algunos hijos menores de yihadistas que se encuentran internados en el campo de Al-Hol, en el este sirio, administrado por las fuerzas kurdas que expulsaron a Estado Islámico de dicha zona.

El otro tema de actualidad son las piraterías informáticas de las que Bélgica, como otros países occidentales, no se salva. Desde el Ministerio del Interior a “Belnet”, el servicio público de acceso a Internet, numerosas empresas e instituciones debieron paralizar, de forma momentánea, su trabajo ante los ataques.

Y todas las sospechas recaen sobre China. El propio servicio de inteligencia belga, la VSSE, hizo trascender que investigan el bio-espionaje ejercido por China, que activaron la vigilancia sobre instituciones y empresas chinas en Bélgica y que investigan sobre los trabajos en la embajada de Malta, pagados por China.

Es más, detuvieron a un funcionario europeo cuyo nombre no trascendió por espionaje a favor del otrora Imperio Celeste. Cabe recordar que la gran mayoría de los organismos de la Unión Europea tienen sede en Bruselas.