Tras las elecciones, el Gobierno necesitará un plan más serio contra la inflación

19 de julio, 2021

Tras las elecciones, el Gobierno necesitará un plan más serio contra la inflación

Por Alejandro Radonjic

Con la vacunación acelerando su ritmo en todo el mundo, la pospandemia está cada vez más cerca. Más allá de posibles reversiones de corto plazo, el mundo avanza hacia una normalización tras un 2020 y 2021 inéditos.

Una normalización que no va a ser completa. En parte, porque el Covid-19 seguirá dando vueltas y, también, porque algunos de los cambios que generaron, ponderados como positivos, se mantendrán aun cuando ceda la alarma epidemiológica. Es iluso pensar que todo puede volver a ser como antes luego de lo que pasó, y aún pasa.

Lo que sí parece bastante claro de la pospandemia en Argentina es que la inflación seguirá presente.

La inflación está subiendo en varios países. Algunos dicen que es un fenómeno transitorio (generalmente, los que tienen que poner la cara) y algunos otros, más críticos o independientes, expresan que es un fenómeno que llegó para quedarse. Se verá qué pasa. En 2008-2009, en la Gran Recesión, también voló el gasto público, se pusieron tasas ultrabajas y la inflación no fue la que muchos temían.

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O regresó, más bien. El nivel de alarma que hay con inflaciones interanuales de 4%, 5% o 6% muestra el terror que produce la desvalorización de la moneda. Saben los perjuicios que genera en el corto plazo y que, una vez que se abre la caja, la medicina no es fácil de digerir.

La alarma viene de los medios, los analistas y la gente de a pie. Todos, hayan vivido o no periodos inflacionarios, ponen el grito en el cielo. Pero también de los propios policy makers. Ellos saben que son los responsables de la estabilidad de precios y que deben responder por eso. No pueden hacerse los distraídos. Es poco frecuente que aludan a la concentración económica o los formadores de precios. Nadie dice “un poco de la inflación no hace mal” y a nadie (absolutamente nadie, diría Twitter) se le ocurrió romper el medidor.

En Argentina, la situación es distinta porque la bestia nominal salió de la jaula hace 15 años y quienes vivieron los ’80 del Siglo XXI, que son muchos, incluso puede decir que eso era inflación. No es lo mismo una hiperinflación con remarcaciones varias veces por día, que la situación actual. Aun así, con una inflación es más de 50%, el BCRA no dice nada sobre su mandato de velar sobre la estabilidad de precios.

Sigue siendo algo no deseado, pero es más tolerable. Los problemas son las aceleraciones, como en 2018. Ayer nomás, en 2017, la inflación fue menor a 25% (menos que en el primer semestre que acaba de pasar) y en 2018 casi se duplicó hasta 47,6%. Sobre todo, si esas aceleraciones se combinan con bajas de los salarios reales y caídas en los niveles de actividad. Si la inflación es alta pero estable y el salario real sube, la economía puede crecer y hasta los gobiernos pueden ganar elecciones en primera vuelta. En Argentina, por lo menos. El problema está, pero maquillado.

Según Marina Dal Poggetto, Argentina entró en un nuevo régimen de inflación. “El régimen inflacionario se cambió en 2018 con el salto en cuotas del dólar de $20 a $60, ahí la inflación pasa al 48% luego de que venías en la zona de veintipico”, dijo ayer ante Clarín.

Hubo calmas transitorias dentro de ese nuevo régimen, pero no fueron más que eso. Desde 2018, Argentina entró en un nuevo régimen cuya característica más distintiva, pero no única, es el número: desde esos “veintipico” a la zona de 45% o 55%.

Hoy, hay poco margen para un programa de shock o un cambio de régimen monetario a la Convertibilidad. Lo que se haga para bajar la inflación será gradual y, en el mejor de los casos, así serán los resultados. Cuanto más se aleje la inflación, más años insumirá el regreso a cierta normalidad nominal.

Tras el “oasis” de 2020 (36,1%), el 2021, con un acumulado de 25,3% en el primer semestre, va para 45% o 50%. En 2020, había problemas mayores y la inflación se corrió de escena. Fue una reacción ante la cuarentena, más que a las políticas económicas. El Gobierno se comió el amague y hasta utilizaron los bajos registros mensuales de 2020 para sostener que la emisión monetaria no generaba inflación. Lamentablemente, esos “tuits” envejecieron mal.

En octubre pasado, cruzó el 3% y ya van nueve meses al hilo arriba de esos niveles. La situación es tan indomable que hasta Federico Sturzenegger volvió a hablar de inflación, como diciendo “vieron que el problema no era yo”.

En los últimos meses, se intentó un acuerdo de precios y salarios. Hubo algunos encuentros con los gremios y las empresas. Algunos sindicatos ayudaron con paritarias en línea con el presupuesto (29%), pero la inflación pasó de largo. La política de la concertación duró poco y el Estado puso mucho de su parte. Se suele decir que son un complemento a la política antiinflacionaria, nunca la única herramienta. Además, agarró a la inflación en ascenso. No se anticipó.

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A los pocos meses, se reforzaron los controles, las anclas cambiarias y los cepos, como el de la exportación a la carne vacuna. Todas medidas a las apuradas, y contrarias a objetivos de largo aliento, como exportar más. Parches que barren la inflación debajo de la alfombra. Cada vez, de hecho, con menos eficacia. Se acumulan los atrasos en los precios relativos que, a la larga o a la corta (depende de los márgenes), vuelven a escena, recargados.

Luego de las elecciones, el Gobierno, entre otras cosas, deberá ajustar algunos precios relativos que, ya se sabe, generan inflación. La negociación de un programa con el Fondo Monetario Internacional (FMI) puede ser una oportunidad para generar un plan macroeconómico a la inflación de “veintipico” en uno o dos años. El riesgo de hacerlo mal son números de inflación temerarios.