La programación, una herramienta para empoderar a la ciudadanía

En la actual sociedad de la información, potenciada por la virtualidad de la pandemia, los programadores ocupan un lugar de importancia superlativa. ¿Por qué?

26 de julio, 2021

La programación, una herramienta para empoderar a la ciudadanía

Por Enrique Alberto Fraga (*)

Los programadores se encuentran entre las personas más influyentes del planeta. Como vivimos en un mundo hecho de software, ellos son los arquitectos”, afirmó el periodista científico Clive Thompson en su reciente libro “Coders”.

Thompson, quien retrata la emergencia de la tribu de programadores en Estados Unidos, arriesga que en cada época hubo determinadas profesiones que se destacaron con respecto al resto: por ejemplo, los abogados y expertos en leyes fueron decisivos cuando hubo que forjar una organización institucional; luego los ingenieros civiles y arquitectos fueron determinantes al moldear las ciudades modernas, los puentes y caminos para potenciar su desarrollo productivo. En esa línea, en la actual sociedad de la información, potenciada por la virtualidad de la pandemia, los programadores ocupan un lugar de importancia superlativa. ¿Por qué?

“Las decisiones que ellos toman guían nuestro comportamiento”, reflexiona Thompson y da a entender que quienes saben programar (“codean”, en la jerga) tienen la llave para facilitar a los usuarios (todo el resto de la población) lo que pueden y lo que no pueden hacer con una app, un sitio web de sus computadoras o celulares.  No es para menos, detrás de nuestros celulares, aplicaciones, sitios web, chatbots y asistentes virtuales, videojuegos favoritos, podcasts, películas on demand, hay (al menos) un programador que diseñó o facilitó el uso que les damos.

Pero su radio de acción no está solo en el terreno de nuestros hábitos de consumo. Hoy es notable el avance en la digitalización de servicios públicos: desde tener el resultado de un análisis de Covid o descargar el DNI en el celular, hasta la realización de trámites, denuncias, reclamos, etcétera, que otrora se realizaban de manera analógica. En definitiva, si nuestra vida cotidiana está en manos de los algoritmos que usamos, conocer cómo funciona aquella infraestructura digital y cómo se la diseña no debería ser algo exclusivo de los desarrolladores de software.

Es que, si la programación es la nueva arquitectura de la sociedad de la información, una mayor porción de la ciudadanía debería tener al alcance de la mano los saberes para tener injerencia en ella. Esto significa no sólo aprender a programar, sino a entender el pensamiento computacional y algorítmico: cómo se construyen las reglas que se le imparten a las máquinas. En un mundo cada vez más digital, esto es fundamental.

Porque en la actualidad, por poner un ejemplo, la Inteligencia Artificial no sólo puede ofrecer nuestra película favorita en base a consumos precedentes. Incluso está a su alcance diagnosticar a través del cruce de datos la viabilidad de un candidato que aspira al otorgamiento de un crédito o que compite en la selección de personal para ocupar un cargo.

Es decir, un software puede tomar decisiones sobre el rumbo de nuestra vida. De la misma manera, muchas técnicas de machine learning pueden generar sesgos o escenarios de discriminación automáticas y afectar así derechos de los ciudadanos. Para evitar o enfrentar situaciones así, harán falta personas que, a través del conocimiento de estas herramientas, puedan agudizar el ojo crítico.

Por lo tanto, creo que, así como en el Siglo XX la educación cívica ha sido determinante para explicar las características del sistema de gobierno, los derechos y obligaciones de los ciudadanos, sería prudente que en la era del Big Data se impulse, en niveles de educación iniciales, medios y superiores, el estudio de lenguajes de programación y pensamiento computacional, un saber clave para entender y surfear la sociedad digital en la que vivimos.

(*) Licenciatura en Comunicación Digital e Interactiva de UADE